Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Carta a dos esposas españolas     
 
 ABC.    13/02/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. DOMINGO 13 DE FEBRERO DE 1977.

Carta a dos esposas españolas

Señoras: Permítanme que en estos momentos de alegría, al tener junto a ustedes y junto a sus hijos el

calor de la presencia de sus esposos, me una de todo corazón a su contento. Y permítanme también que,

rompiendo quizá su intimidad, me atreva a dirigirme públicamente a ustedes no para, pedirles nada, sino

para presentarles ante los lectores de esta columna de ABC como ejemplo de mujeres españolas. Porque

han sido ustedes, señoras, quienes, en la superación de la angustia, en la fe nunca perdida, en la

constancia en la oración, han llegado al corazón de millones de españoles de toda condición, de todas las

regiones.

Si ha habido algo ejemplar en el terrible episodio del secuestro de sus maridos —y ha habido un rosario

de ejemplaridades— habrá de ocupar lugar destacadísimo la entereza de ustedes. Fueron curtidas en el

dolor de la separación, en la incertidumbre del resultado, en la urgente y continua necesidad de dar

ejemplo a quienes les rodeaban. Y han sabido estar a tono con la circunstancia, y desde sus hogares

infundir el ánimo necesario a sus esposos, que tanto precisaban de él. Unidas con ellos en una misma fe,

enlazadas con ellos por la oración. Dios ha querido premiarles ahora con el retorno de esos seres queridos.

Esposas son ustedes de dos hombres que han aprendido la suprema asignatura del honor entre soldados y

que han hecho de ese honor parte esencial del aire mismo que respiran, aliento sustancial de todas sus

acciones, fundamento también de la Justicia a la que sirven.

Es ese mismo honor compartido el fundamento del sacrificio en el cumplimiento del deber de los

hombres que han hecho posible el rescate. Quienes en ello han intervenido, desde el ministro hasta el

último número de la Guardia Civil o de la Policía Armada, pasando por los abnegados, inteligentes y

eficacísimos miembros del Cuerpo General de Policía, ven en ustedes, señoras, ejemplo de conduela de

tal índole que, me consta, ha sido acicate importantísimo para no regatear esfuerzos y conseguir el difícil

objetivo.

Y algo más quisiera decirles; ayer, casi a la misma hora en que sus esposos eran liberados, cayó

asesinado, en cumplimiento de su deber y por las mismas hordas intoxicadas por idéntico odio

revolucionario, un policía más, don Antonio López Salcedo. Tenia veintiún años —como cualquiera de

sus hijos—, había ingresado en el Cuerpo no hace todavía nueve meses y era el suyo el primer destino en

el que servia a España. Deja una viuda joven y un hijo de diecisiete meses. Yo sé muy bien, señoras, que

el dolor de esa española lo hacen ustedes suyo y que nunca le faltará ni el consuelo de sus oraciones ni al

afecto que desde ahora les une indeleblemente.

Es así. En medio de la alegría de estar otra vez juntos, la tristeza de saber que en otro hogar español se ha

instalado, para siempre, el luto. Pero, por encima de todo, les une el legítimo orgullo de saber que sus

maridos han servido en cada instante y generosamente aquello que juraron defender con su vida y que con

su vida ha defendido gloriosamente don Antonio López Salcedo: la bandera de España.

Besa respetuosamente su mano, José María RUIZ GALLARDON.

 

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