Autor: Pérez Fernández, Herminio. 
 El valor de los aplausos. 
 El mensaje, acogido con una larga ovación por diputados y senadores     
 
 ABC.    23/01/1977.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 29. 

EL VALOR DE UNOS APLAUSOS

EL ACOGIDO CON UNA LARGA POR DIPUTADOS Y SENADORES

A la llegada de los Reyes, los representantes de la izquierda se pusiere n en pie, pero no aplaudieron

En un ambiente de gran gala, el hemiciclo de las Cortes, todo «a Palacio de la Carrera de San Jerónimo,

fue ayer el escenario suntuoso de´ una jornada histórica: la inauguración solemne de una legislatura «ue

marca el comienzo de una época. Cuantos asistimos ayer a, esta sesión memorable del Congreso y del

Senado, presidida por los Reyes, tuvimos, desde mucho antes de empezar el acto, la sensación de vivir

momentos que entraban, de lleno, en el campo grande de la Historia.

EXPECTACIÓN.—La expectación que se apreciaba en el exterior de las Cortes —paseo del Prado y

Carrera de San Jerónimo— se prolongaba, dentro del Palacio de las leyes, por las tribunas recargadas de

espectadores llenas de curiosidad.

Acaso por primera vez diputados y senadores prescindieron de las tradicionales tertulias de los pasillos. A

su llegada a las Cortes se encaminaron, directamente, a los escaños. Las sesiones celebradas ya durante

dos d´ías en el hemiciclo, sirvieron de precedente para la colocación: los diputados, Ideológicamente

encuadrados en el centro y en la derecha, se concentraron en esos sectores del hemiciclo, dejando los

escaños de la izquierda a los representantes del P. S. O. E., del P. C.E. y partidos regionalistas. Los

senadores ocuparon la parte alta. Apenas había escaños vacíos. La sensación de lleno, mucho antes de las

doce, era total.

LA FAMILIA REAL.—En el palco reservado a la Familia Real se encontraban las hermanas del Rey.

Infantas Doña Pilar y Doña Margarita, con sus respectivos maridos y con los duques de Cádiz y de

Calabria.

Lleno también en la tribuna diplomática, donde se destacaba la figura del nuncio de Su Santidad,

monseñor Dadaglio; decano del Cuerpo diplomático, entre muchos de los embajadores acreditados en

Madrid.

La presencia de las esposas de los presidentes de] Gobierno, de las Cortes, del Senado y del Congreso

concentró especialmente la atención de los invitados; entre éstos podían verse también figuras muy

populares, como la señorita Carmen Díez de Rivera y Massiel.

La tribuna de Prensa, pese a haber triplicado su capacidad normal, registró un •lleno más que absoluto.

Hasta él punto de que quienes asistimos todos los días a las sesiones de las Cortes nos vimos desplazados

por quienes sólo van cuando la sesión es histórica: y por otros que no tenían nada aue hacer en una

tribuna de Prensa.

EL «BANCO AZUL».—Reservado al Gobierno v desplazado hace días, tan sólo, desde el estrado

presidencial a la primera fila de escaños, fue inaugurado ayer. En las dos jornadas anteriores de trabajo en

el hemiciclo, los ministros asistieron como diputados o senadores y se sentaron en los escaños granate,

con sus correligionarios.

El primero en ocupar su puesto en el «banco azul» fue el teniente general Gutiérrez Mellado,

vicepresidente primero para Asuntos de la Defensa, que .vestía uniforme de servicio, sin condecoraciones.

ATUENDOS.—El atuendo de los ministros y de diputados y senadores fue punto de especial atención: el

juego del presir deníe de las, Cortes recomendando traje oscuro, fue atendido en general. Las

excepciones, contadísimas, se singularizaban por eso mucho más: así, en el caso de los señores Xirinachs.

Redondo, Letamendía, que no llevaban corbata; tí en .el del señor Solé Tura, que llevaba cuello vuelto: o

el del señor Herrero de Miñón, que, nomo en las sesiones anteriores, lucía un clavel rojo en la solapa.

Detalles como éstos fueron especialmente recogidos y comentados en las tribunas.

A las doce menos diez los ministros empiezan a situarse en el «banco azul»; son muchos los diputados y

senadores Que acuden a saludarles y a conversar con ellos. Se comenta aue el P. Xirinachs entregó un

escrito, en el hemiciclo, al ministro de Relaciones con las Cortes, don Ignacio Camuñas. La atención se

centró, especialmente, en :tarno al señor Puentes Quintana, vicepresidente para Asuntos Económicos.

ENTRADA DE LOS REYES. — Son las doce y ocho minutos cuando el presidente del Gobierno, que ha

permanecido en la puerta principal del Palacio de las Cortes para recibir a los Reyes, se incorpora a su

escaño. Los Reyes están ya, por tanto, a punto de aparecer en el hemiciclo. Se hace el silencio y todos,

diputados, senadores, invitados, se ponen en pie. Pero los Reyes se retrasan, seguramente por los saludos

protocolarios, en el salón de pasos perdidos, que separa la entrada de la escalera de acceso al salón de

sesiones. Algunos diputados y senadores vuelven a sentarse.

Unos instantes después aparecen los Reyes en lo alto del estrado presidencial. La acogida en el hemiciclo

es clamorosa., p&r lo que.se reJiere, a los escaños,del centro y de la derecha; en los de la Izquierda solo

aplauden algunos congresistas y senadores; los líderes del P.C. E. figuran entre los que aplauden. No así

los del P. S. O. E., que permanecen respetuosamente en pie, pero con los brazos caídos o cruzados. En las

tribunas de invitados el aplauso es unánime, cálido.

El Rey viste uniforme de gala, de capitán general del Ejército (le Tierra y luce sobre el pecho el «Toisón

de oro». Acompañado por la Reina, corresponde a la acogida de las Cortes. Una vez acallados los

aplausos, los Reyes se sientan en los sitiales, especialmente dispuestos para ellos, en el centro del estrado.

A la derecha del Rey se sitúan el presidente de-las Cortes, don Antonio Hernández Gil, y el letrado

mayor, don Felipe de la Rica; B. la izquierda de la Reina tomaron asiento los presidentes de las dos

Cámaras, señor Álvarez de Miranda, del Congreso, y señor. Fontán Pérez, del Senado. En el ¿anco

situado en la parte baja del estrado, donde hasta hace poco estuvo el «banco azul>, se sentaron tos

componentes de las Mesas interinas de las dos Cámaras, vicepresidentes, secretarios y letrados asesores.

Detrás de los Reyes, los jefes de servicio de la Gasa Real. Con esto se cumplía el Reglamento para el

Gobierno interior de las Cortes de 1813, que, en su punto 4, dice: «El Trono se pondrá de modo que

puedan estar a la espalda del Rey los jefes de Palacio.» Junto a ellos, los maceros y los ujieres.

MENSAJE DE LA CORONA.—Su Majestad el Rey inició su discurso" a tes doce y diez en punto por el

reloj del hemiciclo. Su lectura, sereña, aunque en tono que dejaba trascender la emoción causada por el

momento histórico, fue seguida con profundo silencio, creciente interés y viva atención por todos los

diputados y senadores, que, con leves gestos, subrayaron !a importancia de algunas afirmaciones del

Monarca...

El mensaje de la Corona duró, exactamente, dieciséis minutos. Eran las doce y veintiséis cuando, cuantos

ocupaban el hemiciclo, .se pusieron en pie para subrayar, con uña larga ovación, la complacencia general

por el discurso del Rey. Esta vez el aplauso fue prácticamente unánime. Muy pocos no aplaudieron. La

ovación duró casi un minuto y el Rey, en pie, ante el poclio desde el que habló, correspondió sonriente a

la acogida que la Cámara dis-pensaba a sus nalabras.

La sesión había comenzado con una brevísima frase del presidente de las Cortes, que dijo, textualmente:

«Señores diputados; señores senadores: Su Majestad el Rey va a dirigir la palabra a las Cortes.» El final

fue marcado por el propio Monarca, .que, cortando los aplausos, anunció, a través de los micrófonos: «Se

levanta la sesión».

Acto seguido, acompañando a la Reina y escoltados ambos por los maceros, abandonaron el estrado.

En el salón de pasos perdidos los Reyes se detuvieron algunos minutos para conversar con los presidentes

de las Cortes, del Senado y del Congreso, del Gobierno y con los líderes políticos. Muchos miembros de

ambas Cámaras se acercaron también a saludar a Don Juan Carlos y Doña Sofía, que, como siempre, se

mostraran cordialísimos con todos.

Hacía las doce y media, Sus Majestades aparecían en la puerta principal de las Cortes, bajo el gran dosel

de la escalinata, siendo su presencia, acogida con aplausos y vítores por el público estacionado en la

plaza.

LOS COMENTARIOS. — Dentro bullían los comentarios por salones y pasillos. El discurso del Rey era

tema principal en todos los corros. También lo era la abstención del P. S. O. E. en los aplausos iniciales.

Todos preguntamos a Alfonso Guerra:

—Yo creo que cuando una persona llega a un lugar —explicaba— no hay »or «ué hacer demostración

algún». Simplemente recibirla con respeto.

—Entonces, los aplausos del final ¿significaban aprobación al discurso?

—Lógicamente, en esos momentos habla motivos para aplaudir... Por otra parte, hay que recordar que

nosotros habíamos expresado nuestro desagrado por la fecha elegida oara celebrar esta sesión...

Ahí estaba también la clave de la abstención del P. S. O. E. a la hora de los aplausos iniciales.

—Herminio PÉREZ FERNANDEZ.

 

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