Autor: Contreras, Lorenzo. 
   ¿Estación terminal o apeadero de urgencia?; Del gironazo al silvazo; La actualización de un principio inalterable; Tácito y la división cristiana; García Hernández versus Girón; Hacia una precisión terminnológica; ¿Pero es posible la huelga?; Un general..     
 
 Sábado Gráfico.     Página: 19-20. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

EXISTE en nuestro nervioso cotarro madrileño \a idea de que Girón ha sido definitivamente vencido por «las fuerzas del mal», es decir, por el destino evolutivo del país, y ya no • podrá moralmente intentar una nueva salida de su paraíso malagueño para alancear a los pérfidos «gigantes» de la subversión introducida. Modestamente, quien esto escribe no está tan seguro.

Hay muchos «girones» enquistados en las articulaciones del sistema. En uno . de los numerosos almuerzos políticos que vienen celebrándose en Madrid, un falangista opinó, según las referencias que me han llegado: «Girón avisó para levantar alambradas en torno a nuestras fronteras. Veremos otra vez a notables de la derecha (citó nombres concretos) cantando el "Cara al Sol". Los ataques de la prensa, tan prodigados estos días, apenas representan el cinco por ciento de la opinión pública».

Esta idea profiláctica que pretende el. «aislamiento salvador» tiene muy pocas posibilidades a la larga, pero tal vez resulte todavía muy influyente a corto y medio plazo. No es cosa de discutir sobre las posibilidades de los ritos o gestos, porque lo interesante, a fin de cuentas, es el efecto atribuible a las alarmas de la «mentalidad sobrecogida» que alienta en nuestras capas conservadoras mejor instaladas. A este nivel, las liturgias políticas son irrelevantes.

SI fallan estos pronósticos pesimistas, habrá que hacerse discretas cruces de asombro, porque, al fin, una «primavera política» podrá avanzar el trecho que permiten las condiciones del sistema. La «primavera de Fraga» tropezó pronto con el invierno. La «primavera de la Ley Orgánica del Estado» quedó rápidamente atascada en su curso. La «primavera de Arias» sufrió inmediatos riesgos, de todos conocidos, sin que a estas alturas sea de vaticinio claro si alcanzará la terminal o parará su tren en un apeadero de urgencia.

En España es especialmente difícil el oficio de profeta. Uno ignora si el general Iniesta se ha puesto estratégicamente un monóculo de color rosa cuando ha declarado en el último dominical del diario «Arriba»: «No hay nada que temer. España es bonita, el clima es ideal, el sol también; el flamenco, extraordinario. No hay nubes en el horizonte y las pequeñas nubéculas que puedan aparecer las disuelve el viento».

Quien así ha hablado es íntimo amigo de Girón. Habría que preguntarle qué entiende por «pequeñas nubéculas que disuelve el viento».

LOS compañeros de la «prensa política» madrileña han usado mucho en los últimos tiempos la palabra «gironazo» para designar la acción y efecto de la declaración política lanzada por el «retirado» de Fuengirola. Creo recordar que Miguel Veyrat fue el padrino de la botadura terminológica. Emparentado con el «bogotazo» de la todavía reciente historia colombiana, el aumentativo ha hecho fortuna en nuestra prensa, hasta el extremo de que esta pasada semana se ha hablado del «morazo» (por un artículo de Fernández de la Mora), del «berenguerazo» (por las alusiones contenidas en el mismo artículo a la gestión «derrotista» del general Berenguer), del «ciervazo» (por un comentario de Ricardo de la Cierva). Ciertamente, la relación recordada aquí no agota todas las aplicaciones posibles. Cabría aludir al «sordazo», por un discurso comentadísimo del señor Fernández Sordo ante la comisión permanente del Congreso Sindical; del «ansonazo», por un comentario de Luis María Ansón, abiertamente dirigido a conjurar la «portugalitis» de la opinión española, y del «silvazo», por un discurso de Silva Muñoz en Córdoba.

Apurando un poco la importancia «explosiva» de los temas, cabría aludir al «orejazo», por una conferencia del subsecretario de Información, señor Oreja Aguirre, alusiva, a la necesidad de que la próxima Ley de Régimen Local intente «una auténtica estructuración de la región como pieza viva de nuestro ordenamiento». Se recordará a este respecto la repercusión «reluctante» que produjo en nuestro establecimiento político la tímida pretensión «regionalizadora» del Decreto Esteruelas, cuando el actual titular de Educación regía el Ministerio de Planificación del Desarrollo.

Pero quizá nada haya sido durante la pasada semana tan espectacular como el «camuñazo», por sonorizar el apellido del presidente de Nueva Generación, señor Camuñas, organizador de un debate-coloquio sobre la huelga en España. Un debate que reunió en torno a una mesa nombres tan dispares como Martín Villa, Víctor Martínez Conde, Martín Sanz, Julián Ariza, Carlos Iglesias Selgas. Luis Enrique de la Villa, Joaquín Garrigues Walker, Rafael

Arias Salgado y Xavier Casassas, por sólo citar los nombres más conocidos.

DE entre todas las manifestaciones públicas de la pasada semana, quizá la protagonizada por don Federico Silva en Córdoba, referente a las relaciones Iglesia-Estado, sea la más dotada de significación. El ex ministro habló en el acto de clausura de la Asamblea de Hermandades d e I Trabajo. Empezó advirtiendo que no brindaba su análisis en calidad de «portavoz de la Iglesia» y concluyó predicando la necesidad de instaurar en España «una ética pública de la tolerancia», porque, dijo, «la tolerancia es factor básico de un sistema político moderno», «significa respeto para los demás y sus opinones» y resulta imprescindible «como telón de fondo de cualquier reforma política o de cualquier solución de un contencioso religioso-político».

En el discurso de Silva hay que destacar, por fuerza, la propuesta de que se modifique «en sus enunciados gramaticales y lexicológicos» el principio segundo del Movimiento, que contempla la confesionalidád del Estado español. Como es archisabido, los principios del Movimiento se declaran «permanentes e inalterables por su propia naturaleza». De ahí que el ex ministra hiciese la matización formal anterior, sugiriendo después que, donde el principio habla de «nación española», se diga «Movimiento», y donde establece la inspiración de la legisla-

ción del Estado español en la doctrina de la Iglesia Católica se disponga que «el Movimiento incorpora el sentido católico, de gloriosa tradición y predominante en España, a la vida nacional».

El señor Silva invita a completar el texto con este apartado: «La Iglesia y el Estado concertarán sus facultades respectivas sin que se admita intromisión o actividad alguna que menoscabe la dignidad del Estado o la integridad nacional».

La fórmula de Silva, según el propio orador, coincidiría casi literalmente con la que, en su día, fue el punto 25 de la Falange. En resumidas cuentas, el ex ministro se muestra partidario de «sacralizar» al Movimiento, pero no al Estado ni a la nación española. Además, la idea de Concordato sería preventivamente reemplazada por la de «concierto», y la nueva redacción meramente «gramatical y lexicológica» implicaría la resurrección de uno de los puntos enterrados de la Falange histórica. El orador no habló de modificar el principio segundo del Movimiento, sino de actualizarlo ante «los dictados férreos de la realidad». Si así no se hace, la jerarquía y el Estado, a la luz del Concilio, entenderían de modo distinto el concepto de libertad religiosa.

Un tema delicado ha quedado planteado públicamente. El señor Silva predica para su familia política la misma «tabla rasa» formal que aconseja al Estado. En su discurso aparece contenido este reconocimiento: «Se han terminado los tiempos del partido confesional». Por supuesto que el orador —así lo declara— piensa en las asociaciones políticas y repudia para «la suya» cualquier «etiqueta inactual».

MIENTRAS tanto, pese a la sordina ambiental, suscita interés una rumoreada escisión de la familia política «cristiana». Los integrantes del llamado grupo «Tácito» —«Tácito» ha venido siendo hasta ahora una firma periodística colectiva responsabilizada con opiniones de talante aperturista y colaboradora de «Ya»— han anunciado el propósito de formar una asociación política cuando la legalidad lo permita. Existe la impresión de que Silva se ha sentido abandonado por algunos de sus más antiguos leales. Los hombres de «Tácito» han presentado en el inmediato pasado claras vinculaciones con la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Sin renunciar a tal adscripción, estos «jusos» del silvismo intentan ampliar su círculo con incorporaciones menos etiquetadas, siempre que los nuevos afiliados presenten las siguientes particularidades: no haber hecho la guerra civil, tener un propósito reformista pacífico, evolutivo y, por supuesto, legal, respecto a la actual Constitución española, repudiar el «fulanismo» de un líder y no compartir ningún extremismo ideológico.

En determinados ambientes se tiene la impresión de que Silva sigue contando con la púrpura.

EL llamado «espíritu del 12 de febrero» ha pugnado por afirmarse tras el «gironazo». Varios ministros han aludido en parlamentos diversos al vigor de las promesas lanzadas por don Carlos Arias. En una, coyuntura como la actual, caracterizada por el tambaleo de la idea de avance político, una contraofensiva oratoria ha sido considerada precisa. Y así, en la Presidencia del Gobierno, durante el acto de juramento de cuatro nuevos gobernadores civiles, don José García Hernández, vicepresidente primero y ministro de la Gobernación, habló de equilibrios consistentes en «no acceder a los movimientos de quienes creen que vamos demasiado de prisa o demasiado despacio» y continuar adelanté «pese a las impaciencias y nostalgias» de algunos. Acompañaba al señor García Hernández el ministro secretario, señor Utrera. Las caras eran serias, y las palabras, intencionales. Girón, diana número uno. Y digo número uno, porque hubo otro blanco discretamente apuntado. Cuando el señor García Hernández aludió al «ejercicio noble de la política», algunos de los presentes recordarían la concepción de la política como «obra de vampiros», según los términos acuñados por el general García-Rebull en una reciente entrevista periodística.

A la contraofensiva de las. palabras se incorporó hace escasos días el ministro de Relaciones Sindicales, señor Fernández Sordo. Pareció que su discurso ante la comisión permanente del Congreso Sindical no era insensible a las objeciones críticas y revisoras lanzadas por el ex secretarlo de la OS, señor Giménez Torres, en el ambiente del Club Siglo XXI. De ahí que hablara de preocupaciones por la «garantía y autenticidad» de los estatutos de los Sindicatos Nacionales, afectados por lo que llamó «período constituyente sindical», y de «acción sindical en el campo y en la empresa», así como del abordaje de los «problemas reales y concretos», abandonando las rutinas y las divagaciones. Un lenguaje hasta cierto punto nuevo, adobado con una promesa: «Os aseguro —dijo— que a las cosas las llamaremos por su nombre, a las buenas como a las malas, y de aquí que no sea incongruente que a la huelga la llamemos huelga».

Desde el punto de vista del Gobierno, el discurso de Fernández Sordo era también intencional, porque sintonizaba con la afirmación pretendida. En este sentido, habló de «potenciar la verdad y el cumplimiento inaplazable de lo que se llama "El programa del 12 de febrero"».

DESDE el punto de vista de la calle, la promesa de llamar huelga a la huelga ha recibido matizaciones críticas. En el debate-coloquio organizado por Nueva Generación, algunos de los ponentes —y especialmente Víctor Martínez Conde— pusieron énfasis en la idea de que río basta con concesiones nominalistas, sino que son precisas normas que reconozcan la existencia de la huelga y hagan efectiva su práctica. Pero, sobre todo, fue abiertamente planteada la cuestión de si el fenómeno de la huelga es posible sin modificaciones estructurales del sistema político vigente. Se produjo entonces una gran paradoja: hombres del sindicalismo oficial rompieron lanzas por su posibilidad, mientras los sindicalistas no oficiales afirmaban lo contrario. De este modo, ha sucedido´que la huelga, tanto tiempo proscrita y denostada en el lenguaje del Régimen, se ha convertido en un término beligerante para la afirmación de una progresividad del sindicalismo establecido, mientras en la acera de enfrente baten tambores de alarma ante la posibilidad de que se pretenda —en palabras de Julián Ariza— «domesticar las huelgas».

Durante el debate se preguntó cómo es posible alimentar la ilusión de huelgas sin piquetes ni fondos de sostenimiento. El ex secretario adjunto de la Organización Sindical, señor Iglesias Selgas, sugirió que la Seguridad Social podría hacerse cargo de las prestaciones correspondientes, opinión que fue combatida por el profesor De la Villa con una sencilla pregunta: «¿Quién financia a la Seguridad Social?». El mismo se respondería: «Si es la clase obrera, resultaría que la huelga de los trabajadores tendría que ser costeada por ellos mismos».

I A culpa la tuvo entera el General Berenguer. El «hombre fuerte» de" la «dictablanda» sentó con su imprevisión las bases para el hundimiento de la monarquía y para el advenimiento de la catastrófica guerra civil. No subestime esta interpretación. Pertenece, según la Ley de Propiedad Intelectual, a don Gonzalo Fernández de la Mora, contribuyente, ex ministro de Obras Públicas y actual Director de la Escuela Diplomática. El ex ministro ha recordado, con retraso notorio, que el nacimiento del General cumplió su primer centenario hace nueve meses.

Inmediatamente se ha aplicado a glosar con su brillante pluma lo que Berenguer hizo al frente del Gobierno que sucedió al dictador. De héroe de Xauen, el General ha pasado a convertirse en sepulturero de la monarquía y preparador involuntario de la contienda civil. Resucitó los partidos, convocó elecciones, restableció libertades, restituyó cátedras. Malo. La catástrofe tenía así que precipitarse. ¡Y uno que creía en las responsabilidades de la conspiración judeo-masónica aliada con el internacionalismo marxista! Pues no. Fue el Generan Berenguer. Lo ha dicho don Gonzalo Fernández de la Mora. • L. C.

 

< Volver