Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Noticias de París; Los maduros y los irritados; El periódico sin fronteras     
 
 Gaceta Ilustrada.    10/02/1974.  Página: 47. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. I.» en Madrid)

Noticias de París

LA noticia —como los niños, las modas o los pecados— nos ha llegado desde París. Y el laberinto de Madrid se ha estremecido. Es natural, porque tocaba lo más delicado de nuestra esperanza: la paz del futuro. Edouard Bailby es uno de esos periodistas extranjeros que se dan con frecuencia una vuelta por España, echan una ojeada y quieren entender, en tres almuerzos y dos ratos de lectura, algo así como el misterio de la Santísima Trinidad. San Agustín quería meter todo el agua del mar en un pocilio abierto en la arena de la playa, y Edouard Bailby ha querido meter todo el tema sucesorio español en un artículo de «L´Express». El periodista francés jugaba con algo especialmente doloroso en la solución sucesoria del Régimen; las relaciones entre don Juan y don Juan Carlos, entre el padre y el hijo, y esa especie de «espíritu santo» de la monarquía, del amor del uno y la procedencia del otro, tan necesario para que una instauración que ha salvado obstáculos no se vea ensombrecida por fantasmas familiares. «L´Express» resucitaba, con frivolidad inmediatamente desmentida, las aspiraciones o pretensiones de don .Juan al Trono de España y especulaba con algo que las leyes españolas no han dejado solamente en manos del Príncipe de España, quizás, entre otras razones, para evitar situaciones personales de cordial tribulación: la abdicación de don Juan Carlos en su padre.

A las pocas horas de aparecer «L´Express», la supuesta gira política de don Juan de Borbón era desmentida por el propio don Juan. Desde el día de la Magdalena de 1969, la posición política de don Juan de Borbón —quien, en otras ocasiones, había jugado más o menos oportunamente sus aspiraciones a la Corona— es de discreto silencio y expectativa. La Historia tiene razones concluyentes; pero no es fácil, desde un punto de vista lejano y personal, representar el papel de hijo de Rey y padre de Rey en un exilio que José María Pemán llamó —creo que todos recordamos aquel famoso artículo en la tercera página de «A B C»— «el interregno». Algunas declaraciones de don Juan, pronunciadas «off the record», es decir, para no ser publicadas, tentaron la emulación y el afán informativo del corresponsal y del director de «Pueblo», y aquí se desencadenó la catarata de los comentarios. La figura del Conde de Barcelona parece estar destinada a sufrir, entre otras mortificaciones, las consecuencias de la indiscreción.

Como no soy sospechoso de ningún entusiasmo dinástico ni de ningún sentimentalismo monárquico, puedo dolerme, muy desinteresadamente, de todo aquello que no sea el bien de mi patria y de mi pueblo, de todo cuanto venga a ensombrecer la claridad de la solución sucesoria, de esa solución que la gran mayoría de los españoles aceptamos de la mejor manera con que deben aceptarse los compromisos políticos fundamentales: con la madurez de la razón y no con la excitación de los sentimientos. Las declaraciones, actitudes y pretensiones de don Juan de Borbón tuvieron su momento de juego y, después, su momento de derrota y su destino de silencio. Su figura ha pasado, del plano de la opción política, al plano del respeto debido al padre del Príncipe de España y sucesor de Franco a título de Rey. Los juegos en este campo son ya, no sólo juegos peligrosos, sino juegos prohibidos.

Los maduros y los irritados

Afortunadamente, la madurez política y la serenidad de juicio es ya un hecho sucesivo y comprobado en la vida española. «L´Express» encontró abiertas las puertas informativas de España gracias a la apertura del nuevo equipo que encabeza el ministro Pío Cabanillas. Más tarde llegó también a los kioskos de prensa el ejemplar de «Le Monde» con el artículo de Rafael Calvo Serer. Antes, había estallado en «Él Alcázar» la bomba irritada de «Hispano». Sospecho que cuando don Rafael Calvo Serer escribió su artículo en «Le Monde» estaba, no proponiendo una solución viable, sino intentando desencadenar la confusión y el galimatías; estaba queriendo excitar ánimos ibéricos tradicionalmente excitables. Estaba queriendo romper lo que ahora es, si no una paz firmada, sí una tregua firme. Estaba queriendo sacar de sus casillas a los «Hispanos» de buena fe y de inflamada pluma. Lo que sucede es que cada vez van quedando menos «Hispanos» en el laberinto, como van quedando menos «Calvosereres». La respuesta serena de los maduros ha ahogado la momentánea ira de los irritados. Una obligada, noble e irremediable lanza del «A B C» y una serie de editoriales claros y rotundos han dado fin, por ahora, a_la_desdichada peripecia de París.

Mientras don Juan de Borbón desmentía en el Hotel Meurice las aventuradas especulaciones de Edouard Bailby, don Alfonso de Borbón aprovechaba un homenaje a Gregorio Marañón —hijo de aquel inolvidable ejemplo y espejo de liberales— para asegurar que nuestro futuro está encarnado ya en la persona de su primo, el Principe de España. Por esos mismos días, el Príncipe Felipe cumplía seis años.

Luis Apostua recordaba el nacimiento y el bautizo del hijo y heredero de don Juan Carlos, y aquella sencilla ceremonia en la Zarzuela en la que doña Victoria Eugenia y don Juan de Borbón contemplaron cómo una infanta jugaba con los borlones del fajín del Generalísimo.

Las leyes españolas no reconocen a don Felipe ningún derecho a la Corona de España hasta que llegue el momento en que se cumplan las previsiones sucesorias y don Juan Carlos sea ya no Príncipe, sino Rey de España. Es, seguramente, una laguna de nuestra constitucion facilmente reparable. Más de una voz ha señalado la conveniencia de dejar, este punto también, atado y bien atado. Desde el punto de vista legal, ninguna falta hace subrayar la decisión sucesoria del Caudillo, las Cortes y el pueblo español con. una renuncia o abdicación de los derechos a que todavía se crea acreedor don Juan de Borbón a favor de su hijo. Pero el reconocimiento de los derechos sucesorios de don Felipe y la renuncia de don Juan servirían para terminar, en todos los terrenos de debate, el largo pleito sucesorio, y cerrarían definitivamente las puertas a las gratuitas especulaciones de los observadores apresurados y de los amigos de los juegos prohibidos. Sería ésta una prueba de respeto a la voluntad del pueblo que tendría que ser pagada con la misma noble moneda a quien es hijo del último Rey de España y padre del que será primer Rey de España en la Monarquía instaurada por Francisco Franco.

El periódico sin fronteras

Me parece que fue Franco quien, hace ya bastantes años, llamó a la" radio «el periódico sin fronteras». La Radio española celebra ahora el cincuentenario de su nacimiento. Desde el papel escrito, es decir, desde uno de los millones astros de la «galaxia Guttemberg», quiero celebrar las bodas de oro de ese periódico, mucho más urgente que ningún otro, impalpable e invisible, que penetra en nuestras casas, que nos acompaña en los viajes, que se renueva, no ya cada día, sino cada minuto desde una pequeña caja que cabe en nuestro bolsillo. Para mí, la radio es un aparato mágico que me trae recuerdos infantiles entre alborozados y patéticos. Es aquel mueble nuevo que invadió las casas españolas de la guerra civil, a cuyo alrededor se agrupaba la familia angustiada para escuchar los partes de guerra, las fanfarronadas estimulantes del general Queipo de Llano, los discursos escalofriantes de «La Pasionaria», los himnos de guerra y las bromas del miliciano Remigio.

Más tarde, la radio fue para mí ejercicio y aprendizaje profesional. Y fue, también, algo emocionante: un diálogo diario con los españoles fuera de España. La raya de sangre de la guerra había dejado lejos de

nuestras fronteras a muchos españoles amedrentados, como antes la raya lívida de la pobreza había alejado del dulce paisaje de la patria a tantos españoles empobrecidos. Mi aprendizaje de periodista de radio se hizo en la tarea conmovedora de poner al habla el hijo y la madre, el hermano con el hermano.

Más de una vez fui a cualquier pueblo mínimo de la España rural y herida de la postguerra para contarle a un español lejos de España, al través de las ondas todavía misteriosas, cómo estaba la plaza mayor, el campanario de la iglesia y Ja casa donde había nacido y crecido uno de esos españolitos a los que una de las dos Españas había helado el corazón. Más de una vez he visto a una madre española acariciar dramáticamente el micrófono donde sollozaba palabras ininteligibles dirigidas a un hijo lejano al que tal vez no volvería a ver jamás y que ya estaba destinado a ocupar una de nuestras muchas tumbas lejanas. Y más de una vez, y esta era la mejor alegría, he podido decir a un español exiliado que las puertas de su patria estaban abiertas para él y que la herida sangrienta que le separaba de los suyos ya estaba restañada.

Ya sé que la Radio, a sus cincuenta años de vida, no es sólo eso. Es muchas más cosas. Pero yo no tengo tiempo hoy de decirlas todas. Quiero poner una hoja de homenaje en la corona de elogios y regalos que recibe en su aniversario y poner la pluma de periodista escritor sobre los micrófonos que acaban de cumplir medio siglo, por los que ha pasado la oscura y la clara noticia de España, la canción y la música de España, la historia viva de España en el período más apasionante de los últimos siglos: un período que coincide casi exacta mente con mi vida misma.

J.C.

 

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