La guerra de los aplausos     
 
 Diario 16.    23/07/1977.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Sábado 23 - julio 77 DIARIO 16

La guerra de los Antas ia izquierda estaba unida en los silencios olbiga-dos. Añora se divide y fragmenta

en los aplausos.

Ayer, socialistas y comunistas, con corbata y sin corbata, con traje oscuro o vestidos folk, se levantaron y

sentaron altf/Satlvamente para recibir y cerrar la intervención de Don Juan Carlos ante las Cortes

democráticas.

Mientras Santiago Carrillo aplaudía con timidez y Felipe González marcaba la pauta a los suyos, que no

obedecieron la disciplina parlamentaria de las sonrisas, Tamames hacía campaña de manos caídas junto a

Alfonso Guerra, y hasta las mujeres discrepaban: Dolores Ibarruri, de gris y muy seria, sonaba las palmas

largamente, y Pilar Brabo, sin vaqueros, pero con zapatillas de esparto atadas a los tobillos, marcaba una

sonrisa irónica justo a las doce y veinticinco de tina mañana de bochorno.

Una mañana que levantó a tocia la carrera de San Jerónimo con policías de casco y de traje por aceras y

te-Jados, que Jaime Pastor, de la Liga Comunista Revolucionaria, pedía legalidad para todos, y los

jóvenes socialistas el voto a los dieciocho años, y los familiares de los presos comunes amnistía, y el Rey,

democracia para todos.

Dentro, con humo y calor en todos los rostros, López

Rodó se intercambiaba teléfonos con Joan Raventós, y Fernández Ordóñez concertaba citas en la

Moncloa coa el ex Isidoro, que el presidente del Gobierno quería ultimar los detalles económicos con

Felipe González y regañarle por sil falta de entusiasmo en él hemiciclo.

Juan de Dios Ramírez-Heredia, el diputado de la reconciliación gitana, tenía la chaqueta blanca como las

palomas de Tierno Galván, y Mosén Xirinach paseaba entre los escaños su traje marrón demodé para

entregar unos papeles sobre presos a don Rodolfo, ministro del Interior y socialdemócrata en sus afanes.

Camacho llevaba corbata. Redondo camisa solamente. El sindicalismo también se divide en las formas.

Habían pasado cincuenta y cuatro años y los pasillos reconocían al nieto de Alfonso XIII que abrazaba a

uno de los senadores reales, con la Reina dando palique al presidente del Gobierno, al del Congreso y al

del Senado, que sonreían anchamente.

A las dos de la tarde (bochornosa ella) el sevillano secretario de los socialistas había emprendido las de

Villadiego, como si se preparara secretamente para la Olimpiada de Moscú. Era casi la hora de la siesta y

las preguntas se multiplicaron por los corrillos, bolígrafos .en mano, corbatas desabrochadas y,la calle

repleta de mil ojos vigilantes y seguros.

Fotos Gabriel

 

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