Autor: Herrero, Pedro Mario. 
   La riada     
 
 Ya.    14/07/1977.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA RIADA

El pueblo soberano ha entrado hoy en el Con-greso de Diputados. Después de cuarenta años de forzoso

silencio, el pueblo español habló y la riada se lo llevó todo, o casi todo. Cuando se abren las compuertas

del cielo y llega, la creciente, el árbol que no tiene raíces flota, arrancado de cuajo, sobre las aguas.

Cuando se vive apartado de la realidad, del tiempo nuevo, del respirar (le la calle, el nudo que se creía

apretado se deshace como por obra de un prestidigitador y la paloma desconocida tiembla en la mano de

la magia.

Fue como un pasmo para muchos; fue como una dolorosa revelación aquel 15 de junio. ¿"Cómo es

posible? ¿El pueblo no piensa igual que yo?" "No, señor; no piensa igual que usted." "¿Cómo es posible?

Yo he luchado por él, yo le he. dedicado años de mi vida." "Sien. Pero el pueblo no -piensa igual que

usted." "O sea, que se me ha caído una venda de los ojos, ¿no es así?" "El pueblo, eso es lo que yo sé, no

piensa igual que usted."

Habló el pueblo, como se sabe, en la primera ocasión que lo dejaron, y la riada se lo llevó todo, o casi

todo. Hoy se oía clañsimamente el rugido de las aguas en los pasillos y salones de las Cortes. Si alguien

hubiera escrito la verdad, lo que yo he visto hoy con mis ojos, hace año y medio, hubiera sido encerrado

no en la cárcel, sino en un manicomio. Esto es lo que pasó: "Oiga, usted. El dio- trece de julio de mil

novecientos setenta y siete.van a ser vicepresidentes Ael Congreso de Diputados Dolores Ibarruri y Rafael

Alberti." Seguramente el interlocutor se hubiera reído a carcajadas; seguramente . hubiera-apretado el

paso huyendo de un peligroso paranoico. La nada se lo llevó todo, o casi todo, de aquello que los hombres

de buena voluntad consideraban que quedaba atado y bien atado. Tal ves el error era el automatismo; tal

ves el error era creer las consignas que ellos misinos daban; tal vez el error era pensar que la palabra paz

serenaba espíritus y acallaba las bocas. Pero una sola palabra no es suficiente para que los hombres vivan

felices. Como tampoco una sola voz es suficiente. Cuando muere un autócrata,, sea. el que sea, llega el

tajo, el vacío y el olvido; ahí está la historia de las historias: cae a velocidades fantásticas sobre, todo

aquello q«*e no permitió nada más que el eco « su láUo.

La riada se lo llevó todo, o casi todo. El decir que sí como autómata para permanecer en los puestos

privilegiados; el ser reyezuelo indiscutible en su territorio intocable; el escoger a. los pajes a dedo; el

imponer leyes contando Solamente con el aplauso y no con el cambio de impresiones. La riada se llevó a

los jef«cilios a los que había que darles la rosón o dimitir.

ALU estaban en las Cortes los hombres nombrados por el pueblo. .Allí estaban cuarenta supervivientes y

310 hombres nuevos. Los primeros, con las. heridas de los antiguos recuer--aos. Se encontraban, se

abrasaban y se decían, que yo lo oí muchas veces: "Aquí estamos otra, vez después de todo lo que

pasamos." El pueblo, en la riada, se había, colocado en las. orillas del río y íe,s había tendido la mano.

Allí estaban los nuevos, como campesinos en-trttnda en un palacio, moviéndose lentos, escu-. armando,

aprendiendo los lugares: .este es mi escaño, esta es mi fila, este es mi cenicero. Eru lo mismo,

exa.ctamente lo mismo, que los sóida-. dos (fu-e llegan a primera línea, por primera- vez. Este es el

parapeto, muchacho. Apoya siempre el fusil sobre los sacos terreros. Los sacos terreros debes sentirlos, en

tu pecho, no en la espalda." Gente joven,´gente desconocida, senté pensativa y hoy poco habladora; gente

que miraba a los ujieres y a los camareros a aquellos mismos fieles servidores de las Cortes que

escucharon durante cuarenta años que un hombre de izquierdas era un peligroso delincuente que había

que encarcelar ´de inmediato.

La riada- se lo llevó toda, o casi todo. Allí estaban unidos los de antes y los de ahora. Aquellos que alguna

vez dieron órdenes de exiliar, de detener, de perseguir, y aquellos otros que se exiliaron, que /-itero» a

prisión y. sufrieron largas condenas. Cada uno se unía a su grupo, cierto; pero no había más separación

entre los. antiguos antagonistas que unos milímetros en la, barra del bar o el puro espacio de. una mesa

cercana a otra. Allí había trajes de buen corte, de sastres caros, corbatas delicadas y allí había también

trajes sencillos, pero correctos, y con el botón superior de la camisa desabrochado, sin corbata alguna. Era

un cambia brutal; era el aire nuevo que entraba a bocanadas en la calurosa mañana del verano; era la

sonrisa, . et paso, el ademán tranquilo de los hombres que pensaba para su entretela: "Yo estoy aquí por-

que me ha escogido mi pueblo, el pueblo de lo Patria donde vivo. Yo no estoy aquí porque me han

señalado con el dedo." Todo parecía- relajado, natural. No había protocolo, ni posturitas para, darse

importancia, ni palabras de mando, ni sensación alguna de poder absoluto. Eran unos cientos de hombres

que enseñaban el hermoso cheque de sus votos y a ver qué pasa. Era», así lo espero, los vigilantes de la

corrupción, de los abusos, de la impunidad en las faltas contra todo un país. Eran, sencillamente, nuestros,

representantes en la noche, dispuestos a ocupar las garitas cercanas al polvorín y después de decir

"´¿Quién vive?" tres veces, dis-parár. sin que les tiemblo el pulso.

La riada se lo llevó todo, o casi todo. Hoy día a recordar en la historia, 13 de julio de 1977, e! pueblo

soberano entró, después de cuarenta unos, e-n el Congreso de Diputados.

Pedro Mario HERRERO

 

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