Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Vieja España, nueva España     
 
 ABC.    30/03/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

VIEJA ESPAÑA, NUEVA ESPAÑA

Tanto agradó la tierra mejicana a los conquistadores, que hubieron de bautizarla con el nombre

mismo de la patria de donde venían: Nueva España. Allí se encontraron en una tremenda

osmosis colonizadora y guerrera, religiosa y cultural y, sobre todo, humana y vital, los dos

pueblos, español y mejicano. Fue un mestizaje apasionado y sostenido en el que las sangres

confluyeron, amasando un patrimonio común de hábitos y costumbres, de reacciones

psicológicas y de gestos cotidianos que floreció en mil maneras de vocablos, canciones,

prejuicios, indumentarias, músicas, devociones y artes de la jineta.

Méjico estuvo más cerca del corazón de España que probablemente ningún otro pueblo del

Continente iberoamericano. Y hasta la propia y dura tenacidad que ha impedido la

normalización diplomática, ahora felizmente lograda, es un típico ejemplo de fidelidad a una

línea ideológica que a pesar del deterioro que en ella producía el inexorable paso del tiempo

representaba el carácter altivo y honroso de una raza que aprendió el "sostenella y né

énmendalla" en las raíces de nuestro romancero y en las páginas de nuestros clásicos.

La República de Méjico, con sus 60 millones de habitantes, no es sólo una gran nación de la

constelación americana, sino uno de los centros de expansión de mayor futuro en aquel

conjunto. El gran Méjico no ha hecho sino empezar su ascensión meteórica. SI ya es hoy la

primera ciudad de había española del mundo con sus 10 millones de habitantes, las

perspectivas de su desarrollo industrial y tecnológico se apoyan en la certidumbre de vastas

reservas inexploradas de petróleo que pueden alterar espectacularmente el crecimiento y la

estructura del país hacia dimensiones y poderío económico gigantescos. Hoy la política se

hace con realidades y ¡ay del que se pierda en logomaquias retóricas! No hay que olvidar el

último y definitivo servido a la persona humana que se halla en el meollo de una buena filosofía

de la vida pública. Pero los medios instrumentales son esenciales para el alcance de los

grandes objetivos de un pueblo. Creo que el Méjico actual los tiene.

Hablamos largamente del tema una tarde lluviosa y fría del diciembre parisiense del 75, en

casa de un noble amigo hispano-mejicano que la ofreció para el encuentro. Era mi inicial salida

al extranjero como ministro del primer Gabinete del Rey, y aproveché la oportunidad de asistir a

la multitudinaria Conferencia Norte-Sur para establecer los primeros contactos personales con

mis colegas asistentes al foro. Entre ellos, el ministro del Patrimonio mejicano, Francisco Javier

Alejo, que me saludó con expectante cortesía. Quedamos en almorzar juntos al día siguiente.

Estaban presentes Carlos Fuentes, una bella consejera de Embajada y tres o cuatro amigos

comunes, españoles y mejicanos. La situación era entonces tensa y difícil por la violenta

reacción del presidente Echeverría ante los fusilamientos del septiembre anterior. Había, pues,

que extremar la cautela y la reserva, pues ni la reciente proclamación de la Monarquía había

logrado más que un clima de esperanza y curiosidad, ni estaba la opinión pública española

favorablemente dispuesta a olvidar recientes gestos. Pero ¡qué vibración misteriosa es la de la

comunicación hispanoamericana, la del idéntico temblor de los labios articulando el mismo

lenguaje con tos fuertes acentos diversos! Al cabo de un breve exordio, aquello era una tertulia

ibérica, caliente, amistosa y torrencial con el humor subiendo en volutas de ingenio como el

azul aroma de los tabacos. El ministro, a quien pregunté, como es obligado, por su origen

familiar peninsular, resultó ser paisano mío, oriundo de Sopuerta, en la Encartación minera de

Vizcaya, y nieto, por parte materna, de un matrimonio de anarquistas catalanes.

Recuerdos y nombres comunes fluyeron en seguida a nuestro diálogo. Fontana nos habló de

sus novelas, prohibidas en España, y al cabo de un tiempo, Alejo me daba una cumplida y

precisa información de los planes económicos de medio y largo alcance en los que podía y

debían colaborar nuestros empresarios y, en buena medida, el sector público de nuestra

economía. Nos alejamos en el túnel del tiempo futuro para volver, de golpe, a la tirante

realidad. Pero yo pienso que aquellas horas de proyectos viables, de objetivos comunes, dieron

tono y pauta a muchas cosas que luego reservadamente se encauzaron y que brillantemente,

la diplomacia española, ha conducido en estos días a buen fin.

La economía puede ser mucho, quizá lo esencial de nuestra relación futura. Pero, ¿cómo

olvidar lo que ha sido y es el vínculo de la cultura? Todos los de mi generación descubrimos en

la poesía de Amado Nervo y de don Francisco de Icaza el palpito de una belleza formal que

entonces llegaba a la emoción de las gentes con el sencillo camino de la identidad sentimental.

Alfonso Reyes y Vasconcelos nos trajeron el vuelo magistral de su prosa elocuente. Pero en el

balance de esa mutua impregnación espiritual hay otro elemento que no puede ignorarse y que

ha sido la de la presencia en Méjico desde 1940 de miles de españoles señeros y eminentes en

la profesión, en ¡a técnica, en la cátedra y en el rango intelectual. Marañón escribió un día

estas palabras, como suyas, magistrales: «La importancia de los exiliados españoles que viven

en Méjico para la compenetración de los dos países, sólo el porvenir la podrá valorar en su

verdadera dimensión. La obra intelectual de los emigrados españoles representa un momento

admirable en la historia de la cultura española y un episodio decisivo para el porvenir de las

relaciones de América y España.»

América hispana es un mundo en cambio y. en fermentación; un Continente en revolución, en

el profundo sentido del vocablo. En toda revolución en marcha, el análisis del proceso es un

dato decisivo sin cuyo conocimiento previo cualquier tratamiento no es sino terapéutica

represiva o dilatoria, pero en ningún caso eficaz. La revolución mejicana, que se inició en 1910

a la caída de la dictadura, de treinta años de «porfirismo», tardó veinticinco años en

consolidarse y no llegó a institucionalizarse hasta 1935 con la presidencia de Lázaro Cárdenas,

que intuyó los secretos de gobierno de aquel país inmenso y disperso, rural, y, en buena parte,

indígena, tradicional y religioso, cuya aspiración se cifró en el lema de Zapata, «Tierra y

libertad». Más de la mitad del suelo mejicano se halla repartido, a lo largo de estos últimos

cuarenta años, en una larga e interminable reforma agraria que va dando conciencia

económica moderna a millones de campesinos introduciéndolos en la ciudadanía activa.

Mientras tanto, la demografía avanza, irresistible, hacia cotas de crecimiento impresionante.

Toda la América, desde el río Grande hasta el Magallanes, se despereza en un estirón de

gigante. A fines de siglo, en e/ año 2000, las estimaciones señalan de 600 ó 700 millones de

habitantes, como población probable. Y ¿no será ésa una de las metas colectivas de nuestra

alma española que recogerá entonces, a millones, en formas insospechadas, con ideas bien

distintas a las de los rígidos esquemas de antaño, la siembra de tantos siglos de trabajos y

esfuerzos? Desde la vieja España uno mira con esperanzada ilusión a los pueblos de la otra

ribera, en cuya galaxia nos faltaba, con su Inmenso brillo propio, la estrella mejicana que antes

se llamó Nueva España.

José María DE AREILZA

 

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