Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   La transición     
 
 ABC.     Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

LA TRANSICIÓN

Transición es, según el diccionario académico, cambio o mudanza de un modo de ser o de estar a otro

distinto. Es decir, que la transición es cambio. Modificación en el modo de ser o de estar. Mucha gente

está de acuerdo en que España se acerca a su hora de transición. La sustitución del Generalísimo Franco

por el Príncipe Juan Carlos en la Jefatura del Estado será, cuando tenga lugar, el instrumento clave de esa

transición.

Durante casi cuatro décadas el mando supremo del poder ha sido ejercido de un modo total y omnímodo

por quien tiene, desde la guerra de 1936, facultades jurídicas para hacerlo, y ha impregnado con el

alcance de su poderosa personalidad la entera vida pública española por encima de fórmulas, principios o

tesis dogmáticas. Cuando se empleaba la expresión «la España de Franco», se afirmaba una realidad

fáctica que sería ocioso desconocer.

Los francólogos y los sociólogos se han dedicado en los últimos años, con más empeño que realismo, a

analizar los supuestos múltiples elementos que componían, como un mosaico, la final resultante del poder

de Franco. Sus ensayos son interesantes y amenos, pero poco útiles para el historiador de mañana. Aquí,

desde 1936, y por las diversas concausas que se conocen, derivadas unas de las circunstancias históricas

de la guerra civil, de una guerra mundial y de ambas posguerras, y procedentes otras de la excepcional

identidad del personaje, ha habido «mando de uno», en el sentido literal y político de la locución. Por eso

es compleja, importante y delicada la operación transicional.

Creo que es preciso que la clase política se empiece a poner de acuerdo sobre las palabras y su contenido,

como premisa indispensable para responsabilizarse en la hora de la transición. El resto es demagogia de

uno u otro signo Y la primera de las condiciones de una transición viable es huir de la retórica de los

demagogos como de una plaga peligrosa. Empecemos por llamar a las cosas por su nombre. Y a no tener

miedo. El temor engendra, casi siempre, las catástrofes civiles. Se mata por miedo, en las revoluciones, en

mucha mayor medida que por odio. Hay que suprimir entre todos el temor en vez de fomentarlo, sin

cesar, como ahora ocurre.

Tenemos, por ejemplo, la palabra cambio, que provoca encontradas reacciones en una y otra banda.

«¿Para qué se quiere el cambio?» «¿Por qué el cambio por el cambio?» «¿Qué es lo que se quiere

cambiar?» «¿Para qué cambiar lo .que nos ha ido tan bien?» «¡Ahí tiene usted a los portugueses, que se

empeñaron en cambiar y han acabado en el soviet militar!» Son expresiones que oímos todos les días

arrojadas como argumentos contundentes a la cabeza del interlocutor. Yo contestaría, discretamente, que

toda esa dialéctica me parece vana, porque el cambio ya se ha producido y sigue en trance de alterarse

más cada día.

Hablar, en la España del 75, de si se va a cambiar o no es vivir con los ojos vendados. El cambio social,

económico, cultural, religioso y vital es tan enorme, tan flagrante, que tropezamos con él a

cada momento. Es otra España la que tenemos ante nosotros. Decir que es mejor o peor que la de antaño

sería una simpleza infantil. La impresionante ascensión de la clase media y de la clase laboral a la holgada

permeabilidad social es un hecho de tal importancia que a mi modo de ver condiciona una buena parte de

la solución del futuro en el orden político.

Porque aquí radica, a mi modo de ver, la cuestión básica de la transición: en el aspecto político. El

ministro Solís decía que hay que alcanzar la democracia política para que España entre de Heno en el

siglo que vivimos. En esa afirmación estamos de acuerdo muchos, y lo que habría que precisar es el

método para que esta meta se lograra lo antes y lo mejor posible. Para ello conviene que se precise lo que

se entiende por democracia política. Ese concepto está, a mi entender, vinculado de modo indeclinable

con el de soberanía, determinando el lugar o el cuerpo social en el que reside la soberanía.

Para mí, como para muchos otros españoles, la soberanía reside en la nación, en la colectividad. Es decir,

que es a ella a la que corresponde de alguna manera decidir su destino y su forma de gobernarse. La

democracia es e! sistema de organizar con la mayor libertad, con la mejor autenticidad posible, la

búsqueda de las tendencias dominantes en la sociedad para imponer un rumbo temporal al poder

ejecutivo, fiscalizado, a su vez, por la representatividad. Mientras la alternativa de acceso al poder quede

abierta para los otros grupos o sectores que no lo ejercen, puede decirse que funciona el sistema porque

está vigente uno de sus principios fundamentales. Otro de esos principios consiste en que los diversos

grupos o sectores respeten las reglas de ese juego, sin lo que cualquier intento de instituciones

democráticas no resulta válido.

Repetir estas cosas parece ejercicio de obviedad. Sin embargo, conviene refrescarlas en medio de tanta y

tan deliberada confusión. Cuando se sostiene que la soberanía no reside en la nación, sino en una clase, en

un partido, en un estamento o en una burocracia, el régimen político puede llamarse como se quiera, pero

no es un sistema democrático. Y, como es natural, no respeta el criterio mayoritario —casi siempre

perqué no le es favorable—, ni tampoco deja abierta la alternativa de poder a los demás. Eso hacen los

sistemas autoritarios o totalitarios de la izquierda o de la derecha. Confiscan la soberanía arrogándose la

representación de la nación. Unas veces lo hacen en nombre del patriotismo, otras veces en nombre del

proletariado. Pero de lo que se trata, en cualquier caso, es de secuestrar la manifestación explícita de la

voluntad de los más.

Hay que ir, en España, hacia un sistema de democracia política que corresponda de alguna manera con el

cambio social, ya producido, en extensos sectores de nuestra población. Que esa adecuación haya de

realizarse de modo gradual y evolutivo, sin explosiones repentinas, es cosa que personalmente he

mantenido ´siempre. Pero hay que aclarar bien los perfiles de lo que se trata de conseguir, no vaya a ser

que estemos hablando de cosas distintas. Alguien se preguntaba, no hace mucho, refiriéndose -a quienes

sostienen que el actual estatuto asociativo es angosto: «¿Pero qué es lo que se quiere que transite por esos

cauces?». Yo pienso que por esos cauces asociativos deben transitar todos los españoles mayores de edad.

Y a ese volumen debe adaptarse la anchura de los caminos.

Para que la transición sea una operación racional y viable deberíamos examinar en primer lugar este

problema, que a mi juicio lleva aparejado el contenido de los demás. Me temo que no sea ése el espíritu

que predomina en ciertos núcleos y sectores bien influyentes. Se piensa más en el mantenimiento de

posiciones que por lo visto se consideran tan excepcionales y privilegiadas que necesitarían de toda una

muralla para rodear hoy —y sobre todo mañana— su inexpugnable intangibilidad. Planear a estas alturas

un sistema de intocables para el porvenir pertenece, a mi entender, a la ciencia-ficción. Las generaciones

pasan y las circunstancias también. Si se quieren perpetuar valores e ideales que parecen importantes para

el mantenimiento de la cohesión social del país, no creo que, la mejor forma de hacerlo sea la de levantar

más metros de parapeto y almenaje, sino la de salir del recinto y tratar de exponer en forma atractiva —y

poco bostezable— los elementos fundamentales de la doctrina en cuestión. O como diría un político

norteamericano: ofrecer a la opinión un producto vendible. ¿Ofrecerlo a quién? A los millones de gentes

que acampan desde hace años fuera de la fortaleza, mirando, entre escépticos y desinteresados, lo que

ocurre dentro de ella.

¿Podremos hablar un lenguaje común de entendimiento, alrededor de una mesa, los veinte, los cincuenta,

los cien españoles que por una u otra motivación deben ponerse de acuerdo para esos fines? A mi.

parecer, sí. Y es urgente hacerlo, porque fuera del reducto muchos millones de compatriotas nos miran de

reojo y esperan. ¿Qué esperan? A mi juicio, en su inmensa mayoría, una transición que les permita vivir

en paz, convivir en libertad, estar protegidos por un estado de derecho y regirse democráticamente. ¡Ah!

Y, por supuesto, seguir adelante en un desarrollo económico que les ha permitido realizar un cambio

social fundamental en su vida y en su trabajo.

¿Cómo llamaría yo a esa convención de hombres sinceros que concurren a ¡a mesa para buscar un terreno

de solidaridad en sus propósitos? Se le puede llamar pacto nacional o se le puede llamar compromiso

histórico. Porque unos y otros habrán de transigir en personalismos, en soberbias, en vanidades, en

dogmatismos y en amores propios. La transición será también, en alguna medida, una transacción.

Pero si no se le quiere dar un nombre al cónclave, yo lo concibiría como una junta suprema central para el

progreso, la libertad y la grandeza de España.

José María DE AREILZA

 

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