Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Monarquía y libertad; La clase política; Las campanas de la apertura; Eurofestival por rumbitas; Repoblación forestal     
 
 Gaceta Ilustrada.    28/02/1974.  Página: 56-57. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

Monarquía y libertad.

HABLABA José Miguel Ortí Bordas en el «Club Siglo XXI». Hay una fotografía en la que se ve a dos ministros, y los dos gallegos: Antonio Carro y Pío Cabanillas, cuchicheando. Otro ministro, José Utrera, escucha con los brazos cruzados. El ex ministro «eficacia», Federico Silva, con sus gafas y su aire de «primero de la clase», oye —es decir, dialoga, como diría Juan de Mairena— con mucha atención. Quizás el orador —un orador Insólito: sin papeles ni guiones— está diciendo en ese momento que las asociaciones políticas son necesarias y urgentes y que al Príncipe hay que darle resuelto el problema de nuestra organización política.

Hay otra fotografía en la que el señor presidente del Club, Antonio Guerrero Burgos, pone e! oído con un gesto casi cartesiano, de duda metódica; uno de los vicepresidentes, el general Cavanillas, tiene el aire de un • escrupuloso miembro de algún tribunal de oposiciones; y otro vicepresidente, el profesor Muñoz-Alonso, con el puño derecho en la barbilla, las cejas enarcadas y los ojos despiertos y penetrantes, ensaya la figura conciliante entre la estatua del «Pensador» y el encargado del «nihil obstat» de la ortodoxia política del Régimen. «Los españoles estamos equipados para el verdadero disfrute de la libertad política». Y «no tenemos derecho a endosarle al Rey la organización de una libertad política que le debería venir dada».

En la sala, ministros y ex ministros; subsecretarios y ex subsecretarios, directores generales y ex directores generales. En una palabra, la flor y. la nata de la «clase política», esa clase política a la que Luis María Ansón acaba de dedicar uno de sus terribles artículos censorios:

después de los obligados y justos reconocimientos, la ha presentado, en buena parte, como una orden mendicante, como una minoría dirigente de mano tendida hacia los puestos y favores de la Administración.

La clase política

Ya se sabe que Ansón tiene la virtud de desatar terremotos periodísticos. Una vez habló de la necesidad de la «moderación», y hasta los más moderados se sintieron heridos. Otra vez habló de Ja «corrupción», y hasta los más honestos se sintieron inquietos. Ahora ha dicho que nuestra clase política anda necesitada de clarificación para que no dé el espectáculo de pedir puestos y canonjías de aquellos que son hostiles a su pensamiento político. Quiere que sepamos quién es quién y qué queremos cada uno, políticamente hablando. Dice también que la política requiere hombres capacitados y experimentados y no políticos improvisados desde la tribuna escolar de «número uno», como niñatos encumbrados. A ratos, la acusación de Ansón adquiere tonos de trueno clásico. Uno recuerda aquello que Temístocles respondió a cierto fenicio cuando éste le preguntaba que por qué iban tan mal los asuntos públicos. Era más o menos esto: «¿Y cómo quieres que vayan si están en manos de "stulti adolescentuli"?»

El artículo, entre otras cosas, ha servido para que la firma de Pedro Lámala haya vuelto a aparecer en un periódico. Y Pedro Lamata ha hecho la defensa de los «niñatos». Y ha hablado de nuestros movimientos pendulares. Hemos pasado —viene a decir— de los tiempos en que Ramiro Ledesma decía que después de los cuarenta nadie debería tener una responsabilidad pública a un momento en el que se pide experiencia y edad. Y eso lo dice Pedro Lamata desde sus sienes encanecidas en el servicio político sindical, duro y largo. Díganme ustedes si no es para estar esperanzado en el futuro dialogante de este país. Los más jóvenes analistas de la vida política piden años y experiencia a´los políticos, y ios que ya van entrando en la madurez ´senatorial rompen lanzas en favor de la juventud ilusionada e irruptora. ¡Bendito sea Dios!

Las campanas de la apertura

Queridos parroquianos: están repicando las campanas de la apertura. En la antigua residencia de los censores se mira con ojeada benévola las declaraciones del señor Gil Robles y del señor Tierno Calvan. El señor Ruiz-Giménez dice que las Cortes, en los últimos años, han sido menos aperturistas que los propios Gobiernos. Miguel Delibes anuncia un libro de título terrorífico, aunque nada tenga que ver con la política: «El príncipe destronado». Y nadie se asusta. Nadie se siente víctima de sobresaltos irracionales. Camilo José Cela, mientras lo hacen o no lo hacen nuevo promotor del Ateneo, dice en Londres que él ha puesto sus condiciones. Las condiciones consisten, así en líneas generales, en que el Ateneo vuelva a ser el Ateneo. También Cela ha hablado en Alemania. Aquí ha hablado de los más grandes escritores del siglo: Valle-lnclán, Baroja, Azorín y Cela. Camilo ha tenido la elegancia de hablar de sí mismo en último lugar. Lo que yo decía: nuestro diálogo entra por los buenos modales.

Hay más, hay más. De pronto un colegio de monjas, el de la Virgen de Loreto, se pone en tono posconciliar en eso de enseñar la religión y la moral. Claro es que en ese momento se arma la marimorena y llueven los anónimos. Los anónimos de protesta, claro. Pero ya ven ustedes que ya, aquí y ahora, cuando alguien quiere protestar de los nuevos aires que soplan, ya sea en el Estado, ya sea en la Iglesia, recurre al anónimo. La postura reaccionaria es, o empieza a ser, una actitud vergonzante. López Rodó ha vuelto de Méjico y se encuentra con las páginas de los periódicos y las revistas llenas de alusiones a la Obra. En la tercera página de «El Alcázar», dos obuses de gran calibre: un artículo de David Jato, que es David Jato, y otro artículo de Pedro Pérez Piedra, que es Luís Ponce de León. Y en «índice» el prólogo de Alberto Moneada a su libro sobre la Obra. Fernando Suárez, aquel orador parlamentario de una madrugada inolvidable sobre los números de la Universidad de Navarra, dimite de consejero de «Dyrsa», editora de «El Alcázar». ¡Los modos, los modos! El diálogo tiene sus reglas de juego. De pronto en «Fuerza • Nueva» ´se puede leer que eso de la apertura no está mal del todo. Doña Carmen Balcells tiene las Memorias de Neruda, entregadas por Matilde Urrutia, y las quiere publicar en España. Don Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno, pronuncia un discurso en el que se citan los versos de.don Antonio Machado, que descansa aún en Colliure. Señores: la España «vieja y tahúr, zaragatera y triste» está a punto de ser ya para siempre una España alegre y faldicorta. Según Ortí Bordas, el mayor ¿ogro del Régimen es éste: haber logrado que los españoles estemos maduros para ser libres, para organizamos, políticamente, la libertad.

Mientras Gromyko charlaba con Pablo VI, los obispos de la Comisión Permanente del Episcopado se reúnen en El Escorial, cerca de la Silla

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

de don Felipe II el Prudente. De momento, los obispos renuncian a publicar ese famoso documento sobre el momento económico. Se inaugura el «Mundo Balenciaga» con un dibujo de Joan Miró. Enrique Llovet quiere que volvamos a ver el «Tartufo» y que volvamos a oir aquello de «qué vivos son los ejecutivos». Pemán quiere que leamos pronto sus «Conversaciones con el Número Uno». Don Licinio de la çFuente, ministro de Trabajo y vicepresidente tercero del Gobierno, dice que la información, la participación y la representatividad son garantías necesarias (leen ustedes bien: necesarias) para resolver los conflictos laborales. Fernández Sordo hace declaraciones a «La Libre Belgique» y dice que el Sindicato español es un gran desconocido y que no es el Gobierno quien controla los Sindicatos españoles, sino todo lo contrario. Y además le propinar al periodista del periódico católico un cordial pescozón en la crisma con la «pacem in terris».

Señores parroquianos: repican las campanas de la apertura. Hace sólo unos años, las informaciones oficiales se repartían, en texto único e intocable, desde los despachos de la censura. En una ocasión, aquella información, única e intocable, se refería a la visita de una alta, altísima, personalidad del Estado a un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. Decía la noticia que al llegar la alta personalidad las campanas del pueblo habían «doblado». Alguien, desde la redacción de un periódico (tal vez desde la redacción de «Madrid», el «Madrid» de don Juan Pujol) hizo ver el error. Se debería decir que las campanas «repicaron» o «voltearon», o alguna otra cosa que no indicase un toque funeral. No hubo modo de convencer a los representantes de la Administración. Allí decía que las campanas «doblaron» y eso no lo podía mejorar ni el señor Hemingway. El periodista se resignó. Su único desahogo fue el de improvisar estos versos:

El doblar, que es toque serio, puede serlo de optimismo, si lo manda el Ministerio de Información y Turismo.

Todo esto es lo que va del Ministerio Arias al Gobierno Arias. Lo digo sin asomo de nostalgia, naturalmente. Pero también sin pizca de reproche. Hay veces en las que sólo en la obediencia se logra forjar la responsabilidad. Seguramente aquélla era una de esas veces.

Eurofestival por rumbitas

Ya saben ustedes. España-envía al Eurofestival de Brighton unas rumbitas de Peret. Ha dicho Peret que él sabía que su nombre estaba, como el de los altos cargos políticos, en una terna.

Juan José Rosón, que es mucho más imprevisible que casi todos sus paisanos galaicos, ha puesto el dedo designador sobre el nombre del «gitano catalán». Rosón es especialista muy acreditado en ganar concursos y convencer jurados. No puedo saber si esta vez también ganará para España el Eurofestival. Sería una manera de sacarnos la espirita de Francfort, porque es Inevitable que uno ponga, como decía hace poco don Joaquín Calvo Sotelo, un poco de gaita patriótica en eso del folklore como en eso otro del fútbol. Pero, de momento, ya han comenzado las especulaciones políticas. Unos ven en Peret la manera de incorporarse a Europa sin dejar de ser «diferentes». Y otros convienen en que eso de enviar a Brighton las rumbitas de Peret es un mazazo a la imaginación. Yo no quito ni pongo Peret, pero sí digo que no me gustan los coloniajes: ni los políticos, ni los folklóricos, ni los futbolísticos. Cualquier camino de perfección se hace desde la tradición, y todo lo que no es tradición es plagio, que dijo el maestro D´Ors. Las evoluciones políticas me gustan desde una Constitución nuestra, y no desde la traducción. La «participación» musical, desde las rumbitas. Y la incorporación a las nuevas tácticas del fútbol, desde Ja «furia española».

Y después, a ganar o a perder. Y, por supuesto, a aprender. ¡A aprender a inventar jo nuestro! Que luego no resulte que el Real Madrid fue un equipo llamado Alfredo di Stéfano, ni que el Barcelona es un equipo llamado Cruyff: «Cruyff de Fútbol Barcelona». El fracaso de Netzer acaba de costarle el destierro a Miguel Muñoz y está haciendo tambalearse ai mismísimo don Santiago Bernabeu. Se nos está ilustrando acerca de la fuerza de los cabellos de Cruyff y de los calzoncillos que usan los dos futbolistas importados. Mientras tanto, Pérez Paya está a punto de presentar la dimisión, si no la ha presentado ya; Zoco pide la baja. Amancio, que es gallego y se le nota, dice, en cambio, que de dimitir nada. Don Santiago desafía y dice

que a él, que lo echen... En fin, el batiburrillo.

Y además resulta que e! Madrid no va a construir la Torre de Plata. Urtain dice que necesita ganar dinero. Y el director general de Carreteras anuncia que Madrid va a tener su tercer cinturón. Dios quiera que no sea para que tengamos que apretárnoslo. Pero eso ya nos lo dirá el señor Barrera de Irimo en su informe a las Cortes. La verdad es que eso de la crisis del petróleo ha sido y va a ser un grave terremoto en la economía del mundo. Un informe de la revista «Situación», editada por el Banco de Bilbao, dice que, como primer balance de la refriega del petróleo, la OCDE ha evaluado las pérdidas que para las balanzas de pago de los países miembros de ese organismo van a representar las alzas del precio de los crudos: nada menos que sesenta mil millones de dólares. Aconsejo a ustedes que no traduzcan la cifra a pesetas, porque se les irá la cabeza.

•Mientras el mundo sigue en su guerra del «oro negro», aquí tenemos nuestra guerra particular con el «líquido blanco», y hemos comenzado la guerra de la leche. La economía, ya se sabe, es conflicto. Porque la viscera más sensible de la sociedad de consumo y de cualquier otra sociedad humana es la cartera. Vamos a ver qué pasa con la presión fiscal, con la liquidez bancaria, con la fluidez de los créditos y con todo ese galimatías que se traen los economistas y los financieros y los hacendistas. De momento, la Bolsa sube. Y la vida, también. Aunque el ritmo de inflación no vaya tan acelerado como el del año pasado.

Repoblación forestal

A mí me parece muy bien que busquemos petróleo en nuestro subsuelo y en nuestras costas.

Y que busquemos gas natural. Y que busquemos cualquier otra fuente de energía. Quizá la encontremos y quizá no. Pero hay algo que sí podemos encontrar el día de mañana, con tal de que lo plantemos hoy: árboles. Al parecer cortamos árboles (y no sólo en las calles de Madrid, sino en los bosques de Suecia o del Canadá) más deprisa de lo que los árboles tardan en crecer y en hacerse. Si seguimos así unos cuantos años nos vamos a quedar sin papel y ni siquiera vamos a poder escribir en los periódicos. Hace unos meses, Torcuato Lúca de Tena escribió en su «ABC» una elocuente serie de artículos alarmantes sobre el tema. La repoblación forestal es una vieja aspiración española. A mi padre, que es ingeniero de Montes, le oí por vez primera aquella bella historia de que hubo un tiempo en que una ardilla podía pasearse, de rama en rama, de norte a sur de la península. En la ciudad donde nací hay un busto dedicado a don Ricardo Codorníu, el Apóstol del Árbol. A mí me enseñaron aquello de que era hermoso morirse después de haber escrito un libro, engendrado un hijo y plantado un árbol. Y más de un domingo, con mi pantalón corto de cadete, me llevaban al monte a hacer un hoyo para plantar un arbolito.

En las aulas de mi bachillerato me explicaron que las raíces de los árboles asientan las tierras y las dunas. Y que las copas de los árboles atraen las nubes y hacen llorar dichosamente a los cielos. Y que suavizan el clima y embellecen el paisaje. Pero ahora los árboles nos servirían de algo más. Nos servirían para ayudar a descontaminar e! aire que el desarrollo industrial contamina sin remedio, en mayor o menor medida. Y nos servirían para tener una materia prima tan necesaria como la celulosa. Y para que no se quedaran yermas, abandonadas y en eterno barbecho, tantas tierras que sufren soledad por culpa de la emigración a las grandes ciudades. Junto a los árboles crece la vida y nace la esperanza de la redención del desarrollo.

Desde la televisión nos han enseñado tercamente que cuando un bosque se quema, algo nuestro se quema. Tendrán que enseñarnos ahora a que, entre todos, ayudemos a que haya cada vez más bosques que guardar y conservar.

El olvido de aquella consigna que nos viene desde los «regeneracionistas» de la repoblación forestal, y que fue luego preocupación de la República y uno de los objetivos del Régimen para, cambiar la faz de España y para mudar la piel de toro, puede llevarnos, entre otras muchas cosas, al ocaso de la «galaxia Guttenberg». La verdad es que no quisiera terminar comunicándome con mis lectores enviándoles este «Madrid laberinto» escrito en un monolito semanal. Os invito a que pidáis conmigo una «España verde». Que «Jo verde», en el sentido vegetal de la frase, no empiece siempre más allá de los Pirineos. Una España verde ayudará a hacer una España, como la rosa de la décima de Jorge Guillen: tranquilamente futura.

 

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