Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
 Los problemas universitarios. 
 Desde mi atalaya (IV)     
 
 Mundo.    29/07/1972.  Página: 25-28. Páginas: 4. Párrafos: 19. 

LOS PROBLEMAS DESDE MI ATALAYA (IV)

I Por Mariano Aguilar Navarro

1. Buscando una atalaya

En mi primer artículo indique, por estimarlo importante, que uno de los rasgos que caracterizan la actual

crisis universitaria viene dado por la incomunicación existente entre los Distritos Universitarios, por la

carencia de una adecuada información, y por la ausencia de una mínima participación de profesores y

alumnos en el desarrollo de la Reforma universitaria. La sociedad podrá haber hecho valer su interés por

el proceso de la Reforma universitaria (como asevera el legislador en la presentación de la LGE), pero de

los estamentos directamente comprometidos, es decir, profesores y alumnos, de esos no cabe decir otra

cosa que señalar su total marginación. En el Claustro de mi "Facultad «jamás» se discutió ningún plano

de la Reforma universitaria y, llegado el momento de ser aprobados los Estatutos provisionales de la

Complutense, la mayoría de los profesores se enteraron de tan «fausto» suceso por la mera lectura de los

periódicos. La Ley ha venido a ser la «gran desconocida», y eso explica, junto a otros múltiples

elementos, que su «rodaje» sea inadecuado. No podemos «experimentar» un sistema legal del que

desconocemos las últimas motivaciones que lo inspiraron, ni los obligados compromisos de todo tipo que

le acompañaron.

Conocer la realidad de esta «problemática» universitaria supondría un «sistema de conceptos, de

pensamientos» que sirvieran de mediación para llegar al fondo de las «estructuras profundas», como

dirían los estructura-listas, y ciertos marxistas obsesionados por el problema del método y de la teoría del

conocimiento. Yo voy a quedarme en un plano mucho más modesto, menos científico. Voy a elegir una

«atalaya» que me es asequible y perfectamente dominable, para desde allí «ver» cómo han ido ocurriendo

los hechos. Soy consciente de que el saber como simple visión, o el saber como captación consciente de

los hechos puede no ser el auténtico saber de la realidad, pero hacer otra cosa no es alcanzable en este tipo

de trabajo. «Ver acontecer las cosas es el mejor modo de explicárselas.» AsÍ se expresaba Goethe con

referencia a la Naturaleza, y en modo amplio podría decirse otro tanto de los sucesos históricos y

políticos.

Yo he tenido una «atalaya» de óptimas condiciones de alcance visual para ver cómo acontecían las cosas.

Y esta «atalaya» ha sido la Facultad de Derecho de la hoy denominada Universidad Complutense. Soy

consciente que esta atalaya jamás podrá proporcionar un conocimiento auténtico, no condicionado. Tiene

razón Eugenio Trías al decir que «no puede existir una atalaya como posición de privilegio desde la que

pueda al fin formularse un discurso no condicionado». Lo que sucede es que yo desde el principio he

renunciado a todo lo que no sea precisamente ese «discurso condicionado». Y es precisamente en esta

atalaya de mi Facultad de Derecho donde he creído percibir con mayor autenticidad el carácter

absolutamente condicionado que ha tenido todo el proceso que va desde la crisis de nuestra universidad a

la final crisis de la Reforma universitaria.

II. Los acontecimientos observables desde mi atalaya

Desde hace mucho tiempo, la metodología histórica, y en más amplio radio de acción la utilizada en las

ciencias del comportamiento humano, ha venido a insistir en la selección de unos criterios, de unos

hechos que tienen valor significativo para realizar esa interpretación, que es lo que se propone la historia,

¡a sociología,: etcétera. En la existencia y trajinar cotidiano de mi Facultad de Derecho se han podido

detectar unos acontecimientos que indudablemente, han jugado un papel importante en todo el proceso

universitario español de los últimos años. Me referiré a los que en mi versión personal de los acon-

tecimientos han podido ser más incisivos y condicionantes.

Mundo - 29-VII-72

En los últimos días de la Dictadura fue la Facultad de Medicina, el caserón de San Carlos, el foco central

de la agitación universitaria, como años antes, en la época de Alcalá Galiano, lo había sido el caserón de

San Bernardo. La Facultad de Derecho, sin estar al margen de la agitación fueísta de aquellos meses, sólo

procedería a tomar la dirección, la línea de vanguardia de la politización universitaria, ya establecida la

Segunda República. Fue refiriéndose al núcleo inicial del SED de la Facultad de Derecho como José

Antonio explicó la necesidad de una acción eminentemente política, en rotunda oposición al apoliticismo

que parecía caracterizar al pensegundo año académico de la misma se produjeron algaradas universitarias

respondiendo a hechos de dispar naturaleza. En un caso, se trataba de la réplica del alumnado a la medida

de confinamiento decretada contra uno de los profesores de la Facultad, el doctor Montero Díaz; en el

otro plano, era la situación profesional de los futuros licenciados la que motivaba una protesta, que

pudiéramos ahora calificar de estrictamente profesional. Esa Facultad, en la que el Régimen había creído

encontrar la forma por excelencia de manifestar su poder de creación original en materia cultural y

universitaria, y que se había nutrido en sus comienzos de los sectores más samiento jurídico kelseniano.

De este modo, los seuístas de Derecho vendrían a constituir una vanguardia en ese movimiento de

penetración masiva de la política en las aulas universitarias. Y en Derecho se produjeron las primeras

graves manifestaciones de la violencia física, como ocurrió con el injustificado atentado contra el insigne

profesor de Derecho Penal, doctor Jiménez de Asúa. Y fue en esta misma Facultad donde se registró el

juicio despectivo de una política de urnas, de democracia.

En la posguerra civil, nuestra Facultad manifestó un retardo, un rezagamiento parecido al que se había

anotado en la época de Primo de Rivera. Los primeros chispazos de protesta universitaria tendrían lugar

en otras Facultades, y de manera más impresionista en la recién creada Facultad de Ciencias Políticas y

Económicas (de ia que fui profesor fundador). Ya en el punteros de la intelectualidad del Sistema, vendría

por la fuerza de las cosas (no del destino) a transformarse en la avanzadilla contestataria; condición que

no ha dejado de tener, y que responde a razones que vienen dadas por la índole de sus enseñanzas y el

valor significativo que poseen para detectar contradicciones.

La Facultad de Derecho se hizo presente en el proceso de demolición del esquema confesional y

falangista de nuestra Universidad en el año crucial de 1956. Pero a diferencia de la Facultad nacida del

mismo Régimen (la de Económicas y Políticas) la clásica y legalista que es mí Facultad, mantendría una

línea de acción, un estilo diferente, más ponderado, más en línea con el llamado Movimiento en pro de la

Libertad de la Cultura. Inicialmente la antorcha estuvo en manos de los demócratas, tal vez en mayor

medida de los de la izquierda demócrata cristiana. Un discurso pronunciado en dicha Facultad por el pro-

fesor de Sevilla, doctor Jiménez Fernández (con ocasión de un ciclo homenaje al decano Eloy Montero)

sirvió, en gran parte, para «sacudir el letargo» de los futuros hombres de leyes. Jiménez Fernández habían

expuesto las dos caras de la experiencia republicana, y al hacerlo había debilitado la concepción

maniquea de la guerra civil. El año 1956 fue crucial para la Facultad y para toda la vida universitaria

española. Los sucesos fueron graves, la situación del orden público en la capital se vio gravemente

amenazada, y el decano de Derecho (profesor Torres López) tuvo que abandonar precipitadamente el

país.

Yo volví a incorporarme a la Facultad de Derecho de Madrid en el verano de 1960. Meses más tarde, y

dentro de mi primer curso académico, me vi envuelto en la primera grave querella de la Universidad

estatal. Se trataba nada menos que del «estatuto jurídico» que debía otorgarse al Estudio General de

Navarra. Mi Facultad, especialmente a nivel del alumnado, tomó muy a lo vivo el problema, y con esa

ocasión se celebraron lo que en el lenguaje de pocos años más tarde se denominarían «Asambleas libres».

Yo fui el único profesor numerario que asistió a las mismas (no con pequeño escándalo del que en aquel

momento era nuestro decano). Los protagonistas estudiantiles de esas asambleas eran muy dispares, tanto

en la línea de la defensa del Estudio General de Navarra, como en la impugnación. Defendían el Estudio

estudiantes que después tendrían trayectorias políticas nada complacientes (el jesuita Marzal, el dinámico

Gregorio Peces Barba, etcétera) y lo harían sin desconocer los peligros que podría entrañar, pero fieles al

respeto de los Principios, en este caso el de la libertad de enseñanza, la misma Declaración de los

Derechos Humanos de la ONU. En el bando de ataque también eran dispares las posiciones políticas.

Fueron protagonistas de la crítica hombres como Rafael Jiménez de Parga, y el que después ocuparía

puestos destacados dentro de la línea de renovación falangista, el entonces alumno mío Ortí Bordas. Yo

fui en aquellas sesiones de la Asamblea un presidente comprometido, es decir, un hombre que había

tomado partido. Para los que conocen mi trayectoria política e intelectual, es claro comprender cuál era

mi partido: yo estuve en contra de lo que entendía como desmantelamiento de la Universidad estatal, y

defendí esa posición en el Claustro, teniendo en posiciones muy cercanas a las mías a hombres que como

Garrigues y Blas Pérez no podía decirse que quedaban complicados en mis aventuras dialécticas y no

dialécticas. Estos son los acontecimientos de la primera hora que iluminan el campo de acción, el alcance

visual que posee mi atalaya de la Facultad de Derecho.

Mundo - 29-VH-72

III. La Facultad de Derecho y la politización de su profesorado

IV.

Hasta muy avanzado el año crítico de 1968, la Facultad mía quedó reducida, en lo que al estamento

docente se refiere, al llamado profesorado numerarlo. Se trata de un profesorado que se tiene una muy alta

estimación; yo me sospecho que excesiva, una vez que he experimentado «in situ» su capacidad de

Iniciativa y de respuesta. Un profesorado un tanto contradictorio en su manera de abordar los problemas

universitarios. Mis compañeros de claustro cuando intervienen despojados de su condición de mando

político (bien por haber sido despojados de dicha investidura, o por no haberla aún logrado) participan en

los debates del Claustro y en la vida de la Facultad como personas alérgicas a la política, aún más, yo

diría que hacen ostentosas y alucinantes manifestaciones de horror al quehacer político. Salvo muy raras

excepciones (yo anotaría .as de López Rodó, Ruiz Jiménez, y en modo más tenue la de Blas Pérez —que

fue en su retorno a la Facultad un hombre que supo combinar perfectamente la discreción y la firmeza—

y Fernández de Miranda) la totalidad de los numerarios —yo estoy en su periferia— hacen profesión de

fe de no creer en la política, de sentir horror a la política, y de no disponerse a asumir responsabilidades

políticas. En ocasiones, estas declaraciones sólo tienen valor, cuando se discute quién puede y debe ser

decano. Conozco casas en que se. ha alegado ese apoliticlsmo para no ser decano, y después, y a pocas

semanas, se ha estimado que ser ministro suponía menos compromiso político. Astucia de la razón, diría

Hegel. Pero Hegel se refería a las pasiones... y mis queridos colegas no parecen ser sujetos dados a las

pasiones.

El hecho cierto es que mi Facultad ha sido la «escuela de mandos políticos» del Sistema. Tenemos en

nuestra ejecutoria un auténtico palmares de promocionamiento político. De mi Facultad han salido tres

ministros de Educación, y al menos otros tantos subsecretarios. Mi Facultad ha suministrado al Régimen

los más altos dirigentes económicos (nada menos que al actual ministro del Plan), y ha estado durante

muchos años presente, en la persona de Castiella, en la dirección de nuestra diplomacia. Hombres le mi

Facultad han conocido los queirantos e implicaciones del mantenimiento del Orden Público, y la difícil

nlsión de hacer entender la voz de la gendarmería con el Interrogante crítico y aparentemente irrespetuoso

del universitario (profesor Blas Pérez), y de mi Facultad ha salido el actual ministro secretario. Yo

recuerdo que en cierta fase de nuestra última historia, los hombres de la Meseta solían decir que la

política, ciertamente, se hacía en Madrid, pero se hacía al dictado de los catalanes. Hoy, parafraseando la

expresión, podría, con más límites, claro está, decir que la política se hace en Madrid en gran parte por los

profesores de la Facultad de Derecho de la Complutense. Pero llegado el momento de la verdad, esto no

es totalmente cierto. Y no lo es de una manera casi absoluta en lo que concierne a la política universitaria.

Uno de los fenómenos que más me ha impresionado, que al principio se resistían a todo esfuerzo que yo

hacía por comprenderlos, es la poca influencia que han tenido los ministros de mi Facultad en la

programación de la política universitaria. Y no es que yo disponga de información -de primera mano para

llegar a una afirmación tan rotunda, y que algunos incluso calificarán de irrespetuosa. Simplemente

constato las actitudes, intervenciones en los Claustros, comportamientos, etcétera, que se producen

cuando estos hombres políticos vuelven al reducto universitario. En la casi totalidad de los casos (con la

excepción de Ruiz Jiménez) retornan apagados, apáticos, como si volvieran de una elaboración onírica

(teoría de Freud que aquí podría ser empleada). SI hablan, y no abusan de esta actividad, lo hacen como si

su pasado ministerial o de subsecretario, etcétera, hubiera sido un simple accidente en su vida, un penoso

acto de servicio que cumplieron con lealtad pero sin excesiva fe, y siempre con poquísima capacidad de

decisión.

Estos han sido los materiales que he dispuesto para intentar «construir» una interpretación. Pero hay más

elementos que después he ido recogiendo y que responden más a la intuición, al palpito, que a una

verificación rigurosamente científica.

Yo he llegado a aceptar la falta de vocación política de estos hombres, que si han sido políticos no es por

poseer una naturaleza acusadamente política (Castiella tenía vocación diplomática, de servicio a la

grandeza de la Patria, pero en otras zonas no creo que fuera sustancialmente un hombre conducido por el

complejo de poder). Unos hombres que generalmente no se habían destacado dentro del quehacer

propiamente universitario, y para los cuales esos «servicios modestos, pero indispensables» como son los

mandos de base, no les resultaban en modo alguno seductores. Hombres con poco entusiasmo por la

comunicación con las masas. Los hombres de la Institución Libre eran continuos dialogantes con los

alumnos; los nuestros más bien han esquivado al alumno, y jamás han intentado sostener desde sus

cátedras sus posiciones ideológicas. Cuando llegó la contestación estudiantil, brillaron por su absentismo.

Existe, además, y es punto extremadamente vidrioso, un complejo de intelectual que se siente como de

precario en Sistemas de Poder en el que otros tipos humanos y otros caracteres son los dominantes y los

carismáticos. En la obligada tensión entre Gobernación y Educación, siempre la posición inferior la han

tenido la Ciencia y la Universidad. En mi relampagueante experiencia de triunviro de mi Facultad,

recuerdo que al superar en marzo del 68 una durísima jornada, me dirigí a mi compañero en aquel

triunvirato, el profesor Blas Pérez, diciéndole más o menos: «Se ha superado la prueba gracias a usted;

pero puntualizo, no en su condición de autoridad académica, sino como actual general y antiguo ministro

de la Gobernación»... Tal vez una solución, muy en la línea de Jardiel Poncela, podría ser la de designar

ministros de la Gobernación a catedráticos, y ministros de Educación a gentes con mando. El hecho

cierto, confesado por los interesados, es que la política de Educación no es obra autóctona del titular, del

catedrático titular. Las decisiones vienen condicionadas desde otros mundos.

V. La Facultad de Derecho y la politización de su alumnado

Cuando en el curso académico 1962-1964 se produjeron (os primeros incidentes alarmantes en el

«campus» universitario, en los Claustros de mi Facultad numerosos miembros se «dolían» de un trato

punitivo indiscriminado que igualaba en la sanción a nuestros «chicos» con los de otras Facultades mucho

más díscolos y rebeldes. Había una propensión paternalista y altamente individualista que tendía a

parcelar los temas de la Universidad en tantas Facultades como existieran. A «nosotros», los profesores

de Derecho, lo único que nos correspondía es «poner orden en nuestra casa», y proteger a nuestros

pupilos. Era una actitud que contaba en su favor a profesores de procedencias políticas e ideológicas muy

diversas. En ella concidían jóvenes y viejos, y en ella participaban hombres que habían sido separados de

sus cátedras (en la época de la purga de la posguerra) con otros a los que su adscripción al Régimen

ciertamente no les había dificultado escalar los altos puestos universitarios. En todo momento me opuse a

ese tratamiento. Siempre quise enfocar el problema universitario en toda su amplitud, y en este sentido

casi me atrevería a decir que he sido el único profesor que, estando totalmente fuera del campo del

protagonismo político (lo de minlstrable fue una cariñosa broma de Amando de Miguel) he atacado

políticamente los problemas universitarios (cierto que después, en lo que sería nuestra modesta

diplomacia de pasillos, he encontrado muy pocos adversarios de esta actitud: la hacían suya, pero tan suya

que no la exponían en público...).

Yo siempre pensé que nuestros alumnos no podían ser un «cuerpo extraño» dentro del movimiento

estudiantil (como tampoco acepté la simplona afirmación de que los alumnos de las carreras! técnicas

estaban inmunizados del virus de la contestación estudiantil). Mas, al unísono-, calculé que nuestro

alumnado, por la índole de los estudios que les damos (y de la manera que los damos, cosa en !a que. no

me .vanaglorio en modo alguno) por sus «salidas profesionales» (las utópicas que han pensado por

inercia, creyendo aún realidad lo de las profesiones liberales) y por su extracción social, era más idóneo

para montar una «contestación» menos racial, más asimilable e instrumentalizable (como dirían los

marcusianos). Y así pudo suceder, si se hubiera políticamente aprovechado la primera fase crítica del

alumnado de Derecho, la que corresponde a los años de 1956 a 1963. Pero no sucedió así. El aparato

sancionador actuó indiscriminadamente (como lamentaban mis liberales compañeros de Claustro) y lo

mismo sancionaban a delegados estudiantiles que se movían en las confortables mareas del centro

izquierda burgués y archioccidental, que a los que comenzaban a leer a Mao y descubrir a Trotsky. La

línea reformista, aperturista, respetuosa con el dictado de la >ley, que nuestros protéstatenos de Derecho

mantenían, quedaba igual lada y confundida (por no decir peor-considerada) con la que navegaba por

aguas mucho más tormentosas y amenazantes. Y sucedió ¡o que fatalmente tenía que pasar. Aquellas

promociones burguesas (políticamente hablando) fueron barridas, acusadas de total ino-perancia. Incluso

algunos de sus miembros sintieron tan en lo vivo su frustración que decidieron «purificarse» dándose un

baño de radical extremismo. Y esta es la situación en la que hemos. desembocado. Quisiera personalizar

el proceso recordando los nombres de tres de los primeros delegados del SEU que conocí en mi Facultad.

Su trayectoria política, sus antecedente, muestran hasta la exageración que eran hombres de confiar en

una empresa reformista, Incluso parsimoniosamente evolucionista. Sus nombre son conocidos, son el

actual letrada del Consejo de Estado, profesor Ortega Díaz Ambrona; el brillante letrado, no ausente en

las cenas políticas del señor Gavilanes, me refiero al profesor Osear Alzaga, y el señor Méndez Leyte,

que fue uno de los últimos jefe? de esta línea... El hombre que pude servir de puente a una etapa más recia

pero aún no truculenta, tal vez ha sido Mohedano... y, sin embargo, tampoco a hombres de este tipo

político se le; ha reconocido... La actual generador «aperturista» del Régimen (los hombres como Oreja,

Nicolás Franco, Cantero, etcétera) no tendrán (a menos que el aperturismo sea inmediata y radical

realidad) su relevo en ít>¿ actuales promociones universitarias. En estas sería engañoso pensar otra cosa:

lo que se da es una total ruptura,´ y no una mera, discrepancia.

M. A. N.

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