Cristianismo y civilización     
 
 ABC.    26/01/1960.  Página: 37. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

CRISTIANISMO Y CIVILIZACIÓN

Se está celebrando en Madrid el II Congreso Internacional del Comité de Defensa de la

Civilización Cristiana. Ilustres europeos han venido a nuestro lado para revisar no ya los problemas de

nuestra hora, sino lo que es más urgente su defensa desde el punto de vista de nuestra cultura. Y aquí

mismo, en España, el ministro Sr. Solís Ruiz ha reunido al amparo de este lema a hombres

representativos de aquellas actividades que integran la sociedad cristiana.. Es claro que un programarían

ambicioso tiene que estar lleno de interrogantes y simplemente el plantearlos .supone ya no sólo un

examen de conciencia, sino una, toma de posiciones defensivas. La primera tentación que tenemos que

resistir es la de identificar cristiandad con occidentalidad. Cierto que los módulos de nuestra

civilización arrancan de un humanismo cuya raíz está en las mismas doctrinas cristianas. Nada más

sombrío que el humanismo clásico. Se halla entregado a esa desesperación que late en el fondo de toda la

cultura griega que crea no poder rebasar las medidas humanas para perfilar cielos y tierra. La moral no

puede superar así el estoicismo, ni el heroísmo la muerte, ni la divinidad la altura del Olimpo. Pero con

Cristo adviene un nuevo elemento que desde ahora ha de ser el normativo de la civilización: el infinito.

El mal se coloca donde antes precisamente estaba el signo pitagórico del bien; en los límites irrebasables,

en lo concreto que puede caber dentro de los límites de la razón. El espíritu es desmesuramiento sin fin. Y

frente al hombre se coloca desde Cristo, como un horizonte perenne, la esperanza. Aparece no ya como

un ideal, sino como una fatalidad de nuestra civilización algo que en todos los milenios anteriores no

pudo darse: el progreso. Este sin fin de las perspectivas humanas lleva consigo un sin fin también en la

evolución de todo su hacer. La técnica brota no como una dación graciosa a vocaciones científicas, sino

como un imperativo de esas ansiedades infinitas que constituyen la esencia del pensamiento cristiano.

Una superación que no . Puede tener término es desde entonces la historia de la humanidad. Pero lo grave

es que este infinito se abre también hacia horizontes maléficos. Y también el daño brota inextinguible y

con posibilidades de un demonismo cada vez más absoluto. Y en esta defensa de la civilización cristiana

creemos que el más grave problema estriba en no identificar con fronteras geográficas o políticas las

fronteras del mal.

Hay, sí, doctrinas que gobiernan los pueblos que por sí mismas, al negar a Dios, niegan también la

nobleza del ser humano.Pero dentro de los límites físicos de nuestra cultura hay también teorías como las

heideggerianas, que al hacer de la desesperación una finalidad humana y de la muerte por sí misma, por

su acabamiento, un ideal, niegan todas los supuestos de paz y de ventura infinitos, que trae consigo el

cristianismo. .¿Y no se encuentra la misma entraña de nuestra civilización, desintegrada por un

paganismo que heroiza con mitos fáciles a la sensualidad y al dinero?

Y los problemas siguen incesantes. Ante una ciencia sin piedad y que busca todas las magnas

posibilidades de destrucción se encuentra el mundo en una situación parecida a la del milenarismo

histórico cuando se preveía un apocalipsis en el año mil. Pero entonces el terror tenía si no el consuelo, a

lo menos la nebulosa de la ignorancia. Hoy ese pánico al aniquilamiento carece de misterio y el terror se

acrece al ver sobre nuestras cabezas el arma que ha de herirnos. El hombre parece como despeñado en sus

propios descubrimientos, y ahora la naturaleza le ahoga no por su desconocimiento, sino precisamente por

la revelación de su textura íntima.

No hay verdades desinteresadas. Y toda la ciencia se convierte hoy en un instrumento de dominio. El

hombre no se siente dominador de la materia porque ésta se ha convertido en energía que lo encadena a su

desmandado poder. Ha liberado a la materia, y ésta cruza el cielo como pájaros feroces ¡Qué pecado! Y

éste sí que es un signo de nuestra época: la ciencia recargada de una, condenación moral. A través de la

historia del pensamiento occidental vemos que hasta ahora la física ha precedido a la metafísica. Hoy es

al revés. Se fuerzan los descubrimientos para que éstos sirvan, para imponer formas políticas y sistemas

mentales, ya previstos. La liberación de las cosas va unida a la servidumbre del alma. Hoy se busca con

anhelo una filosofía del Ser que, desdichadamente se ha querido identificar con la filosofía del tiempo.

Aquí mismo, a nuestro lado, en el ámbito de esta civilización cristiana, sobre el fenómeno, sobre lo

"existente,", se ha intentado fundar la base y la explicación de la personalidad del hombre.

¿Hasta qué punto tienen que permanecer indisolublemente unidas las palabras civilización y cristiana?

¿No estará llegando el momento en que nuestra civilización—la civilización occidental—, con sus

egoísmos y relajamientos, tenga que renovarse ascéticamente para ser compatible con una visión

apostólica de Cristo, que es justicia y desasimiento terrenal? ¿Dónde colocaremos la línea de defensa del

cristianismo? ¿En la civilización a que ha dado lugar o en el mismo corazón de las palabras evangélicas?

Y las interrogaciones siguen.

 

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