Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El umbral del futuro; Las doce ovaciones; Luz sobre el Opus Dei; Entre fantasmas; Otra vez la participación; Epílogo breve     
 
 Gaceta Ilustrada.    24/02/1974.  Página: 52-53. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

El umbral del futuro

EL señor presidente del Gobierno ha hablado a las Cortes. Es decir, ha hablado al país. Y todos: padres, hijos y nietos de la Patria nos hemos encontrado y reencontrado en una difícil y hermosa conformidad común. Ahí tienen ustedes los aplausos en la Cámara, los comentarios en la prensa, las conversaciones en la calle, las apostillas de los políticos, la adhesión de los prudentes y aun de los cautelosos, el entusiasmo de los aperturistas, el beneplácito de los celosos de las lealtades a las esencias y la esperanza de los abocados a la fidelidad al futuro.

Todos hemos convenido en que se trata de un discurso realista. De una manera directa y sencilla, sin retóricas huecas, sin romanzas triunfalistas, el presidente Arias ha abordado, uno por uno, todos los grandes y graves problemas que tiene planteados esta hora de Espa^ ña. Ni en el contenido ni en el tono del señor Presidente pueden encontrarse las voces huecas de los tenores y el coro de grillos que cantan a la luna, y que detestaba aquel hombre profundo y sencillo que se llamó don Antonio Machado. El presidente Arias se ha situado, en el momento comprometido de exponer al país su programa de Gobierno, en la raya misma de la realidad presente. Es decir, en el umbral del futuro. Ha resumido treinta y cinco años de historia en una sola frase, suficientemente expresiva: la paz de Franco. Y ha adquirido unos compromisos determinados, nada fáciles, pero ya inaplazables, y ha señalado fechas y plazos.

Quienes se habían apresurado a presentar este Gobierno en las páginas de los periódicos extranjeros como un gabinete formado por policías y por los «duros» del inmovilismo, se habrán visto sorprendidos y descubiertos por la luz de una verdad muy distinta. Aquí, entre nosotros, todos los comentaristas políticos y todos los cronistas de Cortes, desde Luis Apostúa a Juan Van-Halen, desde Gabriel Cisneros a Ismael Medina, desde Lorenzo Contreras a Rafael García Serrano (raro y sorprendente ejemplar en un Parlamento), han coincidido en el elogio del discurso del Presidente. Lejos de nosotros, los periódicos menos sospechosos de simpatía hacia España han reconocido el realismo, la sinceridad y el compromiso que representa el discurso. Bastaría con leer lo que dice. Pero un profundo indagador de los conceptos y las palabras nos ha anunciado, aquí, que hay algo más. «Dice más de lo que dice», ha dicho el profesor Muñoz-Alonso. Otro profesor, Jesús Fueyo, ha hablado de «imaginación». Ahora, viene lo más difícil en política: la realización, la ejecución. Porque un discurso político no debe quedarse en el ejercicio de una vocación poética: en «el don preclaro de evocar los sueños».

Las doce ovaciones

Ya sabía yo que alguien iba a contar las ovaciones y a medir su intensidad. A falta del voto de confianza de las Cortes liberales, se utiliza el «aplausímetro». Rafael García Serrano, que se ha venido a las Cortes como cronista de gala, igual que Wenceslao Fernández Flórez se fue un día a los estadios, ha contabilizado hasta doce ovaciones. Cuenta Rafael que el aplauso más cerrado se produjo cuando Arias recordó las palabras del Príncipe que aceptaban la legitimidad del 18 de Julio. Que el aplauso más intenso y reiterado tronó en la Cámara cuando el Presidente habló de participación, de responsabilidades comunitarias, de la exclusión de los maximalismos. Que el aplauso más largo fue el que subrayó el párrafo dedicado a las relaciones Iglesia-Estado. Y que el más polémico y diferenciador fue el referido a las entidades asociativas.

Los cazadores de anécdotas buscaban el rostro de los ministros y de algunos procuradores significativos para espiar los gestos de asentimiento, el entusiasmo de sus ovaciones o sus ausencias. La pequeña y particular historia registra la ausencia de don Torcuato Fernández-Miranda, vicepresidente del Gobierno Carrero y Presidente en funciones hasta la designación del presidente Arias. Los informadores buscan opiniones diversas por el bar y por los pasillos, como a la caza de mariposas políticas. Los más entusiastas pronuncian adjetivos rotundos. Los más serios subrayan aquellas afirmaciones de mayor trascendencia. Y los más reticentes, que de todo hay en la viña del Señor, dicen que esperan a los hechos.

Que obras son amores. Que por sus obras los conoceréis. Que la política es ejecución. Y que será verdad tanta belleza.

La verdad es que en materia de desarrollo político, el español an un poco escamado. Han sido muchos intentos. Se han pronunciado demasiadas palabras. Se han e´ borado demasiados proyectos, han lanzado demasiados «slogan Pero el señor Presidente se ha marcado unos plazos. Y ha sido concreto y claro. Su tono no era tono oratorio de las promesas irresponsables, sino el de los compromisos serios. Y hay en su discursos cuatro compromisos muy concretos: el de una nueva Ley de Regimen Local, con la elección de alcaldes y presidentes de Diputado! una Ley de incompatibilidades parlamentarías; el desarrollo de la Le Sindical; y la preparación de un Estatuto de asociaciones. Decíamos ayer... Este programa habría 1evantado recelos y guasas en algunos inquisidores de la ortodox política del Régimen. Ya se sabe que entre nosotros hay algunos que quieren, como los católicos españoles de Trento, estar solos en Paraíso. Es decir, estar solos en fidelidad al Sistema. Pero se trata de incluir a todos y de no dejar futura sino a los que se autoexcluya. El señor Presidente, al hacer al sión al Movimiento y al Consejo Nacional ha hablado de trabajo de puertas abiertas. Es como si dijese: «¡Hala, a andar, que el Movimiento se demuestra andando González Muñiz recuerda en «Y una frase de Gracián: «El curso de tu vida es un discurso». Y un piensa, con su colega, que el discurso del presidente Arias es, puede ser, el curso de la vida de todo un Gobierno.

Luz sobre el Opus Dei

Alberto Moneada ha escrito, en España y en 1972, un nuevo libro sobre el Opus Dei. Al parecer, libro no ha podido ser publicad por no sé cuáles razones. Un libro veraz y serio sobre lo que es y 1 que pretende el Opus Dei han falta en España. Somos mucho los que apenas disponemos de otra fuente de información que aquel.

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G.i.» en Madrid)

otro libro de Infante, divulgado en 1970, que se titulaba «La Santa Mafia» y que fue acusado inmediatamente de mentiroso y falaz.

La revista «índice» ha publicado, ahora el prólogo del libro de Moneada y se lamenta de que «recientes sucesos políticos españoles den pie a la sospecha de que caemos en especie alguna de oportunismo».

Tengo la impresión de que precisamente esos sucesos políticos hacen aún más necesario y urgente un conocimiento serio de lo que es la Obra. El Opus Dei es algo que aún hoy está rodeado de veladuras e intransparencias, y parece que quiere presentarse como un fenómeno religioso que sólo pueden entender los iniciados. Pero la verdad es que hay hechos, y no sólo religiosos, que el pueblo llano achaca a actitudes o actividades de la Obra, y aquí toda luz sería beneficiosa. «¡Aviados estaríamos —exclama el autor del libro— si todo el mundo pudiera justificar sus acciones por una especial "venia" de la divinidad!».

Todos recordamos una famosa nota de la Oficina de Información del Opus Dei en la que se aclaraba que en el Gobierno español sólo había un Ministro que fuese miembro de la Obra: don Laureano López Rodó.

Parece ser que en el gobierno Arias no hay Ministro alguno que pertenezca a la Obra, y algunos comentaristas han afirmado, más o menos abiertamente, que los >tecnócratas> han sido desalojados de las más altas áreas del Poder. Quizás sea éste buen; momento para que todos sepamos a qué atenernos respecto de la organización, miembros y fines del Opus Dei.

Voy a decirlo con palabras del autor del libro: «El fenómeno Opus Dei, como tantos otros que oculta el misterio o el secreto, tiene poco interés para el gran público, una vez conocido. Nadie se interesa morbosamente por el comportamiento de unos miles de católicos que tratan a su manera de ser consecuentes con su fe, a menos que a tal grupo se le atribuya, como es el caso, la mitad de las venturas o desventuras de un país. De ahí que por el simple procedimiento de contar la verdad se puedan pinchar los varios globos -que entre todos hemos inflado: el Opus Dei y la política, el Opus Dei y los negocios, etcétera». Bien; pues vamos a ello.

Entre fantasmas

Como uno tiene la a veces penosa obligación de leer todo lo que cae en sus manos, también a veces leo una sección que firma «Ramón de Tolosa» en la revista de don Blas Pifiar, «Fuerza Nueva». Este «Ramón de Tolosa» es un comentarista de ataque. Más de una vez me ha extrañado que, desde posiciones que se proclaman falangistas, ataque a personas de muy limpio falangismo, de reconocido ascendiente político e intelectual en la doctrina de José Antonio, y de pensamiento perfectamente coherente y nada contradictorio. «Ramón de Tolosa» reparte adjetivos mortificantes y calificativos injustos, prodiga denuncias no probadas y usa ese lenguaje que uno quisiera ver desterrado del diálogo de nuestra convivencia.

Más de una vez he sufrido sus embestidas —que ya tengo olvidadas, entre la tranquilidad de conciencia, la alegría de ver mi nombre unido a otros muy estimados como los de José Miguel Ortí Bordas y Gabriel Cisneros y la desgana cada vez mayor de responder a acusaciones insensatas—. Ahora, «Ramón de Tolosa» denuncia en su «Crónica nacional» de «Fuerza Nueva» el «caso de un "alto cargo"» de TVE que hizo su entrada en el despacho con estas o parecidas palabras: «¡No quedará por aquí todavía ningún falangistón, nazi o fascista! ¿Verdad?». Añade que el padre de este «alto cargo» de Televisión es un conocido falangista y que en este momento ocupa un cargo oficial importante. Lo que no dice es el nombre.

En realidad, «Ramón de Tolosa» no dice el nombre de la persona a quien acusa, ni tampoco dice su propio nombre. ¿Quién es este «Ramón de Tolosa» que reparte credenciales de ortodoxia falangista, de fidelidades al Régimen de Franco y anatemas de inquisidor moral y político? ¿Desde qué autoridad personal, desde qué prestigio y desde cuáles fidelidades concede avales y descarga anatemas? Porque con esta broma de los seudónimos en las secciones políticas de los periódicos, uno se encuentra siempre rodeado de fantasmas.

¿Quién es este fantasma que se esconde detrás del nombre de «Ramón de Tolosa»?

Este falso nombre y esta manera y estilo de escribir, aparecieron en la prensa española poco después de que apareciese —o reapareciese— entre nosotros un señor llamado César Esquivias, que tuvo despacho en secretaría general del Movimiento y que es autor de un libro titulado «Retorno a cero», publicado en Bogotá en 1963. En este libro he encontrado curiosas afirmaciones. Por ejemplo, esta: «Hay que tratar de formar una España nueva partiendo de cero». En un diálogo político, el autor expone y define su posición política: «Tú sabes —le digo— que por ejemplo un grupo muy grande de los falangistas hoy es antifranquista. En realidad los verdaderos lo fuimos siempre y unos de una forma, y otros de otra, luchamos por ello».

Más adelante este «exilado voluntario» exclama: «¡Demos al antifranquismo español un sentido nacionalista de exaltación de los valores patrios y verás cómo la inmensa mayoría de la juventud que militó con camisa azul acude a la llamada!». Y así podría reproducir otras «perlas» por el estilo. . Ante estos documentos, no tengo más remedio que preguntarme: ¿Estamos ante la ferocidad de un converso? ¿O nos hallamos ante un consciente y deliberado sembrador de confusiones?

Otra vez la participación.

En vísperas del discurso del señor presidente del Gobierno, el diario «Arriba» publicó un artículo de Adolfo Muñoz-Alonso en el que se hablaba de un tema que rueda por la política española desde hace algún tiempo: la participación. Muñoz-Alonso afirma algo que me parece muy digno de tenerse en cuenta —mejor diría: muy digno de haberse tenido en cuenta— al momento de iniciar un camino de ensanche y desarrollo de la participación política de los españoles.

Dice así el profesor: «El primer deber del Estado en esta hora no reside en proclamar el derecho de participación, sino el de preparar a todos y cada uno de los ciudadanos para una participación responsable y capacitada en todos los órdenes de la vida: trabajo, producción, cultura, política, religión, empresa, sociedad. Este deber fundamenta] y primario del Estado se llama educación».

¿Quién podría no estar conforme con las palabras del profesor? Y por eso, ¿no será también primer deber del ciudadano que quiere participar, el de exigir al Estado la educación suficiente para participar de una manera responsable? La solicitud de una participación prudente y progresiva, cada vez más activa, ¿no será ya la superación de la primera prueba de madurez? Y la proclamación del derecho de participación, ¿no será un necesario reconocimiento, por parte del Estado, de los objetivos y fines a los que se encamina y tiende la política de educación? No cabe duda de que el profesor Muño-Alonso ha escrito uno de los artículos más «participantes» de los que se han publicado en la prensa española. Porque uno de los grados más responsables de ¡a participación política es el de recordarle públicamente al Estado nada menos que «su primer deber en esta hora». ¡Gracias, profesor!

Epílogo breve

Sospecho que hoy he andado por el laberinto de Madrid con menos desenfado que otros días. Hay ocasiones solemnes en las que hay que vestirse con el traje de la ceremonia. Y ahora apenas me queda tiempo para saludar ese busto de don Julián Besteiro que ha sido instalado en el Palacio de las Cortes; para despedir a don Laureano López Rodó, camino de Méjico; para saludar el cumpleaños de Madrid corte; para enviar un recuerdo a Larra en el aniversario de su muerte; para lamentar que no vayamos a Munich. No se puede «participar» en todas las áreas a la vez. Y el anuncio de la participación política coincide con el paréntesis de nuestra participación futbolística a escala mundial. Parece ser que enviamos a Francfort un equipo inmovilista. Pues. ¡a entrenarse! O como diría el profesor Muñoz-Alonso: ¡a educarse!

 

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