Un silencio que convendría romper     
 
 ABC.    27/03/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. DOMINGO 27 DE MARZO DE 1977. PAG. 2.

UN SILENCIO QUE CONVENDRIA ROMPER

La repentina dimisión de don José María de Areilza como vicepresidente del Partido Popular continúa

originando interpretaciones diversas y diversos rumores que afectan no ya al futuro inmediato de su

partido, ni tan siquiera a toda la coalición partidista conocida como «Centro Democrático», sino al futuro

del presidente Suárez y hasta del propio proceso electora.

Desde círculos que pudiéramos calificar como suficientemente próximos al señor Areilza, se ofrece al

país una versión casi rocambolesca, donde se acumulan términos despectivos hacia la adivinada postura

del titular de la Presidencia del Gobierno, implicando en ellos a otros grupos ciertamente cercanos, hasta

el momento al menos, al propio «Partido Popular». Otras opiniones, con la ocasional solemnidad

concedida por la letra impresa, califican de maniobra provocada la salida política del conde de Motrico y

afirman, tajantemente, que se ha conducido a este país a una crisis no sólo imprevisible días atrás sino

inadmisible además.

La sensibilidad de una parte considerable de la clase política en ejercicio está, sin discusión, al rojo vivo.

Y con ella se ha puesto en marcha, con intención diversa, el motor de la especulación. No basta que los

propios rectores del «Partido Popular» procuren quitar trascendencia al hecho de contar con un

vicepresidente dimisionario «por motivos personales», o que haya grupos políticos extremistas que den

por válida toda imaginación sobre los «auténticos motivos» y la celebren.

A lo largo de la semana que hoy finaliza, el presidente Suárez se ha entrevistado con todos los dirigentes

del llamado «Centro Democrático» y, en medios próximos al grupo denominado «Federación Social

Independiente» —cuyos miembros siguen desmintiendo crónicamente su supuesto carácter

progubernamental y su afiliación «suarista»—, se asegura que, ahora, estaría dispuesta a integrarse en ese

supuesto Centro si don Adolfo Suárez decidiera presentarse a las elecciones.

Hemos procurado bosquejar el clima de confusión reinante tras el golpe político que ha supuesto el

auto-apartamiento del señor Areilza de su partido, pero es necesario reflejar también el hermetismo que

rodea al presidente y a la Presidencia del Gobierno, porque ni el señor Suárez ni, por supuesto, ese

portavoz que, pese a la reiterada insistencia en los medios de información, sigue sin tener presencia física

cerca de las más altas esferas del Gobierno, han arrojado una sola palabra clarificadora, un poco de luz

informativa sobre tanta sombra y tanta reticencia.

Comprendiendo la postura del señor Suárez —máxime si, en realidad, pese a las imaginaciones

aventureras de algún comentarista viciado de partidismo, no hay rastro de intervención presidencial,

directa o indirecta—, y asumiendo asimismo la delicadeza de la actual situación, con las elecciones a

punto de convocarse, insistimos, sin embargo, en que su silencio resulta altamente perjudicial. Y quizá

más que para el mismo primer ministro, y mucho más que para él propio «Centro Democrático», para el

pueblo llano, para esos españoles que somos todos y que no sabemos hoy a qué se está jugando mientras

se invoca un futuro que es de todos. Por ello creemos que este silencio, este vacío que otros aprovechan

para llenar de medias verdades y de medios deseos, es absolutamente improcedente. Que España debe

saber qué sucede, qué piensa el presidente, si va a jugar electoralmente y cómo y con quién, cuanto antes.

Consentir, callando, que grupos interesados ofrezcan al país una imagen distorsionada de la preparación

última del profeso electoral, adornándola de cabildeos secretos, de pases mágicos y de candidaturas

sacadas del sombrero, como si en lugar de políticos se tratase de magos de salón, no es beneficiosa para

ningún partido sensato y consciente, y mucho menos para los electores. El juego de estrategias es un

juego lícito en la política y en las elecciones. Pero un cambio repetido o, lo que viene a significar

prácticamente lo mismo, una oficiosa serie de anuncios de cambio, acaba despertando el desinterés o el

mareo del pueblo al que va dirigida. Y esta posibilidad, repetimos, es perjudicial y peligrosa para todos.

 

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