Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   José María de Areilza y el sucursalismo     
 
 Informaciones.    06/09/1975.  Páginas: 2. Párrafos: 9. 

JOSE MARIA DE AREILZA Y EL SUCURSALISMO

Por Josep MELIA

Jose María de Areilza, a quien la «Revista de Estudios Políticos» llamó el espécimen del español ideal de

los años 50, escribe con una suavidad y una ponderación que ocultan a veces el verdadero sentido

polémico de sus intenciones. Su artículo sobre el sucursalismo, expresamente dedicado y servido a las

derechas catalanas, tiene la tersura de los sofismas y la elocuencia de las arengas. Es un texto para

convencer, no para clarificar.

Su refutación del sucursalismo, por consiguiente, tiene una coherencia maniquea, un discreto encanto

surcado por una voluntad de diálogo y el instinto de la necesidad de poner en marcha una organización

política que yo no me atrevería a refutar. Aunque lleva en sus entretelas el presagio de una estructura

política frente a la que muchos hambres de la periferia no podemos sino expresar nuestra repulsa y

nuestra desilusión.

«¿Es que puede llamarse sucursalismo cuando se trata de una coincidencia de pensamiento, y de criterios

que tienen su raíz en la analogía de los problemas y en la identidad de las soluciones?» En esta

interrogante; que sintetiza la carta de batalla del conde de Mótrico, se agazapa la equívoca dirección de su

planteamiento. No es posible en efecto, llamar sucursalismo político a aquella coincidencia.

El antisucursalismo no es una sucesión de emiratos con pretensiones, radicales de originalidad. No

estamos, tratando la existencia de taifas filosóficas capaces de caer en el error por el prejuicio de ser

diferentes incluso a costa de la verdad. La pregunta, pues, está :mal planteada a pesar de su apariencia

ingenua y contundente. En lo que calla, en lo que oculta, es perfecta expresión de un sentido renovado del

sucursalismo, de su puesta al día El sucursalismo no es una exclusiva de las derechas, aunque se acomoda

mejor a su antipensamiento La derecha patrocina un concepto intocable de la unidad política dogmático e

irracional que presupone ya una organización centralista. Una parte de la izquierda sin embargo, es

víctima de la misma concepción del Estado. El sucursalismo, a tenor de ello nace de la convicción porque

creo que es sincera habla de convicción y no de táctica, de que hay que conquistar primero la libertad los

derechos democráticos, paro que llegue luego el momento de hablar del regionalismo.

La organización política general y la de cada partido o asociación, se concibe, como una maquinaria para

la conquista del Poder. Y el país de hecho, queda convertido en un gran distrito electoral en un

mosaico de clientelas que proporcionan votos y diputados para impulsar las reformas o para combatirlas.

Los partidos son controlados por un grupo de ciudadanos absentistas que viven en la capital y que cuentan

con el consenso y la adhesión de los cacicatos locales. Sus programas sus órdenes, sus principios, se

deciden unánimemente y se desparraman por todo el país como una circular administrativa. Se acaba en la

desertización política, en el provincianismo y en la ruindad intelectual.

No hago una caricatura. Así, ocurrió en nuestra historia inmediata. Así ocurre en Francia. Así se están

poniendo en marcha las asociaciones légales y los partidos clandestinos. Así se configuró la ilegal Junta

Democrática de España. Creo que este último ejemplo es revelador Cuatro o cinco señores en París, se

reunieron para organizar una plataforma de la oposición. A partir de ahí, como un cornetín de órdenes,

han recorrido las provincias reclutando adictos, uniendo voluntades a un programa previamente

elaborado y ante el cual sólo cabía la adhesión como si fuera el contrato de la luz o del teléfono, y

creando organismos a escala provincial, comarcal o local, con la misma estructura que el organismo

central. Así más o menos, se producen los recogefirmas de las Uniones Alianzas del señor Solis. Los

conclaves, las iniciativas, las decisiones, se adoptan en el centro. Y la estructura de los partidos parece el

organigrama de un Ministerio o de un organismo autónomo. Hemos caído en la macrocefalia capitalina.

Sólo Madrid es oficina principal. El resto es una serie de sucursales. Como en el teatro, o en los grandes

almacenes, sólo Madrid es España, y el resto, tierra conquistada.

A esta circunstancia obedece el repudio al sucursalismo. Los enemigos del sucursalismo patrocinamos un

entendimiento federalista de la vida. No es necesario que los enviados de la Corte suprema despierten

vocaciones o nombre delegados, no es preciso que con su ciencia ayuden a descubrir los problemas o

acudan a redimir las provincias. Los problemas, los nombres, las ideas, existen desde mucho antes que a

nadie se le ocurra movilizarlos o repartir desde arriba boletines de inscripción. Y todos ellos deben tener

derecho a que los cuadros de encuadramiento se ajusten a su base territorial, al ámbito donde los acentos

se identifican y se reconocen, que sean traducción de una voluntad global y colectiva de realizar la

historia de una manera conjunta.

Las diferentes regiones españolas aspiran al reconocimiento de sus particularidades y a la obtención de

una estructura adecuada a ellas. Y, lógicamente, les piden a las fuerzas políticas que sean consecuentes

con tales principios y que ajusten su propia estructura interna al programa político que dicen mantener.

Por eso, la cuestión del sucursalismo tendrá siempre tanta importancia. Es el todo o nada de la

ejemplaridad, la mejor manera de predicar con hechos, la medida exacta de la sinceridad. Hay mucha

gente que ve con pasmo el deseo de heredar el Estado o de sustituir simplemente a sus usufructuarios.

Una verdadera reforma política debe ir mucho más allá. Y para ello, dígase lo que se quiera no basta con

buena voluntad y mucho menos con buenas palabras. Hay que demostrar las convicciones en el terreno de

la praxis.

Reconozcamos la libertad, respetemos el derecho de los hombres y de las comunidades a decidir por sí

mismos y las coincidencias y los criterios comunes surgirán sin problema alguno. Habrá ocasión para el

entendimiento y la suma de esfuerzos. Será posible unir los brazos para la realización de un proyecto de

vida en común. ¿Centralismo o sucursalismo?

 

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