Autor: Paramés Montenegro, Carlos. 
   Dialogar es posible     
 
 Informaciones.    27/05/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

DIALOGAR ES POSIBLE

Por Carlos PARAMES MONTENEGRO

LO hemos oído muchas veces: es este un país de gentes extremosas y apasionadas. El mundo de los españoles es el mundo de la Intemperancia, la burla cruel, la sordera para los argumentos de los otros, la inoportuna ingeniosidad. Estas limitaciones raciales y otras limitaciones del entorno, han incapacitado a los españoles para la gran aventura del diálogo. Entendámonos: para aquellas manifestaciones del diálogo cuyas partes sostienen posiciones esencialmente antagónicas.

Los españoles de mi generación hemos tenido tendencia a dar por verdaderas estas tajantes afirmaciones, sin ponerlas en tela de juicio. Pero es hermoso llegar, cerca ya de los cuarenta años, al consolador descubrimiento de que estábamos en un error, y que un grupo de españoles puede sentarse en torno a una mesa para entregarse a la apasionante aventura de una muy británica «discussion», con serenidad y en atenta escucha. Porque lo vi, puedo contarlo y quizá hasta cumpla mi deber haciéndolo.

Las paradojas del sistema hicieron que un salón alquilado de un lujoso hotel de cinco estrellas fuera el marco de la historia que provocó las reflexiones que anteceden. Para discutir sobre «la huelgan, profesores, empresarios, dirigentes sindicales, trabajadores, periodistas y curiosos se reúnen, bajo la bandera del grupo «Nueva Generación». En la presidencia, con el moderador, los tres ponentes escogidos por la organización: Luis Enrique de la Villa es !a voz de los especialistas de la Universidad. Habla con una precisión que asombra, con una seguridad que apabulla; sus argumentaciones son frías, coherentes y académicas, pero la intensidad del tono traiciona la pasión y la fe, Rodolfo Martin Villa representaba, hoy desde fuera, el sindicalismo oficial. Su argumentación, convincente y fundamentada, se hace más entrañable cuando asume con orgullo su pasada gestión pública y su defensa de la organización sindical resulta sincera, sentida y esperanzada. Víctor Martínez Conde aporta la perspectiva de un movimiento obrero que trata de deslindar nítidamente de cualquier fórmula sindical, nacional o foránea, y aborda el fenómeno de la huelga con rigor, metódicamente. Y hace sus criticas con una tristeza, desencantada y escéptica, en la que no hay siquiera un gramo de acritud.

Los espectadores respiran hondo. Porque el debate, en el que se pone en tela de juicio la capacidad de las actuales estructuras jundico-políticas españolas para incorporar la huelga —la necesidad de cuya regulación legal me atrevo a pensar coinciden en recomendar todos— es, a lo largo de más de dos horas, un sorprendente ejercicio de las mejores virtudes dialogantes, ¡y las posturas son irreconciliables! ¿Cómo podría pensarse de otro modo si la palabra pasa en vertiginosa sucesión de´ un conocido capitalista a un presidente de un sindicato nacional, y de éste a un dirigente obrero de antigua militancia, y de éste a un líder del cristianismo «hoacista», y a un procurador en Cortes por los empresarios, y a un enlace

de banca expedientado y...? Durante dos horas y media los espectadores oyen, callan y se asombran más allá de cuanto hubieran podido imaginar. Por lo menos a quien firma le ocurre asi.

Porque están sucediendo maravillas. Voces de procedencia y orígenes tan diversos suenan sin que se produzca la menor estridencia. Ni una sola acusación personal, ni un solo testimonio hiriente o molesto.

Ni revanchistas invocaciones a pasadas experiencias, ni referencias terminantes a una normativa legal que podría descalificar determinadas posiciones. Dos horas y media —¡milagro!— en las que una docena de españoles discute un tema vivo, delicado, polémico, de la actual realidad española en un tono constructivo, en un clima ordenado, en medio del respeto más completo y absoluto para la opinión del discrepante. Y quizá de la discusión no sale la luz —que dos horas no cambian ideas meditadas a lo largo de años de estudios y vivencias—; pero cuando al terminar unos y otros se estrechan la mano y reconocen la actitud constructiva del opositor, y se dan la enhorabuena, el espectador está muy cerca de un exultante optimismo que desea comunicar a los demás.

Por esto, lo sé muy bien, seguramente me van a tachar de ingenuo, y me dirán, con toda la razón del mundo, que ésta no es la primera vez —aunque a mí me parezca diferente de otras—, que unos momentos de conversación cortés nada significan mientras subsistan posturas diametralmente opuestas de las que ninguno de mis admirados coloquiantes del salón del hotel de lujo se va a apear por complacer mi casi estúpida ingenuidad. Pero a uno le testa con el hecho mismo del diálogo. Con la sensatez de la autoridad gubernativa que autorizó el acto; con la admirable capacidad de soportar duras críticas que demuestran los hombres de los sindicatos desde la seguridad y la fe; con la moderada mesura de los dirigentes obreros; con el eco de la convocatoria del grupo organizador. Porque las palabras y las actitudes terminan por comprometer los comportamientos, y aunque uno cualquiera de los dialogantes se hubiera sentado a la mesa con todas las reservas, sin voluntad de atender y de escuchar, perlas palabras dichas, por su presencia, por e! carácter público del acto, habría de algún modo comprometido su fe en la utilidad del diálogo.

En el hall del hotel de lujo, algunos, como yo, comparten una extraña y pocas veces sentida satisfacción.

Los españoles servimos para dialogar! En este país de temperamentos maximalistas cabe la conversación y hay sitio para el respeto y la tolerancia. Y estos, y otros ejercicios análogos de educada y civilizada convivencia, son, me parece, a escala pequeña y seguramente nada trascendental, una de las vías por las que tendremos que empezar a caminar. Y como soñar es libre, yo pensaba: el día que la televisión dé en directo un acto semejante al de esta noche, España habrá dado un paso de gigante hacia ese esperanzador futuro, que abrió sus puertas de par en par el pasado 12 de febrero.

 

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