Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   El Rey, en las Cortes     
 
 Informaciones.    22/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL REY, EN LAS CORTES

Por Abel HERNÁNDEZ

Oí: ha abierto la «puerta de los leones del palacio >´ de las Cortes para que entraran los Reyes de España.

Un hermoso dosel cubría la puerta de las grandes solemnidades. Había alfombras, y los representantes del

pueblo iban vestidos de oscuro. Un aplauso cerrado ha acogido la presencia de los Reyes. La nota negra la

ha dado el P. S. O. E., que no ha aplaudido. Después, Su Majestad ha pronunciado el discurso de la

Corona. Las Cortes —el Congreso y el Senado— han quedado oficialmente constituidas. Se ha abierto la

Legislatura de la democracia.

Cuando los historiadores recojan estas efemérides, calificarán probablemente a don Juan Carlos I como

«el Rey del cambio y de la reconciliación);. Con la Monarquía ha llegado a España la democracia. La

Corona ha sido la pieza clave de la transición. Sin esta pieza, el engranaje del Estado, tras la muerte de

Franco, no hubiera funcionado. En el gran salón de las Cortes no se habrían sentado hoy ni los comunistas

ni los socialistas marxistas. Las Cortes no serían —si es que había Cortes— demócratas. Se trata, como

ha dicho el Rey, de «la consolidación de un sistema político libre y justo, dentro del cual puedan vivir en

paz todos los españoles». El Rey ha cumplido su compromiso histórico: «el establecimiento pacífico de la

convivencia democrática sobre la base del respeto a la ley, manifestación de la soberanía del pueblo».

Don Juan Carlos ha insistido en que ya están puestos los cimientos, el punto de partida para lograr «una

España armónica en lo político, justa en lo social, dinámica en lo cultural y progresiva en todos los

aspectos, basada en la concordia y con capacidad de protagonismo en el mundo».

El Rey Juan Carlos ha sorprendido, desde su entronización, a muchos. Los que tal día como hoy

aplaudían en las mismas Cortes —¡pero tan distintas!— la decisión de Franco de hacer a don Juan Carlos

sucesor a título de Rey y los que aquel día no aplaudieron, contaban con un Rey «domesticado»,

continuador del viejo Caudillo. Ha sido todo lo contrario. Con cautela, con infinita paciencia y con la

prudencia más exquisita, ha conseguido, sin traumas ni rupturas, apoyado por el pueblo y por unos

gobernantes eficaces, que hoy nazca otra España, con otra piel y con otros horizontes. Ahí están las

Cortes de la esperanza, elegidas por la libre voluntad popular.

Los republicanos nostálgicos de la izquierda caduca están quedando desarmados y en ridículo. «La

democracia ha llegado —ha dicho el Rey—. Ello es innegable. Pero saben perfectamente que falta mucho

por hacer, aunque se hayan contenido en corto plazo nietas que muchos se negaban a imaginar. Ahora

hemos de tratar de consolidarla.» Y más adelante, tras una llamada a la definitiva reconciliación nacional,

don Juan Carlos ha dicho: «La institución monárquica proclama el reconocimiento sincero de cuantos

puntos de vista se simbolizan en estas Cortes.» Y ha apelado a la tolerancia mutua, como «única vía hacia

el futuro de progreso y prosperidad que buscamos y merecemos».

Se ha definido «Monarca constitucional», ha dicho que «la Ley nos obliga a todos por igual», ha pedido

que «no haya exclusiones» y ha asegurado que «la Corona desea una Constitución que dé cabida a todas

las peculiaridades de nuestro pueblo y que garantice sus derechos históricos y actuales». El Rey ha pedido

especial atención a los más pobres y la reforma del orden social, procurando que no existan

«desequilibrios perturbadores».

Ha sido un discurso justo, lúcido, progresivo y abierto a la esperanza. Hemos vivido un día histórico. En

Es-pana va a ser posible la convivencia civilizada, la libertad y la justicia.

 

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