Autor: González de Cardenal, Olegario. 
   La otra alternativa de la enseñanza     
 
 Vida Nueva.    26/04/1976.  Página: 23-30. Páginas: 8. Párrafos: 89. 

OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDENAL

LA OTRA ALTERNATIVA DE LA ENSEÑANZA

Las páginas siguientes ofrecen un intento de diferenciación y análisis teológico de la enseñanza, en la

medida en que en ella queda afectada la misión evangelizadora de la iglesia, y a su vez esa iglesia

inevitablemente se convierte por la enseñanza en un factor político de primera magnitud. Ella ni puede ni

debe solucionar el problema de la enseñanza en España; sin embargo de hecho es evidente que de su

actitud lúcida y generosa dependerá en parte que se resuelva bien o mal. Y esto es muy grave.

Nosotros nos centramos en el primer aspecto, porque la iglesia sólo se orienta a sí misma legítimamente si

mira a sus funciones específicas y desde ahí proyecta y mide las repercusiones social-políticas.

Entregamos nuestra reflexión al lector con el deseo de clarificar y de orientar, esperando que se afronte la

situación real con criterios teológicos y con realismo político a un tiempo, sin identificarlos pero sin

separarlos. Otras plumas tratarán este segundo aspecto. Nosotros conscientes de nuestras limitaciones e

incompetencia nos limitamos aquí al primero. Pocas veces es tan necesario decir como ahora que se trata

de una "simple opinión" en !a esperanza de que no sea una opinión simple. Sólo queremos dar que pensar

al lector, complicando quizá las cosas. Cuando haya pensado, sea él quien decida.

Lo que se intenta aquí no es en medida alguna hacer un enjuiciamiento de nuestro pasado inmediato —

quede claro que si se habla de él es exclusivamente en la medida en que está determinando consciente o

inconscientemente el presente—, sino la iluminación de las tareas abiertas para el futuro inmediato.

SUMARIO

Introducción

i. DISCERNIMIENTO DE LOS DIVERSOS PROBLEMAS IMPLICADOS

1. La enseñanza problema múltiple: social, político, religioso.

2. El problema en su vertiente religiosa.

3. Conexión entre la perspectiva religiosa y la juridico-politica.

4. Naturaleza y finalidad de esta alternativa.

II. ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN ACTUAL

1.. La triple lectura posible de la acción de la Iglesia en este orden.

2. Cuéstionamiento de esta presencia de la Iglesia desde el exterior de ella.

3. Autocrítica nacida de los propios sectores de la iglesia implicados en instituciones docentes

propias.

4. Interrogante final.

III. NUESTRA ALTERNATIVA: CRITERIOS, CONTENIDOS, CAUCES.

1. Criterios teológicos para una reorientación

2. La referencia a, (a historia actual como criterio inmediato.

3. La primacía conferida por la Iglesia a la mediación: enseñanza-colegió.

4. El imperativo nuevo y sus contenidos.

5. Propuestas concretas para el futuro o acciones posibles en el entretiempo.

IV. CONSECUENCIAS DE ESTA ALTERNATIVA PARA LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD

1. Presupuestos de este proyecto utópico.

2. Relación con otros proyectos posibles.

3. El necesario distanciamiento del Estado y otras distancias no menos necesarias.

4. La autocrítica como condición de ta critica al prójimo.

V. RELECTURA CRITICA DE OTRA ALTERNATIVA

1- Apreciación general.

2. Aspectos positivos.

3. Aspectos problemáticos o menos claros.

4. La verdadera raíz de ta discordia.

De los cinco capítulos de oue consta el presente trabajo —según índice adjunto— publicitamos

hoy los tres primeros: los dos ultimo?, aparecerán en el próximo número de VIDA NUEVA.

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I. DISCERNIMIENTO DE LOS DIVERSOS PROBLEMAS IMPLICADOS

1. La enseñanza, problema múltiple: social, político, religioso

La enseñanza en el mundo contemporáneo es un problema múltiple: un problema social, porque en la

escuela está la juventud, y por ello de su configuración depende el futuro .de un pueblo; un problema

político, porque hoy día la relación entre conocimiento y acción es de efecto inmediato por lo cual quien

tiene el saber tiene el poder; un problema religioso porque la fe tiene que crecer, surgir y madurar en una

referencia comprehensiva y crítica respecto de la realidad total, y de hecho la comprehensión o acceso del

hombre a lo real, lo histórico y lo humano, se da de hecho hoy día en la escuela.

Dada la complejidad de este problema de la enseñanza cualquier proyecto que quiera pensarla a fondo

presupone un modelo de hombre y deriva de un modelo global de sociedad. Modelos de hombre y de

sociedad que no provienen exclusivamente de un análisis técnico-científico de lo real sino de unas

opciones fundamentales de sentido ante la existencia, opciones que derivan de la libertad y arraigan en la

actitud última de la persona frente a la historia y al destino humanos, en cuanto unidad y totalidad que

desbordan el análisis de cada una de las ciencias experimentales.

Distinguir estos tres planos es una primera exigencia. Distinguir, digo, porque difícilmente se les podrá

separar. En ningún caso, sin embargo, es legítimo mezclar los criterios y motivos que pueden ser

determinantes en un plano, con los que pueden ser determinantes en los otros. También aquí distinguir

para unir es una exigencia previa.

2. El problema en su vertiente religiosa

Pretendemos a continuación analizar el problema en perspectiva religiosa, pero situándolo dentro del

marco social y político concreto de una sociedad, que se defina a sí misma como democrática —sin tal

presupuesto todo lo siguiente carece de base—, es decir que no acepte ninguna autoridad impuesta por la

violencia de ningún orden sino que se dé a sí misma su propia configuración y elija a los hombres que

hayan de regirla, encarnando en los diversos órdenes la voluntad que ella ha manifestado. Esto supuesto

.hay que distinguir a su vez los diversos aspectos particulares en que puede irse presentando este

problema a la iglesia. El ejercicio de los derechos de los hombres creyentes dentro de una sociedad

democrática tiene diversos planos y fases; no todos tienen la misma importancia. Por ello la reacción de la

iglesia irá siendo distinta, si se van dando o no dando las siguientes posibilidades:

a) Libertad para enseñar la religión en general por parte de la iglesia a sus miembros o a aquellos

que sin serlo quieran informarse respecto de ella; y esto tanto en los centros propios como en los

centros ajenos ofrecidos para tal fin.

b) Libertad para enseñar la religión dentro de los marcos escolares públicos, con obligatoriedad

para todos como acontece actualmente o bien dejándolo a la libre opción de los padres de los alumnos,

o de estos si han alcanzado determinada edad. —Es evidente que aquella obligatoriedad deberá cesar,

en la misma medida que una confesionalidad dogmática del Estado—.

c) Libertad para crear instituciones docentes propias de la iglesia en cuanto tal o de grupos

menores que ella reconoce como suyos, donde se impartan todos los saberes, que prevén los planes

oficiales de estudio pero teniendo a la vez un carácter confesional; donde por tanto se enseña la

religión y donde todas las explicaciones son coherentes con las exigencias fundamentales de la fe.

d) Aceptación de toda libertad religiosa y consiguientemente de la presencia en los tres números

anteriores de una "fe" distinta de la católica o de la cristiana. Todas deberían tener el mismo estatuto

jurídico ya que el Estado no hace juicios dogmáticos de verdad sino constataciones históricas de

hecho.

3. Conexión entre la perspectiva religiosa y la jurídico-política

La perspectiva religiosa del problema se trenza inevitablemente y es de hecho inseparable de la

perspectiva jurídico-política, ya que difícilmente son realizables los derechos y deberes de la persona en

el orden religioso, si no son realizables los derechos y ´deberes fundamentales de todo orden, dentro de un

marco democrático. Es necesario por tanto clarificar previamente las siguientes cuestiones, que aquí nos

contentamos con enumerar:

a) Significación de la escuela para la sociedad; función que aquella cumple o no cumple respecto de esta;

relación entre escuela y clases sociales; determinación de aquélla por éstas.

b) Responsabilidad del Estado frente a la enseñanza: naturaleza, extensión y límites.

c) La enseñanza como servicio público. Sujetos que pueden cumplir esa función. Siendo la educación

un derecho y un deber primordial de cada persona, en qué medida es a su vez un derecho y un

deber del Estado. En qué medida pueden realizar ese servicio el Estado, la sociedad, los grupos

intermedios, cada individuo.

d) El Estado: ¿dueño, gerente, o garante de la enseñanza, es decir de la educación y dé la

investigación en un país? La enseñanza se hace posible por la contribución de los ciudadanos. Por tanto

debe responder a sus proyectos de humanidad, proyectos generales democráticamente manifestados, y

desde los que se determinan los proyectos concretos ´de hombre y de educación que deben presidir

y orientar en concreto las instituciones docentes.

e) Lugar y función de los grupos intermedios: locales, profesionales, ideológicos dentro de la

sociedad, y por consiguiente su presencia en la gestión de la enseñanza, a fin de que la sociedad sea

un proyecto colectivo con sentido y no la mera aglomeración tecnocrátíca de producentes y consúmenles,

o una masa regida por la voluntad de una oligarquía pensante o de un dictador imperante.

f) Función, es decir, autoridad, responsabilidad y libertad de los padres ante la enseñanza y educación

de sus hijos. Órganos e instituciones a través de los cuales el pueblo manifiesta su opinión respecto de

estos problemas; pueblo y padres frente a los cuales el gobierno es realizador de una voluntad y garante

de unos propósitos públicamente manifestados.

4. Naturaleza y finalidad de esta alternativa

Ante semejante elenco de problemas, ¿dónde se sitúa la aportación que quieren hacer estas páginas? Son

una reflexión de carácter previo y de naturaleza teológica; nacen de la conciencia propia de la iglesia

como comunidad de salvación, que intenta ofrecerla a todos mediante palabras, acciones, y promesas

verdaderas. Comunidad que va intentando encarnar el sentido, que des.de su fe vive, y que lo ofrece en

instituciones que sirven de puente o mediación de esa fe para los hombres en un contexto social y cultural

determinados. Esas encarnaciones o mediaciones son indispensables, ´pero están históricamente

condicionadas y 24 (1284) han de ser revisadas siempre críticamente para ver si cumplen de hecho la

función para la que nacieron, para ver si conservan su transparencia hacia el evangelio o si por el

contrario se han tornado opacas o incluso refractarias a ese evangelio, ínvirtiéndo-se en su negación.

Los destinatarios son por consiguiente los miembros de la iglesia, y aquellos que quieran orientarse a la

luz de ella. Esto supuesto queremos hacer:

a) Una reflexión fundamental sobre la situación y acción de la iglesia española en la enseñanza,

cuando ésta presencia se concreta en la posesión y dirección de obras propias. Sería necesario determinar

con estadísticas cuál ha sido su presencia relativa frente a la enseñanza oficial hasta ahora; cuál es hoy; y

finalmente qué tanto por ciento de la llamada "enseñanza privada" es protagonizada por otros grupos

que nada tienen que ver con la iglesia, que deberán afrontar su situación y sus problemas por sí

mismos, sin que ta iglesia pueda ni deba hablar por todos.

b) Una reflexión a la vez sobre en qué medida esa presencia masiva de sacerdotes, religiosos y

religiosas en la enseñanza, mediante instituciones propias en las que se ejerce una autoridad total y un

control doctrinal sigue siendo hoy un medio, no sólo teóricamente legítimo, sino históricamente el

más válido en la situación concreta de nuestro pais para hacer presente hoy una fe como mensaje de

libertad, de justicia, de esperanza y de fraternidad.

c) Una reflexión en tercer lugar sobre las nuevas posibilidades de realizar una presencia en otros

campos de la sociedad, mediante formas de existencia y de acción que mostrasen más creíblemente

esa fe como buena nueva de salvación a Ja vez que como una palabra de verdad, y en cierto sentido

de real eficacia. Finalmente nos preguntaremos qué condiciones históricas o jurídicas han de

darse para que la presencia de la iglesia en ¡as instituciones docentes sea sentida como una ayuda y una

positiva aportación y no como un negocio, una forma de poder indirecto querido por sí mismo, o como

una forma de control ideológico de la sociedad y de la política en favor de sus personas o de sus obras.

Sencillamente nos preguntaremos cómo puede estar la iglesia en la enseñanza acreditando el evangelio

como buena nueva del Dios viviente y de Jesús Resucitado, sirviendo de verdad a los hombres y con ello

verificándose a sí misma como iglesia. Cualquier otra perspectiva que ignore o silencie ésta, por más

eficaz y revolucionaria que parezca, es teológicamente ilegítima.

En adelante al hablar de la "iglesia", estamos pensando en ella como comunidad e institución religiosa,

oficialmente reconocida y aceptada en la medida en que sus representantes oficiales, los obispos, acepten

como obras propias o como dependiendo de ellos determinadas instituciones docentes. No nos referimos

ahora a los grupos de cristianos actuando libremente, que integrándose en los marcos legales y siendo

reconocidos como grupos de ciudadanos legítimamente asociados, pueden proyectar sus instituciones

desde unos criterios cristianos puestos en común. Para estos casos valen las reglas generales sobre

agrupación y asociación pu¡ un lado, y por el otro las reglas generales de vida y comportamiento cristiano

en el orden público: que el nombre de Dios sea realmente proclamado y el evangelio vivido ante los

hombres, para que estos al ver tales obras puedan reconocer a Dios en la fe o identificarse a sí mismos en

la increencia.

II. ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN ACTUAL

1. La triple lectura posible de la acción de la iglesia en este orden

La iglesia española ha estado presente de forma masiva en la enseñanza durante los últimos cuarenta

años. Este hecho que hasta el momento nos ha parecido evidente en su significación y que nadie ha

cuestionado explícitamente puede ser ahora leído, y de hecho lo está siendo, con una triple clave:

a) Haber cumplido un gran servicio para con el pueblo español, transmitiéndole la fe a la vez que una

formación cultural, y por consiguiente dándole la posibilidad de comprender y vivir la realidad en

la perspectiva creyente.

b) Haber ocupado de forma casi total el campo de la educación mediante instituciones propias

de enseñanza, convirtiéndolas en una forma de poder e influencia públicas, habiendo servido

en una forma directa o indirecta de apoyo moral, fundamentación teórica o legitimación ética a un

régimen nacido de una guerra civil, caracterizado por formas dictatoriales, con marcado apoyo

capitalista, y durante cuya permanencia han seguido en la pobreza amplios sectores de la

población. Para quienes hacen esta lectura, la resultante sería que la iglesia habría enturbiado la fe

haciéndola cumplir el papel de fuerza social dominante, con un marcado carácter dogmático-autoritario,

donde la caridad parecía quedar silenciada, cuando estaban en juego los aspectos doctrinales. La cordial

armonía y el mutuo apoyo de Iglesia-Estado serían uno de los aspectos más problemáticos de este

período. Esta segunda lectura si bien es un tanto nueva a nivel de opinión pública, no nos debe extrañar si

consideramos que la Iglesia en cuanto comunidad religiosa ha sido el único grupo social que ha tenido

vigencia ideológica pública, libertad de expresión y asociación. Y la pregunta inevitable es ésta: ¿ha

utilizado esta situación de privilegio primordial para su afirmación y afianzamiento o para crear más

valores, proclamar más derechos, postular más justicia y esperanza para todos los grupos religiosos y

sociales del país?

c) Hay sin embargo otra perspectiva o clave de lectura compartida por no pocas personas* de la iglesia,

sobre todo por aquellas que mantienen viva la experiencia de la guerra y sobre todo de los años

inmediatamente anteriores a ella. Para estas personas la imagen que los medios oficiales de información

han dado sobre las relaciones Iglesia-Estado sería en no pequeña parte falsa. El gobierno de Franco no

habría aceptado a la iglesia por motivos religiosos, sino por motivos estrictamente tácticos. Su voz fue

silenciada ya desde el mismo inicio de la postguerra, cuando Franco prohibe la carta pastoral del Cardenal

Goma; ha mantenido su real distancia respecto de ella hasta los años tíel primer referendum, es decir

hasta el momento del cerco internacional, en que el apoyo moral de la iglesia era decisivo. En ese instante

el gobierno habría accedido a cultivar y a apoyar el catolicismo como condición indispensable de su

perduración. Y es el instante en ´que se comienza a hacer teoría sobre ello, teoría que va a culminar en el

llamado "nacionalcatolicismo", que logrará una de sus bases principales en el concordato de 1953. A

partir de este instante todo va a orientarse para hacer creer al pueblo el mito de la total concordia entre

Iglesia-Estado.

Por dentro las cosas habrían sido sin embargo muy distintas: todo este giro, siendo de carácter táctico-

político, no habría cambiado nada el fondo de la situación anterior. Los instintos laicistas y anticlericales

del siglo XIX y de los años de la República perdurarían íntegros e íntegramente eficaces. A la iglesia se la

toleró porque no había más remedio, pero en el fondo desde la convicción de que su marginación de la

enseñanza hubiera sido 25 (1285) un ideal. La enseñanza privada, nacida y sostenida por los propios

esfuerzos, sólo al fina) logró tener una ayuda bajo la forma vergonzante de las subvenciones. El apoyo

por parte del Estado fiíé lo suficiente como para que su muerte no constituyese un escándalo en la católica

España, pero tan exiguo como para que su perduración fuese ineficaz.

En el fondo, piensan quienes leen los hechos con esta clave, habría perdurado la España laica conocida de

los gobiernos del siglo XIX, tolerante con la iglesia cuando no había más remedio. Esa España es la que

estaría reapareciendo ahora. Por ello cualquier condescendencia con los nuevos proyectos sería fruto de

una ingenuidad política. La experiencia de países socialistas del otro lado del telón de acero les hace

imposible pensar una fase de diálogo y de colaboración con determinadas alternativas de la enseñanza,

porque saben que cuando está en juego la vida y la muerte, no se puede jugar. No es que estos hombres

reclamen ni menos apoyen la escuela clasista ni un sindicato de la enseñanza similar al que ahora agrupa

a los religiosos. Creen una gravísima responsabilidad cívica el postular una configuración democrática del

país y el oponerse a una nueva forma totalitaria que bajo capa de socialización pudiera ser la gran

amenaza del país.

Por ello considerarían una injusticia el postular una retirada de los colegios de la iglesia; injusticia contra

los hombres y mujeres que han promovido cientos de miles de niños de las clases bajas y pobres, a

quienes ahora alegremente se les invitaría a recoger velas, cuando en realidad ellos habrían sido los que

frente a tanta elocuencia barata, habrían iniciado de hecho la socialización, los que habían hecho presente

la fe en la escuela. Estas personas están a su vez convencidas tíe que exilar la fe de la escuela, es exilarla

del país. Y reclaman la permanente presencia de esos marcos abiertos a tal enseñanza pues de lo contrario

se sentirían silenciados y esclavizados en su personal identidad como ciudadanos y como creyentes.

De estas tres actitudes o enjuiciamientos de nuestro pasado inmediato depende su juicio sobre el presente.

2. Cuestionamiento de esta presencia de la iglesia desde el exterior de ella

La estrecha conexión de la iglesia española con el régimen de Franco •—pese a las tensiones en el origen

y a los graves choques del final, tal conexión ha sido percibida como muy estrecha por la mayoría de los

españoles— hizo poco fáciles las criticas 26 (1286) a aquella durante la vida de éste. La dificultad de

discernir las cuestiones y el convencimiento de que tocar el tema de la enseñanza desencadenaba

instantáneamente otros temas vidriosos, que rememoraban todos los demonios sueltos en tiempos de la

República, . llevó a casi todos a silenciar el problema y a no realizar un ataque directo contra la iglesia en

ese terreno. Todo parecía hacer pensar que la iglesia y la sociedad entera estaban concordes y

convencidas de que la presencia y acción de aquella en el campo de la enseñanza eran un limpio,

inequívoco y perdurable servicio a todo el país.

La desaparición de Franco ha desencadenado un proceso de reflexión y de análisis de todos los elementos

que de manera directa o indirecta colaboraron a los cuarenta años de franquismo; con ello un proceso de

distanciamiento respecto de esos decenios y de sus elementos constituyentes, de afirmación de posturas

nuevas, de esclarecimiento de determinados hechos, y de aportación de estadístícas silenciadas hasta

ahora. Todo ello ce convierte primero en un cuestionamiento y finalmente en un acoso para la iglesia. No

hacemos aquí una crítica de su conexión con el régimen de Franco, de su legitimidad teórica o de su

viabilidad histórica. Simplemente hacemos notar que nada tiene de extraño que al acabarse la era de

Franco y al entrar en crisis muchos de sus elementos esa crítica salpique a la iglesia que de hecho ha

estado muy cercana, cuando no identificada con él. Aceptar los hechos y aceptar la crítica, aun cuando

luego se (a someta a una ulterior revisión, es un presupuesto para enfocar objetivamente las metas y

caminos para la nueva etapa de la iglesia en España.

3. Autocrítica nacida de los propios sectores de la iglesia implicados en instituciones docentes propias

A pesar del enorme influjo en muchos sectores de la población, de la transmisión de la fe a cientos de

miles de alumnos y de la repercusión pública de las opciones religiosas, parece que la acción de la iglesia

en ese campo, por la forma en que se ha realizado a veces; por los frutos de fe que ha logrado si tenemos

en cuenta los miles de personas dedicadas; por el marco político no democrático y centralista en que se ha

llevado a cabo (que al no aceptar a los grupos intermedios como gestores remunerados de un servicio

público, no financiando toda la enseñanza, obligó de hecho a la iglesia a vivir dedicada a quienes podían

pagar y finalmente a supervivir mediante el vejatorio sistema de subvenciones); por la simultánea

exclusión de otros grupos ideológicos; por los sujetos, es decir, las clases sociales que de hecho se

beneficiaron de esas instituciones» de la iglesia: por estas razones, y otras menores, esa presencia de la

iglesia comenzó en un primer momento a ser sentida como ambigua, en un segundo momento como

históricamente inviable y ya al final como teóricamente ilegítima, si no cambia de raíz sus presupuestos y

su encuadramiento en la vida social y política del país.

Muchos consideran que la iglesia se ha servido en exceso de la educación como trampolín de su

influencia en los grupos de poder; que ha dejado la ciencia y el poder en las manos de los poderosos que

ya lo tenían; que ha influenciado ideológicamente por ese cauce al país; y que bajo capa de libertad de

elección de los padres se han afirmado los derechos reales de los que ya los poseían sin percatarse de la

marginación, incapacidad y subdesarrollo del resto. —Fue una tragedia el que una actitud centralista o

malevolente anulase los proyectos de creación de filiales, que fueron una ocasión espléndida para dar

cauce a la vitalidad de tantos grupos que se situaron .en los barrios pobres, en las zonas subdesarrolladas

y en las rurales alejadas de centros de la población—.

A quienes hacen esta crítica desde dentro les duele profundamente el que otros grupos hayan podido

levantar la bandera de la socialización de la enseñanza y hayan denostado a la iglesia como su gran

enemigo en este orden. Se preguntan qué sentido tiene el que los religiosos de la enseñanza aparezcan

bajo la titulación de "empresarios", cual si fuera un negocio, convirtiéndose con ello en blanco de todos

los ataques, cuando muchos de esos religiosos tienen que suplir con su esfuerzo y su renuncia económica

lo que se debe pagar al personal administrativo y docente seglar. Y no menos se preguntan qué presencia

y decisión ha ido teniendo el episcopado en todas las directrices que se tomaron en este campo, incluida la

decisión de convertirse en "sindicato de la enseñanza".

En situaciones psicológicas límite llegaron a pensar que seguir en las instituciones, tal como hablan

perdurado hasta ahora, era ponerse en contradicción con elementos esenciales de su vocación religiosa,

qué aproximadamente podríamos centrar en el triple objetivo: "Servir a los pobres —anunciándoles, a

través de todas las enseñanzas y de la iniciación explícita religiosa, el Evangelio como mensaje

de salvación y de libertad para toaos—, y de esta forma realizar su propio proyecto humano, cumpliendo

un servicio de ciudadanía y ganándose un respeto de la sociedad en que tal servicio se realiza."

Constataban que el logro de estos tres objetivos, si teóricamente era posible, de hecho en gran número de

casos no se daba, y ello independientemente de la intención de los propíos superiores, ya que era el marco

jurídico-social el que les iba poniendo en choque con su propia vocación.

a) Creen no haber servido a los pobres sino a los ricos, puesto que de hecho el gran porcentaje de

alumnos de los colegios provenía de clases medias y altas, y si es verdad que se hacían esfuerzos

enormes por integrar mediante becas o mediante dispensa de cuotas a alumnos provenientes de otras

capas sociales, esa presencia no siempre iba envuelta en la necesaria dignidad propia de toda persona.

No obstante, aquí es necesario matizar, ya que junto a estos "colegios de la Iglesia", ha existido otra

serie de instituciones de esa misma Iglesia que de hecho han sido el único cauce institucional amplio y

eficaz a través del cual se han integrado a la cultura el mundo rural, el mundo suburbano y el proletariado

en general. Sería necesario igualmente recalcar la presencia de la Iglesia en id formación profesional, en

la cual ha estado presente de manera muy eficaz con anterioridad a la acción del Estado en los últimos

años.

b) Creen que el fruto de fe resultante de esa presencia masiva no ha sido equivalente al fruto que se

hubiera logrado si se hubiesen dedicado a una educación explícita de -la fe en otros marcos, escolares y

extraescolares, como pudieran haber sido organizaciones de acción católica, acciones parroquiales,

creación de catecumenados y de escuelas catequéticas, animación de grupos de concienciación

social. Por otro lado la realidad concreta de los colegios les despertaba una serie de interrogantes.

¿Por qué se envían los hijos a tales colegios: porque ofrecen una enseñanza mejor técnicamente

considerada, porque dan a los padres tranquilidad de conciencia al "saber que sus hijos están siempre

protegidos, porque allí encuentran una buena educación en la fe, o porque constituyen una manera

indirecta de afirmación, segregación y futuro encauzamiento social?

c) Creen que en tales instituciones no se ha tenido una conciencia suficientemente lúcida y sensible a las

exigencias profundas del Evangelio como mensaje de libertad. Sufren al pensar que casi todos los

cargos políticos, profesionales, técnicos y administrativos de los últimos años se hayan formado en

colegios religiosos. Y sufren al pensar que de esos grupos apenas haya venido algún cuestionamiento

crítico de los aspectos del Régimen que no parecían fácilmente conciliables con las exigencias cristianas,

y que finalmente cuando tales hombres se han distanciado de la situación política establecida, se hayan

sentido necesitados a distanciarse también de la Iglesia. ¿No es verdad que la oposición ha surgido casi

siempre de grupos políticos, motivados por otras premisas éticas o ideológicas, y que los grupos cristianos

que se han adherido a ella, pensaban que oposición al Régimen de Franco significaba oposición a la

Iglesia y abandono de la fe?

A su vez, por el lado contrario, constatan que quienes están en el poder acusan a la Iglesia de un

distanciamiento ilegítimo, de un abandono táctico, es decir, de una desolidarización oportunista, hecho

que después de haber andado juntos tan largo camino, son considerados poco menos que una traición.

Finalmente, se sufre por una especie de deshonoración pública en determinados sectores que acusan y

perdonan la vida: humillación que no pocas veces proviene de aquellos a quienes formamos, que se

aprovecharon de nuestro esfuerzo gratuitamente ofrecido y que ahora desde el poder o la riqueza miran

compasivamente las vidas gastadas por amor de Dios, sirviéndoles a ellos. Pero hay todavía otra más

dura, por más burda, humillación: los religiosos dedicados a la enseñanza son acusados de negociantes

como si fueran opuestos a la socialización, considerados como empresas de intereses financieros, que se

defienden furiosamente ante un posible cambio. Porque lo que ya nadie acepta es un sistema en que se

atienda a los ricos y luego también se dé limosna a los pobres. Eso no es ni humanamente legítimo, ni

cristianamente legitimable. Y a la luz de esto se preguntan: ¿Tiene sentido el haber creado instituciones

que fundamentalmente se han dedicado a educar a burgueses que casados con burguesas, van a engendrar

hijos a su imagen y semejanza y seguirán luchando para que la burguesía siga en el poder, sin que se

llegue a una real situación nueva, que no degenere diferencias e injusticias?

¿No es comprensible que ante una situación así sea para muchos psicológicamente necesaria una

aclaración radical del problema de la enseñanza y la búsqueda de un lugar nuevo en ella, y se postule una

nueva forma de sociedad que haga posible la cultura a todos, y que no instaure ya desde el primer banco

de la escuela los primeros gérmenes de la diferenciación y del enfriamiento de clases?

4. Interrogante final

Resultado de la situación anteriormente descrita es un cierto desconcierto, una desconfianza y duda

"generalizadas: ¿cómo seguir en una tarea pública, manteniendo unas formas y esquemas que nos crean

serias dudas respecto de si a través de ellas se vive realmente un servicio de real testimonio y amor a los

más pobres, y que cuesta a la vez un cierto vilipendio a nivel de conciencia pública? ¿Lo que está aquí a

debate es el Evangelio mismo en sus valores esenciales, que podría exigir de nosotros asumir esa dureza e

incluso el martirio en sus múltiples formas o es un medio históricamente determinado para realizarle en

una sociedad y por eso sustituible por otros medios más adaptados a las nuevas situaciones históricas? Y

sí es esto último, ¿se puede decir que en la España de 1976 la presencia masiva de la Iglesia en la

enseñanza, mediante colegios propios subvencionados por el Estado sea el medio ideal para transmitir la

fe, o sería más bien una posible entre muchas? ¿Y en el segundo caso no sería aconsejable buscar otras

formas de presencia que logren los mismos fines y que no encuentren tales y tantas dificultades?

Ai fina! de estas reflexiones, que hechas dolorosamente por rnuchas personas afectadas les ha llevado ,a

unas a la secularización, a otras a un choque con las autoridades de los grupos a los que pertenecen, y a

otras, finalmente, a un exilio interno, parece imponerse la convicción, si no teóricamente necesaria, sí al

menos necesaria en el orden histórico y psicológico: prolongar esta situación significaría una

autoaniquilación a nivel de las personas protagonistas de la enseñanza; querer defenderla ponerse en

contradicción con lo que el Evangelio es, defendiendo intereses de determinados grupos, que quizá sean

legítimos pero a los que la Iglesia en cuanto tal no puede ofrecer una defensa ni ellos reclamarla. El costo

real de la enseñanza por un lado, que obligaría a poner cuotas elevadísimas y la implícita convicción por

parte de la mayoría de los españoles de que la educación debe ser gratuita, llevará la doble consecuencia:

recluirnos en las capas privilegiadas de la sociedad, manteniendo unas instituciones que chocan primero

contra nuestra propia vocación, y segundo, contra toda la opinión púbica que a partir de la Ley General de

Educación exige enseñanza gratuita.

Es verdad que la raíz última del problema es de carácter social-político. Pero como no es tarea de la

Iglesia el crear una política, quiere decir que si de hecho ella no se, reorienta a la luz de las situaciones

realmente reales, y no de las ideales fingidas por el miedo o por la culpa, o bien hace psicológicamente

necesario a sus miembros el entregarse con armas y • collares a la acción política, para instaurar una

sociedad nueva en la que sean posibles tales servicios y tal testimonio evangélicos, o bien, prolongará la

situación presente, que terminaría por el desangre o la desilusión. Es una grave responsabilidad de los

obispos españoles el asumir con valor la situación, el tomar posturas claras a tiempo, el ofrecer criterios

para la acción pastoral y el evitar que cunda definitivamente el desaliento, la huida desilusionada y

amargada a obras y posiciones que serían un nuevo callejón sin salida. Sería gravísimo que abandonados

a la iniciativa individual tuvieran que resolver cada uno de los grupos religiosos un problema que les

desborda, si los obispos no son capaces de abordarlo a nivel nacional de una forma definitiva; ellos que

para bien o para mal son también responsables de la trayectoria que este problema ha tenido hasta el

presente y cuyas consecuencias hemos insinuado anteriormente. Lamentable a su vez que por falta de

perspicacia por un lado o de malevolencia por otro se fueran teniendo que asfixiar centenares de pequeñas

obras, de esfuerzos humildes, de empresas ejemplares que en tantos rincones pobres y en zonas alejadas

de las grandes urbes han llevado a cabo religiosas y religiosos durante largos años de cercanismo servicio

a clases pobres. ¡Terrible país España, donde cada programa parece exigir la eliminación de todo lo

anterior, como el presupuesto de su afirmación propia!

En esta perspectiva escribimos estas líneas: ayudar a la reflexión cuando aún es tiempo, colaborar a que

las instituciones docentes de la Iglesia encuentren un camino de real servicio al país en una forma que sea

verdadera expresión del Evangelio que anuncian.

III. NUESTRA ALTERNATIVA: CRITERIOS, CONTENIDOS, CAUCES

1. Criterios teológicos para una reorientación

Ante cualquier situación histórica, que inmuta los contenidos tradicionales de su conciencia o los métodos

concretos de su acción en el mundo, la Iglesia ha de reorientarse no reactiva o agresivamente frente a

hechos o personas, sino a la luz de lo que es su origen normativo, su identidad constituyente, su función

propia y específica en el mundo: Jesús de Nazareth (sus palabras, su acción, sus testigos apostólicos, su

destino consumado en la muerte y en la resurrección) y el Espíritu Santo (su acción permanente en el

corazón de los fieles cristianos y de otros fieles no cristianos, que nos va recordando y actualizando la

palabra de Aquél, haciendo así completa la verdad en el tiempo). Esos son los dos puntos de mira, los dos

polos de tensión eclesial; el primero es lo que podríamos llamar coordenada constitucional de enclave y

arraigo ideológico en el sentido noble del término, y el segundo es la coordenada utópica, que hace que la

unidad de Jesús sea no un límite a la historia sino una fuente de perenne novedad. Por consiguiente la

referencia simultánea a una y a otra coordenada constituyentes le son esenciales a la Iglesia y tienen

primacía respecto de cualquier situación, palabra o poder, que podrán ser ocasión o invitación para la

Iglesia, pero nunca criterio de sentido último y de definitiva orientación.

la misión de la Iglesia para la que está autorizada por Jesús y cualificada en sus miembros por el Espíritu

es el anuncio fiel del Evangelio como palabra de verdad, palabra de libertad y promesa de redención total,

es decir, como salvación que nos es dada por Dios como gracia y que una vez recibida se constituye en

imperativo de nacimiento, es decir, de creación de gracia para el prójimo, en la esperanza de encontrarse

al final con el Misterio de lo real como reconciliación, si es que el hombre ha vivido reconciliado y

reconciliador con sus hermanos en el mundo. Para cumplir esta misión, la única que tiene como

específica, que presupone y acepta otros servicios a lo humano como condición de la plenitud a la que

Dios nos convoca: para eso Cristo ía ha dotado de una estructura, con cuya ayuda y ejercicio cumplirá

indefectiblemente tal misión hasta el final, y que consiste en hacer imposible a los hombres el olvido y

necesario el recurdo de Cristo, mediante la rememoración que ella hace de El, y mediante el amor con que

vive frente a El y desde El frente a los hombres. Esa estructura abarca los hechos históricos fundantes, la

palabra de los orígenes, los signos originales de Jesús y originantes de comunidad con El y de los

creyentes entre sí, los testigos autorizados y cualifícalos por Jesús para ser sus intérpretes, es decir, para

hablar de su Padre y por la imposición de las manos conferir su Espíritu. Esta estructura de la Iglesia se

ordena al cumplimiento de aquella misión. Es por consiguiente la misión reinterrogada en cada época y a

la luz de ella reinterpretada la que nos ha de dar los criterios para elegir las mediaciones históricamente

válidas, para desechar unas y para recrear otras, para determinar cuáles son absolutamente necesarias y

cuáles son mero resultado de una determinada cultura periclitada.

2. La referencia a la historia actual como criterio inmediato

La encarnación histórica de la Iglesia, con esa estructura que acabamos de describir sumariamente,

permite muchas variantes institucionales, y el cumplimiento de esa misma exige mirar a los destinatarios,

ya que su palabra ha de sonar como buena nueva de salvación para ellos. Esta referencia al destinatario --

que nunca es sólo individual y ahistórica, sino social y encarnada en una cultura, en una situación

económico-social y en un régimen político— es la que nos da los criterios para elaborar las mediaciones o

formas especialmente intensas de su presencia y programar acciones cultivadas con especial interés por la

Iglesia en orden a significar el Evangelio como, verdad, valor y salvación a través de todos los valores a

los que la Iglesia da primacía en la acción de sus miembros y a través de las instituciones que crea en la

sociedad.

Ha sido esta referencia a la historia concreía, a las carencias, necesidades y esperanzas primordiales de los

hombres, asumidas en un permanente discernimiento crítico, lo que ha determinado siempre la elección

por parte de la Iglesia de unas u otras mediaciones históricas, como expresivas del Evangelio en cuanto

buena nueva de salvación. La historicidad de la existencia humana vista en el nivel teórico (planos o

valores desde los que se comprende y asume el hombre en cada momento histórico) y vista en el nivel

práctico (situación en que, de hecho, se encuentra) ha dado los criterios para determinar en cada época las

mediaciones que se consideraban más eficaces, y a las que, por consiguiente, era necesario conferir

primacía.

3. La primacía conferida por la iglesia a la mediación: enseñanza-colegio

Asumida esta referencia a la historia, la Iglesia a partir ya del siglo XVI, y sobre todo del siglo XIX, ha

dado primacía a la mediación intelectual de la fe y" privilegió su presencia en los medios educativos,

como antes había privilegiado´ su acción en la beneficencia. Esta primacía se concretó en la dedicación de

un elevado número de sus miembros al cultivo explícito de esta tarea: el 80 por 100 del personal dedicado

a tiempo pleno al servicio del Evangelio realiza esa entrega enseñando. A su vez, dentro de la enseñanza

se privilegió un marco concreto: el colegio. La aparición de otros marcos* educativos y de otras

mediaciones como más significantes: por ejemplo, la mediación social-política; de otras estructuras

educativas: la formación profesional (que supone la redención del trabajo manual como igualmente digno

y el rechazo del intelectualismo idealista de la cultura, con la consiguiente depreciación esclavizadora de

los trabajos manuales); la educación para el ocio; la educación de subnormales; la aparición de otras

maneras nuevas de estructurar la sociedad (socialización de los bienes fundamentales, exclusión de

monopolios ideológicos), todo ello ha quebrado el esquema fácil y unívoco de la presencia docente en los

colegios y ha forzado a .la Iglesia a revisar esa presencia, constatando a la vez sus ausencias en otros

campos.

4. El imperativo nuevo y sus contenidos

Si la Iglesia no quiere encajonarse o incluso ponerse en contradicción con la amplitud de su misión: ser

signo de libertad para todos, y en especial para quienes no tienen libertad; si no quiere quebrar la

confianza de muchos de sus miembros y, sobre todo, si está dispuesta a abrir cauces a la inmensa

vitalidad, generosidad y dinamismo educativo de su personal docente; si no quiere aparecer como una

fuerza ideológica o un poder financieramente interesado: debe ampliar sustancialmente el campo de su

presencia en marcos educativos, sin recluirse en la enseñanza que se ordena a la consecución de un título;

debe ir dejando con elegancia y humildad, en fases sucesivas y programadas, aquellas instituciones

docentes propias que, por la concreta evolución social-política del país, de hecho, no pueden servir a los

realmente necesitados; debe resituar su personal en aquellos campos de acción educadora, de servicio

humano y de anuncio explícito de Evangelio donde sus personas se sientan estar realmente evangelizando

y promocionando, donde los destinatarios puedan acoger o rechazar, el Evangelio como lo que realmente

es y nada más, y donde la sociedad en general o grupos humanos concretos no puedan con razón decir

que la Iglesia, en cuanto tal. entra en competencia ilegítima o se constituye en una alternativa de intereses

respecto de sus situaciones profesionales.

Se trata, por tanto, de redescubrir la propia misión evangelizadora, de percatarse de la situación histórica

en que debe ejercerse y de elegir aquellas mediaciones que aparezcan connaturales con el Evangelio y

connaturales con esas situaciones históricas realísticamente analizadas. Todo ello nos lleva a postular no

una retirada humillante, sino la búsqueda de lugares de evangélica presencia, la reinserción o trasvase a

otras tareas que nos hagan estar y sentirnos más cerca de lo que es la misión apostólica. Ello no es una

triste gracia, sino una dolorosa gracia. Ella exige de nosotros una especie de desencarnación, es decir, de

abandono de un tipo de humanidad eclesial que, de hecho, no es sentida como trasparente al Evangelio, y

la decidida voluntad de encontrar otra encarnación más auténtica en nuevas formas de servicio.

No se trata, por tanto, de abandonar el permanente intento de pensar la fe desde una cultura

contemporánea; ni menos de retirarse con intención de crear un colapso de instituciones docentes, en un

momento en que el Estado no cuenta con las suficientes para llenar ese vacío, por lo que seríamos

insustituibles y tendríamos que ser llamados de nuevo. La reflexión reconoce estos problemas, pero no les

confiere la gravedad que confiere a los problemas anteriormente enumerados. La confrontación deberá

seguirse haciendo por la Iglesia en cuanto tal y por cada uno de sus miembros. Es verdad que este

distanciamiento institucional crearía un vacío; pero tal vacío, dolorosamente sentido por la sociedad en

general y por cada uno de los padres de familia, es una ocasión histórica de eminente significación social

y política para cue se percaten de que son ellos los que deben afrontar, formular y resolver los problemas

de la enseñanza, y no dejar que sean el Padre Estado y la Madre Iglesia los que les resuelvan qué

instituciones son adecuadas para la enseñanza de sus hijos y para su correspondiente educación en la fe.

Este vacío es una manumisión que conscientemente hace la Iglesia para que la sociedad tome conciencia

de lo que es tener que resolverse los problemas de la educación en unos marcos institucionales que

respondan a su propia identidad como ciudadanos y como creyentes. La Iglesia ayudará, responderá,

favorecerá, pero no puede ser el procurador general de los problemas educativos de la familia ni de la

sociedad ante el Estado, y, de hecho, este era el papel que en parte estaba cumpliendo hasta ahora,

haciendo un sacrificio doloroso y no reconocido como tal. El régimen anterior ha tenido una concepción

centralista de la enseñanza, porque en realidad la sociedad española es centralista y autoritaria. En ese

marco, la enseñanza privada ha tenido que ser necesariamente clasista y selectiva. En él, la Iglesia se ha

visto condenada, por inconsciencia o por una buena voluntad no suficientemente ilustrada, a hacer lo

contrario de lo que era su intención profunda. La Iglesia ha de proclamar los derechos primordiales de

todos a la libertad de enseñanza, pero si la sociedad en cuanto tal no quiere buscar cauces reales para ella

y, a nivel de medios políticos, no reclama la concreción dé esos derechos, la Iglesia, sin silenciar su voz,

desistirá, sin embargo, de esa batalla, que la haría aparecer no como la servidora fiel de unos derechos

humanos y de unas libertades cívicas de todos los españoles, sino como un interesado "empresario de la

enseñanza", cuyas motivaciones últimas serían el lucro y el poder.

La Iglesia rio puede seguir embarcada en la enseñanza privada mientras no cambien fundamentalmente

los presupuestos teóricos y las condiciones concretas en las que se ha apoyado hasta ahora. Es un

problema de fidelidad al Evangelio y de dignidad humana.

5. Propuestas concretas para el futuro: acciones posibles entretanto

Esto supuesto, ¿qué posibilidades concretas se ofrecen o qué responsabilidades se abren a la acción de la

Iglesia española en un futuro inmediato? Más que sabiendo, sospechando, nos atrevemos a enumerar las

siguientes tareas o metas:

a) Concentración en lo que es acción evangelizadora y educadora de la fe en sentido explícito. La Iglesia,

como comunidad de fe, tiene que tener sus marcos propios donde los que libremente quieren oír el

Evangelio puedan oírle, donde los que han recibido la fe puedan alimentarla, profundizarla, vivirla en

realizaciones concretas; instituciones donde la oferta no esté condicionada por ningún otro fin que haya

que conseguir, sino que sea limpia y llanamente transmisión de fe. En este sentido, me sorprende la

riqueza de instituciones que la Iglesia ha instaurado hacia afuera y la pobreza de aquellas en que cultiva

su propia identidad. ¿O es que. no tiene fe suficiente en sí misma? ¿O es que sus personas se afirman y

acreditan públicamente desde otra identidad profesional distinta de la estrictamente apostólica?

Una cosa es trabajar para poder anunciar el Evangelio con libertad y otra cosa es identificarse a si mismo

desde esos haceres seculares, silenciando la identidad evangelizados. Es urgente volver a preguntarse por

la estructura y organización de los catecumenados, de las células eclesiales en torno a la eucaristía, de las

parroquias, de las asociaciones, de los grupos apostólicos diferenciados por su acción profesional y por el

lugar de inserción, de las comunidades de base, de las escuelas catequéticas y de evangelización, de las

Facultades de teología.

Uno a veces tiene la sospecha de que la Iglesia parece saber muy bien qué y cómo hacer en determinados

campos .profesionales, pero que no sabe exactamente qué y cómo hacer con su fe, cómo educar a sus

miembros y cómo elevar a síntesis la nueva conciencia histórica confrontada con el Evangelio. Y lo grave

no sería ese no saber, sino sobre todo el no reconocer que ahí está su grave quehacer, el no intentarlo en

toda su dureza, el aturdirse con otro tipo de acciones y con una fuga a la exterioridad, a la opinión pública

fácil, es decir, al olvido de sí misma y, a la larga, a su depauperación radical.

b) Dístanciamienlo progresivo pero eficaz de aquellas instituciones docentes que ha poseído como

propias, mientras que el marco jurídico-político actual, por el régimen económico en que se deben

fundar, es decir, la inevitable paga de cuotas elevadísimas y el consiguiente descasamiento social, les siga

condenando a aparecer como servidoras de las clases sociales imperantes y, de hecho, a recluirse en

aquellos niveles sociales que pueden pagar dos veces la educación de sus hijos: mediante las

contribuciones generales y mediante la paga del colegio.

c) Aceptación de la gestión de otras instituciones docentes, de aquellas cuyos responsables o

dueños libremente se las confíen, para que en ellas se ofrezca una enseñanza total en conformidad con

el pensamiento y con la fe de la Iglesia católica. En tal caso, no se es poseedor de un negocio, sino un

profesional de la enseñanza en un centro que acepta como base los criterios fundamentales de la fe, y

desde ella quiere orientar los demás saberes.

Habría que proveer, sin embargo, como condición esencial para la presencia de la Iglesia ahí, a que esa

institución, por los contenidos que ofrece, por los métodos que se utilizan y por su significación histórica

derivada del grupo que la funda, sea coherente con las exigencias fundamentales del Evangelio. Si no se

cumplen estas condiciones se está de nuevo ante una gravísima tentación: servir nuevamente a los grupos

de poder, colaborando a incrementar las diferencias sociales y económicas del país. En este sentido,

tienen absoluta preferencia los grupos marginados, las situaciones humanas, locales o profesionales de

subdesarrollo y de pobreza, que quizá sólo con esta ayuda, de la Iglesia o de una institución similar,

puedan llegar a tornar conciencia de su marginación y de su pobreza y, consiguientemente, salir de ella.

d) Crear instituciones docentes por razones de subsidiaridad con respecto a aquellos que jurídicamente

podrían crearlas, pero que, de hecho, no pueden: colegios populares, escuelas de barrio, colegios

rurales, enseñanza profesional, residencias y centros de formación; es decir, allí donde el grado de

subdesarrollo o de falta de conciencia cívica o de marginación política no permita a los interesados

el ejercicio de todos sus derechos frente a una sociedad y frente a un Estado que no hagan una rea!

distribución de las ríquezas-base o que no promuevan una real socialización de los bienes que nos

son comunes a todos los ciudadanos.

e) Reclamación pública de una sociedad democráticamente configurada y de un Estado que no se

considere dueño y señor absoluto de las instituciones públicas, sino más bien el gerente de la "res

pública" y garantía de los propósitos del pueblo, que dé cauce a sus dinamismos, anime sus

iniciativas y facilite su voluntad de darse a si mismo una identidad histórica, mediante la creación de

instituciones culturales y promoción de actividades científicas.

Un Estado así concebido no podrá silenciar los grupos humanos que constituyen la sociedad, ni reclamará

cumplir por sí solo la función docente, monística y dictatorialmente unificada, sino que, manteniendo las

exigencias fundamentales iguales para todos y derivadas del nivel histórico que ha alcanzado la

conciencia humana, integrará a esos grupos y los aceptará para que lleven con él adelante ia tarea de la

enseñanza, ofreciendo así al país una rica variedad de proyectos humanos para que la libertad del

individuo se pueda ejercer ante las posibilidades múltiples que se le proponen, y no ante el único

imperativo que se le impone.

En este marco, el Estado, con los recursos allegados a tal fin de las contribuciones del pueblo, debería

financiar todas aquellas instituciones que cumplan la función docente, garantizando mediante los

correspondientes y eficaces controles la seriedad tanto de los métodos como de los contenidos. El, a su

vez, asumirá con su especial poder ia defensa y promoción privilegiada de los sectores y grupos ´ que en

la .concurrencia social tuvieran , menos posibilidades y oportunidades para afirmarse a si mismos. En esta

perspectiva, y como un grupo más en la sociedad española, la Iglesia podría crear" instituciones docentes

propias. A través de ella debería intentar, como meta primordial, operar una integración entre fe y cultura

en los diversos niveles desde el escolar hasta el universitaria. Esto no significa, sin embargo, que tales

instituciones vayan a ser privilegiadas por la propia Iglesia, en tal medida que invite a todos los creyentes

a ¡lucrarse en ellas. La Iglesia ha da esta? presente´ en el mundo por sus instituciones, pero no menos por

su fe, explícitamente anunciada en acciones litúrgicas y testimoniales, y no en último lugar por medio de

la acción pública de cada creyente, en este caso, dentro de las instituciones creadas por el Estado o por

oíros grupos, también desde el nivel escolar hasta el nivel universitario.´ .i.1

f) Preparación de muchos hombres y mujeres que estén dispuestos y sean capaces de enseñar ia religión

en los diversos marcos escolares, en un momentó histórico en que, aceptada la libertad religiosa, será

legítimo que esos marcos escolares se ofrezcan para la enseñanza de la religión a aquellos alumnos que

cuyos padres lo deseen, o ellos a partir de determinada edad. Lo que en principio ya no será posible es

unir la profesión de docente en enseñanza, primaria, secundaria o universitaria, con la enseñanza de la

religión, como era el caso hasta ahora con los maestros en todas las escuelas del país. ¿Quién enseñará en

adelante el catecismo a la altura religioso-cultural de nuestro tiempo en todos los. centros de enseñanza

general básica del país? Esa es la real alternativa a la Iglesia española: ´¿está su personal cualificado

teológicamente, con la necesaria información cultural y- sensibilidad social como para llevar eficazmente

a cabo la enseñanza religiosa, tal y como hoy es exigida en el doble piano: técnico-informativo de la

escuela y religioso-formativo de la catequesis?

Estos seis cauces concretos para una acción en el futuro me parecen responder a una iglesia consciente de

sí misma y de su misión específica frente a otras instituciones y grupos humanos de la sociedad;

consciente y respetuosa también de la autonomía del Estado. Conciencia que se debe unir a una grande y

confiada libertad para adentrarse en ese futuro nuevo. Supuesto todo lo anterior se debería ahora

proponer, con tanto realismo como imaginación, fórmulas concretas para realizar esta descentralización

democrática de la enseñanza.

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