Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Relieve y actualidad de Ramiro Ledesma     
 
 El Alcázar.    19/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Textos antológicos

FUNERAL POR FRANCO EN CUELGAMUROS

De paso, recuerdo a los «poseedores de la verdad» que en 1933 era yo candidato a diputado

por Vizcaya con la etiqueta de monárquico independiente junto con Marcelino Oreja Elósegui

—asesinado el año siguiente— y que era tradicionalista. Me repugna sacar a relucir el resguardo

de las acciones de fundador de la empresa, pero ante tanto mangante, arribista y

chantajista hay que exhibir alguna vez los títulos propios.

(Extracto del «Diario de un ministro de la monarquía», de JOSÉ MARÍA DE AREILZA).

RELIEVE Y ACTUALIDAD DE RAMIRO LEDESMA

De todos los matices que el fuerte pensamiento del fundador de LA CONQUISTA DEL

ESTADO revestía, hay uno, más acusado, que cobra a la luz de los acontecimientos presentes

reflejos de viva actualidad. Me refiero a su ansiosa inquietud por la personalidad exterior de

España; a su invariable afán de proyectar de nuevo rumbo a horizontes universales el destino

de nuestra vieja Patria, buscando en esta afirmación hacia afuera el aglutinante que precisaba

la quebrantada unidad interior. Tema dialéctico es este que palpita a lo largo de todos los

escritos y discursos de Ramiro. Obsesión perenne y fecunda que lo llevó a meditar sobre el

asunto con el resultado eficiente de varios hallazgos definitivos. Tal fue, por ejemplo, la tesis

del vencimiento militar de España en rotunda y original contraposición a la usual hermenéutica

de «la decadencia». Tal, asimismo, el certero señalamiento de nuestros enemigos históricos,

que de la anterior interpretación se deducía. Tal, en fin, el ambicioso propósito de restaurar un

anhelo colectivo de expansión en el ánimo del pueblo, enfocado hacia metas africanas del

mejor abolengo español.

Otros muchos fueron también los méritos y cualidades de nuestro llorado amigo. Pero ninguno,

en mi opinión, lo singulariza como éste. Ledesma, en el ambiente corrompido del año 31, frente

a una clase dirigente, escéptica, que ha perdido su fe en la Monarquía, y en abierto

antagonismo con la marea creciente y negadora del izquierdismo, levanta una bandera de

exaltación optimista cara al mundo. Ramiro es el primero de su generación que mira otra vez a

Europa con ojos y vocación de protagonista. En la charca pestilente y agitada de los

electoreros republicanos de abril, el grito de LA CONQUISTA resuena de un modo extraño y

desconcertante.

Y, sin embargo, hay unos cuantos pensadores —pocos— de las generaciones anteriores que

saludan alborozados la aparición de este pregón semanal que nace con un sello inconfundible

de juventud y lozanía. Son, especialmente —como ha recordado Juan Aparicio—, José María

Salaverría y Ramiro de Maeztu quienes lo acogen con más ilusionada esperanza. El primero

adivina en aquel puñado de escritores audaces el brote temprano pero robusto, de un nuevo

clima de pensamiento político español, que en vez de hundirse como los anteriores en los

abismos maníaco-depresivos de una hipercrítica nacional, se lanza resueltamente a levantar en

alto los valores hispanos. Para el solitario autor de «La afirmación española» semejante actitud

de toda una minoría, significaba evidentemente la justificación de su entero robinsonismo

literario y patriótico.

Ramiro de Maeztu fue otro de los que intuyó genialmente el relieve trascendente de la aparición

del semanario. Nadie como él, que procedía del más puro 98, -sabía apreciar en su inmenso

valor la esencial diferencia que a las dos actitudes, separadas por treinta años de distancia,

distinguía. A fines del siglo, la derrota ultramarina empujaba, en efecto, a los intelectuales más

señeros a pedir «escuelas», «despensas», «llaves» para sellar sepulcros heroicos y

«europeísmo» servil de imitación. En resumen, a cerrar las ventanas del edificio y

enclaustrarnos en la comezón interna. En marzo del 31, Ramiro Ledesma acaudillaba, en

cambio, una pequeña y aguerrida hueste que, en previsión de otra gran catástrofe nacional

inminente, pugnaba por conjurarla, abriendo perspectivas externas al fervor de la mocedad,

buscando en la trayectoria recobrada de nuestra voluntad histórica cauce para el inalterado

hervor de la sangre española.

Hoy comprendemos perfectamente la magnitud considerable de este cambio de signo que el

pensamiento de Ramiro Ledesma significó al irrumpir en la política nacional. Con él se fue

abriendo paso, forjándose después en la trágica realidad de nuestra guerra, la conciencia

exterior del país. A partir de su aparición, fuimos sintiéndonos de nuevo a nosotros mismos,

como realizadores de una gran misión providencial entre los pueblos, aquélla que Maeztu

calificara en una de sus obras con otra palabra-clave: Hispanidad. Síntesis era ella de una

España grande y libre, como la soñara el otro Ramiro, que mezcló con él su sangre en el

martirio común.

(José María de Areilza, el 14 de marzo de 1941; recogido en «Apuntes e ideas», suplemento de

información de la Delegación Nacional de Juventudes).

 

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