Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La peseta flotante; Flores e impuestos; El ocaso de los dioses; Declaraciones y participación     
 
 Gaceta Ilustrada.    03/02/1974.  Página: 53. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

La peseta, flotante

LE confieso, lector amigo, que para mí la economía nunca ha dejado de ser una ciencia misteriosa y casi mágica. Con fruición morbosa, que debe tener algún subconsciente enlace con el masoquismo, he leído y releído todas las informaciones, declaraciones, opiniones y editoriales sobre la flotación de !a peseta. Y casi todo cuanto he sacado en claro es una imagen lírica e infantil. Pienso en un billete —marrón, azul o verde— doblado en forma de barquito de papel, como los de Manuel Alcántara, navegando peligrosa y ufanamente por un mar embravecido. Algo así como una versión neocapitalista de las tres carabelas. Dicen que en los últimos seis meses la moneda española se ha revalorizado, en relación con la mayoría de las divisas europeas, en un 19 por ciento, y esto, así, a primera vista, me parece bueno. Los italianos dicen que la flotación de la peseta es una flotación sucia, y esto también me parece bueno, porque estoy acostumbrado a que muchos italianos califiquen más o menos de este modo cualquier «flotación» española. Dicen que en una coyuntura de flotación casi general la peseta no podía quedarse «fija» como don Tancredo, y esto me parece lógico y coherente.

La verdad es que lo que me importa de toda esta aventura navegante de la peseta es saber si a bordo de ese barquito de papel —marrón, azul o verde— la economía española va a cruzar victoriosamente los piélagos económicos internacionales y va a llegar a buen puerto. Es decir, si vamos a llegar a la tierra soñada o vamos a terminar como la Armada Invencible. El nuevo equipo gubernamental se encuentra ante desafíos económicos de mucho compromiso, precisamente en el momento en que se halla desasistido de los famosos tecnócratas, ésos que todo el mundo —Incluido Josep Meliá— se empeña en identificar con uria

«familia política» secreta llamada Opus Dei. Ya se sabe que la Asociación no tiene fines políticos y que cuando sus miembros se meten en el laberinto de la política lo hacen a título personal. En un sistema en el que los grupos no están reconocidos sino vagamente y por sus orígenes, el grupo de tecnócratas debe ser incluido en esa organización política tan a la española que llamamos «fulanismo». Dentro del grupo de los tecnócratas, tendremos que hablar —para entendernos sin ofender a nadie— del «laureanismo», del agregorismo», del «ullastrismo» o del «calvosererismo».

Por ejemplo, don Alberto Ullastres da aldabonazos, a título personal, sobre las puertas de Europa desde hace algunos años. Don Gregorio López Bravo trae al Hotel Palace, a título personal, a los chinitos de Mao. Don Rafael Calvo Serer acompaña, a título personal, a don Juan de Borbón en París durante esas famosas declaraciones recogidas —suponemos que también a título personal— por Javier Martínez Reverte en «Pueblo». Y don Laureano López Rodó inaugura su colaboración periodística de ex ministro en la tercera página de «A B C» al mes justo de la muerte del almirante Carrero. Por cierto, que cuentan algunas lenguas de la Corte que don Laureano ha inaugurado —a título personal, naturalmente— algo así como un despacho político en Madrid, y, tras abandonar el Desarrollo y los Asuntos Exteriores, se ha rodeado privadamente de secretarias, máquinas de escribir, archivos y fotocopiadoras. Si eso es verdad, no sería ese el primer despacho político del ombligo de España. En Madrid ya funcionan algunos. Es lo que podríamos llamar la «colaboración política flotante».

Flores e impuestos

La peseta —flotante o no—• va a ser un pez muy difícil de mantener cautivo en la cartera. El Fisco se ha hecho pescador, como casi todos los políticos de altura. El señor Barrera de Irimo se dispone a modernizar, agilizar e intensificar los procedimientos recaudatorios. El sistema de impuestos sobre las plusvalías y las nuevas normas para el impuesto sobre la renta amenazan gravemente a quienes poseen una importante flota de pesetas. Me parece que esto es algo inevitable. El desarrollo y el crecimiento del nivel de vida siempre termina ,en !o mismo: todo el mundo quiere ganar más. Todo el mundo, incluso el Estado. El aumento de los impuestos es algo tan irremediable en la sociedad del bienestar como el aumento de los atracos. He leído que durante el año 73 han sido asaltados nada menos que quince Bancos y treinta y cuatro Cajas de Ahorro. Aún no habíamos salido del subdesarrollo y ya empezaba a cantarlo la gente, porque ya se sabe que la sabiduría del pueblo es la que va delante de la sabiduría a título personal. «Todos queremos más, y más, y más, y mucho más.»

Algunos de esos expertos en economía que traen fama de socialistas dicen que hasta ahora el Estado se empeñaba en sacar más de donde,menos había. No será malo —pienso yo— que intente ahora sacarlo de donde más haya. Lo que sucede es que eso no parece tan fácil. Y, sin embargo, as necesario. Porque ahí están, esperando, todas las obligaciones que el Estado ha echado encima de sus hombros, desde la red de autopistas a la enseñanza gratuita. De momento uno se consuela leyendo que nuestra economía, a pesar de todos los contratiempos coyunturales, como ahora se dice, da suficiente para permitirnos algún dispendio en. nombre de la estética. El señor Pita Romero, que es algo así como el Jardinero Mayor de la Corte, ha declarado que todos los años se plantan en Madrid nada menos que un millón doscientas mil flores. «Dígaselo con flores», podría ser el lema de los nuevos rumbos tributarios. Cuando nos quedemos con los bolsillos vacíos entre el aumento galopante de los precios, los impuestos reforzados, las tentaciones de la sociedad de consumo, las compras a plazos y ios atracadores de Bancos, nos quedará, al menos, el recurso de ir a contemplar los tulipanes de la Castellana y a cogernos del brazo de la estatua andante de don Ramón María del Valle-lnclán, quien a cambio de palabras eternamente flotantes jamás pudó atesorar ni un solo duro.

El ocaso de los dioses

Las catástrofes nunca vienen silas. Al ocaso de la tecnocracia se ha unido el ocaso del Real Madrid. Un Real Madrid con puntos negativos en la tabla de la clasificación de Liga es algo así como el mayor espectáculo del mundo. A Miguel Muñoz le han dado un homenaje, que, en lenguaje futbolístico, quiere decir algo así como la Gran Cruz de Carlos III, pero el Madrid no aletea. Como diría el ex ministro poeta (del que dicen que ha presentado un artículo al preciado «Premio Mariano de Cavia»), por las cumbres de mi sierra ya no cabalgan los campeones blancos. Como todo tiene que tener sus compensaciones, al tiempo que los catalanes han sido casi totalmente desterrados del Gobierno, el Barcelona se dispone a ganar la Liga a base de pagar los goles más caros que nadie, según una curiosa estadística —¡oh, las estadísticas!— que he leído en alguna parte.

Como ya ha decaído e! interés por los fichajes políticos, una vez que se conocen los nombres de los ministros, subsecretarios y casi todos los nuevos directores generales, las gentes del laberinto se entretienen en buscar el nombre del nuevo entrenador del Madrid. Y algunas tertulias político-deportivas señalan e! de Ladislao Kubala, una vez que termine el partido eliminatorio con la selección yugoslava.

El fichaje de Kubala por don Santiago Bernabeu («Pues que baje a Segunda», que es una frase digna de Hernán Cortés) sería aún más espectacular que el de Camilo José Cela por don Ricardo de la Cierva. A sus años, Camilo ha sufrido la tentación de meterse en ese «oficio de tinieblas» que es la política. Otro día contaré al curioso lector una graciosa anécdota de C.J.C., quien hace años figuraba en las listas de posibles gobernadores civiles. Camilo José Cela dice que va a hacer del Ateneo una plataforma cultural, critica y política. No sé si llegará a tanto, pero también me parece bueno —hoy todo me parece bueno— que el más famoso escritor español de nueslro tiempo, el académico más brillante y el más desconcertante personaje de la crema de la intelectualidad haya respondido tan generosa y liberalmente al llamamiento del director general de Cultura Popular. C.J.C. puede cumplir así esas tres dimensiones del ser humano que está explicando en estos días el maestro Zubiri: individual, social e histórica. Algún otro día explicaré también al curioso lector una anécdota de Zubiri y un ex vicesecretario general del Movimiento.

Declaraciones y participación

Gracias a Dios, declaraciones no faltan. Hubo un tiempo en que los políticos no querían abrir la boca y se reservaban para verlas venir. Ahora, cuando ya todo está mucho más claro, aunque para otros esté mucho más oscuro, se ha inaugurado de nuevo el turno de las declaraciones.

Pío Cabanillas, a quien me gusta llamar el ministro «superstar», ha anunciado la «ofensiva informativa» del Gobierno. Hasta hoy, el Gobierno ha sido poco amigo de informar. Seguía aproximadamente el lema de «instruir callando» y se insertaba en la mayoría silenciosa. Parece ser que ahora el Gobierno quiere adelantarse en la tarea de informar.

Hace muchos años —quizá desde antes de la Ley de Prensa— que uno, modestamente, viene predicando la necesidad de informar oficialmente si no se quiere que la información se convierta en patrimonio exclusivo de los que no pueden obtener información oficial. Los medios informativos gubernamentales han preferido siempre ignorar los sucesos a explicarlos. Era esa una secuela de los tiempos de la censura que ha dejado al Estado prácticamente inerme y desarmado ante la opinión pública, y de ahí seguramente que muchas veces las decisiones oficiales hayan tenido mala prensa.

Estar bien informados ya es una manera de participar en las tareas públicas. Enterarnos de lo que pasa en nuestro propio país es una forma de participación. Por cierto, ¿qué pasará ahora con eso de la participación? De momento, el Gobierno Arias ha pedido al Consejo Nacional del Movimiento los documentos que había elaborado, por encargo del Gobierno en el cual era vicepresidente el almirante Carrero, sobre la participación política. En este asunto de organizar la participación me parece que estamos perdiendo demasiado tiempo. Hay quien viene diciendo !o mismo desde hace aproximadamente quince o veinte años. Más de una vez hemos dicho desde aquí mismo que en este tema parece que hay algunos que quieren ganar tiempo, y en este caso ganar tiempo es perderlo. En esta misma idea, incluso en esta misma frase, insiste «Tácito» desde las páginas de «Ya». Dicen algunos enterados de la Corte que ese personaje múltiple que se firma «Tácito» ha sido, en parte, incorporado al nuevo Gobierno. Busquen ustedes, si quieren entretenerse en eso, los nombres propios que les parezcan. Pero el caso es que «Tácito» sigue, desde el poder o desde la «leal oposición», a Dios rogando y con el mazo dando sobre el yunque del desarrollo político.

Hay excepciones consabidas que no será preciso citar. Pero estamos todos de acuerdo en que hay que inventar eso de los cauces de participación. A ver, señores: ¿quién le pone el cascabel al gato? J.C.

 

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