Hay que continuar     
 
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UNA serie de acontecimientos recientes y algunas declaraciones políticas de prestigiosas personalidades, alarmadas por el curso de la vida nacional, han puesto en los últimos días un acento grave sobre la realidad española. Creemos que estas personas tienen derecho a expresarse, y a hacerlo como lo han hecho, pero habría que dar a cada declaración política el valor que tiene y representa: el de una opinión, por muy cualificada que sea. El país y el Gobierno deben acostumbrarse también a esto: a que todas las opiniones sean vertidas sin que se le corte la respiración a nadie.

i En los días posteriores al magnicidio del 20 de diciembre, los periódicos —y el propio-Gobierno— señalaron la nota característica de aquellas jornadas que pudieron ser agitadas y sólo fueron luctuosas: la madurez del país, la serenidad de la población. Tanto se insistió en lo de la madurez del pueblo español que lo que fue y es una realidad a lo peor terminó por tomarse por consigna, por tópico y aun por miedo o comodidad.

Pero la madurez existe realmente.

Hoy, deliberada y conscientemente, queremos esgrimir esa realidad tan evidente: la sociedad española en punto a serenidad, cordura y equilibrio, en punto a mesura, a sentido de la medida de los acontecimientos, no sólo disfruta de una envidiable madurez de conjunto, sino que tiene la cabeza más fría que algunos prohombres políticos.

¿Qué está pasando? Que se trabaja. Que tenemos encima unos problemas económicos importantes (soportados con entereza y confianza) a los que se busca solución. Que el Gobierno tiene un programa —12 de febrero— y trabaja por cumplirlo, al borde ya del vencimiento de sus dos primeras letras:

incompatibilidades parlamentarias y Régimen Local. Que la Prensa trabaja por dar cauce y virtualidad a una apertura real que ha de organizarse adecuadamente. Que la sociedad española está mejor informada de los hechos buenos y de los hechos malos, y aún habrá de estarlo más. Que la crítica a lo que el Gobierno hace se ejerce con arreglo a un derecho inalienable y saludable y dentro del marco de unas leyes. Que esa crítica llega a hacerse incluso desde órganos informativos gubernamentales. Que el Gobierno —y el titular del ramo el primero— encaja con admirable naturalidad las criticas y las objeciones, a sabiendas de que una cosa es el discrepante y otra el enemigo.

Se trabaja, de arriba abajo de la pirámide social y política, por resolver los problemas planteados y por dar cumplimiento a un programa de Gobierno de ancha base popular.

Sepa el lector que aunque mañana pueda encontrar en estas páginas una critica a una determinada y contingente acción gubernamental, en nuestro ánimo anida, primero, el respeto y el consenso sobre el programa Arias; segundo, la lealtad al Estado y sus Instituciones; tercero, el afán de hacer país mediante el libre juego de las opiniones.

De una parte, no escatimaremos aquí el respeto y admiración debidos a hombres que se lo merecen por encima de toda discrepancia con sus opiniones. De otra parte, incorporada & nuestra filosofía está la firme creencia de que aun no estando de acuerdo con lo que afirme tal o cual persona, prestaríamos nuestras páginas para que no quedaran reducidas al silencio. En su derecho están, quienes lo hacen, de estimar que está pasando algo. Respetamos la voz alarmada, pero también es derecho nuestro coincidir o no con su criterio.

Así, ante quienes desde dentro del sistema ejercen su derecho a la alarma, y cuentan con nuestro respeto y admiración, quisiéramos hoy dar nuestro sincero voto de confianza al Gobierno, comenzando por su cabeza visible —el presidente Arias, a quien cerca un crédito de confianza desde su comparecencia ante las Cortes— y deteniéndonos especialmente en el órgano del Gobierno que se responsabiliza de la difícil tarea de dar la imagen, diriamos, casi, de dar la cara: el Ministerio de Información.

Tenemos cabal conocimiento de que una política aperturista encuentra dificultades en su camino. Pero no hay otro para un futuro de convivencia. Y pedimos al Gobierno Arias solidaridad y firmeza para recorrerlo. La sociedad española está madura para que se aplique un programa como el del 12 de febrero, en torno al cual han surgido expectativas y apoyos sin precedentes. Esforcémonos todos en que nos entiendan las nuevas generaciones, que no aman menos a España porque no hicieron una guerra. Las sociedades son un cuerpo vivo que evoluciona y crece y hay que aumentar la horma del zapato.

Desearíamos que lo entendieran asi los hombres que por su capacidad de convocatoria, por su significación y por el respeto alcanzado les corresponde la tarea de encauzar hacia el futuro, rejuveneciéndolas y adaptándolas a una situación plural, corrientes de pensamiento y actitudes políticas sobre las que ejercen su influencia.

CONCIENCIA DE FINALIDAD Y DESTINO

LA política, en su más alto grado, está obligada a traducir no ya consensos sino identidades esenciales de los pueblos. Salvo que la comunidad no exceda los limites de un campamento de «hippies», su arte, su literatura, sus misiones, su ciencia y su técnica serán expresión coherente y rigurosa de un denominador común; prolongaciones de un mismo tronco, referencias de una civilización, una cultura, unas ideas religiosas, estéticas y de convivencia que revelen un sentido cabal del hombre y de sus fines. Precisamente es esta conciencia de finalidad lo que implícitamente rechaza abstenciones y neutralidades a que suelen conducir el pragmatismo erróneo y la afición a trivializar, pues lo que minimiza rebaja. Tailhard de Chardin escribió que «todo lo que se eleva converge». Quizá por eso la hostilidad a la convergencia induzca a descender.

Evocar los que son valores supremos de la política parece más necesario que nunca, pues en Occidente se están sustituyendo con improvisaciones renovadamente inútiles. Ninguna de éstas responde a la angustia, el desconcierto, el temor que suscita en él hombre actual la ausencia de principios y decisiones que Informen su vida, aseguren su paz y esclarezcan su futuro. Pero casi nada de esto parece contar en las preocupaciones más evidentes de los partidos políticos. SI están persuadidos de Su inoperancia e inactualidad no lo denotan.

Este - dato acentúa la inquietud de quienes creen que una de las operaciones: más necesarias en el mundo moderno es la de investigar afinidades capaces de dar a las agrupaciones humanas fundamentas más objetivos y lógicos que los que generalmente tienen. Mientras las clases se han diversificado interiormente —como consecuencia de nuevas técnicas industriales que han repercutido en el escalafón social y -en el acceso al consumo— y sus fronteras se han hecho menos rígidas, en el orden político subsisten métodos e ideas dimanantes de otras estructuras y de no renovadas concepciones históricas.

Pero no se trata de homogeneízar medíante módulos de clasificación predominantemente económicos, de manera que los antiguos encasillamientos según lo poseído se traduzcan en descripciones sólo más precisas y casuísticas. Los resultados preferentemente dúctiles a la estadística no pueden ser válidos más allá de los términos en que tienen origen. Existe una pluralidad de factores, constituida por la procedencia, el temperamento, la formación inicial, los trasplantes ambientales de los individuos, que dificultan la homogeneización por simples equivalencias de nivel de vida, aunque no la impidan en ciertos aspectos y hasta cierto punto.

Esta pluralidad abarca zonas en las que la coincidencia y la opción tienen curso específico. En el orden de la cultura, o simplemente de los modos de entender la existencia en el plano de las costumbres, organizaciones que articulen y testimonien criterios. En el orden profesional, donde las afinidades son más detectables y aptas para la formulación de representaciones auténticas, el sindicato.

En la órbita de actuación más " estrictamente política, y no ajena, por cierto, a las antes citadas, es en la que los pueblos y los individuos han de fortalecer o rescatar su noción de destino. Este destino no es una abstracción que se invoque para desviarse de los hechos concretos. Cuando la comunidad tiene un pasado histórico dispone de esquemas de comportamientos que, aun siendo contradictorios, permiten identificar tendencias, querencias insistentes y disciplinarlas en el - sentido que dicten sus desenlaces. Y si el marco nacional pareciese limitado y se aspirase a una mayor proyección, ¿cómo unos entes sin conciencia de finalidad común propia podrían insertar iniciativas peculiares en las orientaciones,y el quehacer intercomunitários, en las perspectivas de los nuevos tiempos, en la modulación de un futuro para todos?

(Ningún problema del . destino humano escapa a la capacidad de los hombres», escribió John Kennedy.

Pero mucho antes, Rílke-había dicho en un poema: «...pues hay una vieja hostilidad entre la vida y la tarea grande». Para que el tono de las sociedades no decaiga a causa de fatigas innecesarias e inútiles es menester que esa hostilidad no nos venza.

Si en la historia de los pueblos no todos los períodos pueden ser, por no darse las circunstancias precisas, de magnifica tensión integradora y creadora, siempre será posible que la temperatura y el dinamismo colectivos respondan a empresas dignas de ser adoptadas y servidas.—Luis P. Cútoli.

 

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