Autor: Terán Troyano, Manuel de. 
   La revolución educativa     
 
 Informaciones.    11/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA

Por Manuel DE TERAN TROYANO

VIVIMOS en un momento en el que, aunque invadidos por una sensación de cambio general, carecemos

del horizonte necesario para sabernos algo más que víctimas y agentes al propio tiempo, de "una sociedad

en transición» (A. Barrera de Dirimo, 1971). Víctimas y al propio tiempo agentes del cambio; dos

conceptos interesantes y precisos. Víctimas, porque el cambio experimentado por el mundo y por nuestra

sociedad circundante nos ha roto el sosiego y la estabilidad que produce vivir en y para lo conocido, nos

ha destruido el sólido y estable basamento de las tradiciones, de las costumbres, de las ideas aceptadas por

todos y nos ha situado en un marco cambiante del que no entendemos todo lo que ocurre ni sabemos

claramente hacía dónde va. Agentes, porque con nuestro pensamiento y con nuestra acción podemos

contribuir a la creación y al advenimiento de nuevas perspectivas para la Humanidad; por primera vez en

la Historia, el hombre se puede encontrar protagonista de su propio futuro.

La dinámica de nuestra sociedad no sólo nos ha demostrado que el cambio es posible, sino que nos ha

habituado a él y en muchas ocasiones nos hace apetecerlo y desearlo; impulsados por la impaciencia

quisiéramos ver cumplida y rematada una serle de etapas y poder asistir al nacimiento de otras nuevas,

más justas, más adecuadas, más acordes con la realidad en que vivimos y que viniesen a sustituir a las

anteriores. En esta situación estamos siempre tentados de afirmar finales de «tapas y de vaticinar y

profetizar sobre otras nuevas; el vaticinio y la profecía del cambio es una tentación muy frecuente en

nuestro tiempo.

Sin embargo, no es temerario ni osado, puesto que de todos es conocido, afirmar que estamos asistiendo

al final y en muchos casos estamos ya en el comienzo, de nuevas; etapas, en situaciones que nada llenen

que ver con el pasado y que no son comprensibles ni pueden afrontarse sobre la base de lo precedente.

Este es el caso, entre otros muchos, de un tema tan importante para el mundo de hoy y para el del futuro

como es la educación.

En el ultimo decenio en casi todo el mundo, y en los últimos cuatro años en nuestro país, la educación, el

propio concepto de educación, la significación de la palabra educación, ha sufrido una honda y

profundísima transformación. La educación, definida tradicionalmente como la «acción y efecto de

desarrollar o perfeccionar las facultades y aptitudes (del niño o adolescente) para su perfecta formación

adulta» ha sido concebida tradicionalmente como algo abstracto, intemporal, y ha estado cargada de

reminiscencias humanísticas, aludiendo siempre a los más elevados aspectos intelectuales y espirituales

del hombre, e impregnada siempre dé raices filosóficas que sugieren su condición estática y perenne.

Pero la educación es, ante todo y por encima de toda consideración teórica, un fenómeno incrustado,

modelado y conformado por la realidad temporal y social en que se desenvuelve. La educación es hoy un

fenómeno filosófico y humanístico, pero es también un fenómeno político, social, económico y técnico,

que ha irrumpido y se extiende con enorme y trascendental fuerza en nuestro mundo, afectando tanto al

individuo aislado como a las sociedades parciales y a la Humanidad en total.

En un momento determinado de la historia de la Humanidad se produjo un acontecimiento que

revolucionó las bases sotare las que se asentaban las sociedades de aquella época al transformar las

condiciones de trabajo, de vida e incluso las ideas de millones de individuos; fue la «revolución

industrial», que ha marcado un hito y una época en la Historia. Y continúa teniendo tanta incidencia

que actualmente constituye un índice de la evolución y desarrollo alcanzado por las diversas sociedades al

referirse a sociedades industriales, postindustriales, países industrializados, etc.-Nadie trata hoy de definir

y de profundizar filosóficamente en el concepto de «industria»; todos sabemos lo que es; es una realidad

que está ahi, que nos rodea y envuelve, que sé acepta o se rechaza, pero que en cualquier caso se vive con

ella, de ella y en muchos casos para ella.

Pues bien, observando nuestra evolución y lo que está ocurriendo en sociedades próximas a la nuestra no

es arriesgado afirmar que se está acercando algo parecido a la «revolución educativa», que si bien no

afectará, al menos directamente, a la transformación de la materialidad de los modos de vida, llegará a

afectar a los comportamientos y actitudes de los individuos y de las sociedades.

La educación ha dejado de ser patrimonio de minorías para convertirse en un bien común al que tiene

derecho y aspira toda la sociedad; la educación ha dejado de ser el proceso ordenado en virtud del cual las

generaciones adultas imponen de una manera formal, intencionada y sistematizada sus formas,

costumbres y saberes a las generaciones más jóvenes; la educación ha dejado de ser un proceso artesanal

hecho por unos pocos muy cualificados para ser consumido por otros pocos llamados a ser también muy

cualificados; la educación ha dejado de ser diletante y no comprometida para convertirse en un servicio a

la sociedad.

La educación es y será cada vez más un proceso semejante al industrial que absorbe y absorberá un

número grande y creciente de individuos en las distintas facetas que requiere el proceso (docentes,

alumnos, asesores administrativos, servicios, etc.) y que contará con organizaciones tan complejas e

incluso más que las actuales organizaciones industriales, a las que se exigirá una productividad y unos

rendimientos, en las que los individuos que en ellas trabajen estarán obligados a dar una calidad y unos

rendimientos controlables semejantes a los que ya existen en otras actividades de la vida moderna.

La educación se configura hoy como una gran actividad pública relacionada y condicionada por los

diferentes tipos de actividad del país: finanzas, ocupaciones futuras, necesidades de mano de obra,

expectativas sociales, etcétera.

De ahí que haya dejado de ser del dominio exclusivo de los pedagogos y de los filósofos y se haya

convertido en tema de estudio de muy diversas disciplinas, enriqueciéndose como ciencia y como

actividad práctica por la Incidencia de los políticos, de los economistas, de los sociólogos, de los

administradores, de los hombres de negocios, que aportan nuevas perspectivas y nuevas soluciones.

Podría hablarse en este momento de un nuevo florecimiento de la ciencia de la educación como estudio

del hombre y como un aglutinante de un gran número de ramas del saber.

El «hombre educado», las «sociedades educadas» que han de establecerse después de la «revolución

educativa», o quizá mejor de la «evolución educativa» que ha de sufrir la Humanidad van a significar un

nuevo auto-concepto del hombre, al permitirle situarse como centro de su propia evolución.

Los cambios que han de producirse mal podemos concebirlos con referencia a la educación que

conocimos en nuestra niñez y juventud y con relación a los esquemas en que aquélla se -desarrolló. Sobre

esa base precedente no es posible construir el compromiso con la educación, como responsabilidad

colectiva de las sociedades, que nos exige la civilización moderna.

 

< Volver