Sobre el cierre de Facultades     
 
 ABC.    15/02/1975.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

SOBRE EL CIERRE DE FACULTADES

El cierre de las cuatro Facultades de la Universidad de Valladolid brinda al comentario muy diversos

ángulos de enjuiciamiento. Los brinda porque el problema planteado por la decisión de clausura y por los

hechos que motivaron tal decisión no es muy claro; o, por lo menos, no ha sido claramente explicado

desde sus comienzos.

Se ha producido, sin duda, un evidente fallo informativo, porque, en otro caso, no sería tan acentuada la

reacción de sorpresa con la que fue acogida, por la opinión pública, incluida la del propio Valladolid, la

tajante decisión clausuradora.

Por cautela, por cálculo táctico, por esperanza inicial de arreglo, por evitar el contagio de noticias sobre

disturbios por inercia de silenciamiento... por lo que sea, en definitiva, que ahora ya poco importa, el

hecho es que la opinión pública se desayunó un día con la importante noticia del cierre de las Facultades,

porque en ellas, desde hacía meses, ocurrían gravísimas perturbaciones que impedían el normal desarrollo

de las actividades docentes.

Esto tío debió suceder, porque, sin duda, procedía haber promocionado una amplia información de lo que

estaba pasando en el recinto universitario y de las prudentes advertencias que se hacían a los estudiantes

desde los centros de autoridad y competencia académicas. La amplia información a que nos referimos

hubiera logrado, seguramente, que ahora no fueran tantas ni tan asistidas dé fundamento las actitudes

públicas —de la provincia, de otras provincias, etc...— que se manifiestan a favor de una reconsideración

de la decisión de cierre. Y quizá se hubiese conseguido también que no llegaran las cosas a los extremos a

los que han llegado.

No es difícil comprender que la decisión ministerial de cierre se basa en hechos consumados

suficientemente graves; no hace falta particular conocimiento de las normas aplicables para suponer que

la clausura encaja en un supuesto normativo, y no es, desde este punto de vista, resolución caprichosa.

Ahora bien, aun admitidos los fundamentos apuntados —de hecho y de derecho—, la creencia social más

generalizada, la que «cogen en múltiples escritos los periódicos de la región, la que expresan los padres

de familia afectados, la que suscriben cualificadas entidades provinciales, incluso de ámbito académico,

cuando ruegan, respetuosamente, que sea reconsiderada la drástica medida de cierre, revela que se estima

excesiva, desproporcionada, la sanción.

Determinar si esta estimación es o no es correcta conduciría a muy parco resultado. Lo importante es que

la corriente de opinión social se ha manifestado así; precisamente así y no en otro sentido. Entonces —-y.

aunque el problema tiene un profundo trasfondo que atañe al principio de autoridad y al principio de

responsabilidad social, trasfondo que glosaremos en próxima ocasión—, entonces, decimos, sin discutir

un ápice las razones que haya tenido el Ministerio de Educación para ordenar el cierre, prudente y

razonable parece la posibilidad de volver sobre el problema no para contradecir un necesario principio de

autoridad que ya ha sido afirmado, sino para admitir, con autoridad moral reforzada, un diálogo decoroso

que permita llegar a una solución ~ digna sin el indiscriminado y enorme perjuicio de todos los

estudiantes, que no todos serían culpables y que no siéndolo escasos caminos de actuación tienen para

contener u oponerse, en favor del orden, a los turbulentos, a los activistas, a los promotores de las

anormalidades y los desacatos.

El juego no puede consistir jamás en él desprecio y la vulneración de la disciplina, imprescindible para la

vida universitaria. Y mucho menos cabe_ tolerar que llegue a ser el juego incivil de las faltas al respeto de

las autoridades correspondientes o de las agresiones personales.

Rotundamente afirmada la inadmisibilidad de conductas semejantes, nada deseamos más sinceramente

que una solución —por supuesto, digna y eficaz— para el problema de las Facultades de Valladolid. Una

solución para la concordia, sin menoscabo de cuanto es verdaderamente la autoridad.

 

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