Autor: González Cerecedo, Francisco. 
 El Hemicisco. 
 La adhesión quebrantable     
 
 Diario 16.    23/07/1977.  Página: 112-13. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

EL HEMICISCO

La adhesión quebrantable

Francisco Cerecedo

Los nostálgicos del franquismo pueden felicitarse. La solemne inauguración oficial cié las Cortes

democráticas estuvo impregnada en muchos momentos de la rancia solera de los viejos tiempos del

imperio. Si algán despistado íemía que las cosas fueran a rodar demasiado aprisa, debe tranquilizarse. A

Juzgar por lo contemplado ayer, hajf todavía franquismo para algún rato.

Ei más rápido en comprenderlo fue Laureano López Rodó, quien abandonada la natural prevención de los

dos primeros días de trabajo en ¡as nuevas Cortes, dedicó todo el tiempo de espera a la llegada del Rey, a

pasear por el hemiciclo saludando gente con la recuperada soltura de antaño. Bien es verdad que la

situación era más reconfortaste gracias a la incorporación al acto del núcleo da senadores franquistas

designados directamente por el Rey.

Con la presencia de Miguel Primo de Rivera, Torcuato Fernández-Miranda, Julio Gutiérrez Rubio, Belén

Landá-buru, Rodolfo Martín Villa, etcétera, uno se sentía cómodo. Al fin y al cabo eran los de toda la

vida. Todos habían veraneado sin falta durante cuarenta años en la mismas playas del. decreto ley, mucho

antes de la Cegada:de este turismo parlamentario descorbarado que llena las dunas de panfletos y de res-

tos de subversivas tortillas.

Por si fuera poco, allí esta-ban, para evocar juntos los buenos momentos del pasado, Manolo Fraga,

López Bravo, Silva Muñoz, Gonzalo Fernández de la Mora, Martínez Emperador y aquellos Jóvenes

eternos, tan sensatos, de Ortí Bordás y Gabriel Cisne-ros, aunque, eso sí, una pena, SIB el fulgor de los

vítores ds plata y los yugos y las flechas relucientes sobre aquellas blancas chaquetillas de! tnovimienta

nacional que eran ían frescas.

Todo semejaba un "reviva!" feliz. Ante la llegada del Jefe del Estado, el hemiciclo sé aprestaba a renovar

el entrañable rito de la ´adhesión inquebrantable y del indescriptible entusiasmo que tan fecundos

dividendos había producido en el pasado, cuando; de pronto, al aparecer el Rey en el estrado presidencial,

surge la primera decepción. Más de cien diputados, en su gran mayoría pertenecientes al PSOE, se limitan

a ponerse en pie, sin aplaudir. "No tenemos que aplaudir por sistema —manifestó un miembro de la

ejecutiva socialista—. Hemos venido a escuchar un discurso y si nos parece positivo, aplaudiremos al .

final."

Pero la intranqui1idad creada por el suceso se disipó rápidamente al ver aparecer, como siempre, detrás

del Jefe del Estado, la figura sedante de don Fernando Fuertes de Villavicencio, este año vestido con un

uniforme que recordaba a los de la Junta Militar chilena. Aquí no ha pasado nada. No se sabs si "don

Fernando, una institución en el país, conocido por su notable buen gusto para aconsejar regar los,

pertenece ya al patrimonio nacional del Estado o el Patrimonio Nacional del Estado ya le pertenece a él.

Del disnnrso del Rey, .equilibrado en ía forana, se deben destacar dos inquietantes observaciones, jamás

escuchadas en el noble caserón de la carrera de San Jerónimo. En primer lugar, se dirigió tratando de

usted a los diputados y senadores, rompiendo con el cálido tuteo del imperio de su pre.deaesor, que tan

injustos resultados produjera en sus últimos practicantes: los candidatos L ópez Bravo, César Pérez de

Tudela y Enrique Villoria del "Si confías en mí, vota, AP."

El segundo sobresalto de la jornada se produjo craaft-do a Juan Carlos I se le escapó una frase que ni los

más radicales del lugar habían esperado: "La ley nos obliga a todos por igual." ¿Se va a cambiar tanto?

Los aplausos más nutridos: del PSOE al final del discurso volvieron a levantar el ambiente, aunque la

adhesión inquebrantable, a los cuarenta años de edad, había perdido para siempre su inocencia.

El sabor agridulce de la ñueya etapa parlamentaria que/comienza sin haber roto demasiado con el pasado,

pero con la congoja de que se van perdiendo cada día las.asencias que nos convirtieron durante muchos

años en la envidia del mundo quedó cpmpensMo, a la salida del recinto parlamentario por un suntuoso

espectáculo que parecía imaginado por un animal político superior. Para disipar los últimos escrúpulos de

los más timoratos: Fuerzas Antidisturbios de la Policía Armada, en pie de guerra, porra en mano,

disolvían los grupos de transeúntes a la salida de las Cortes. Menos mal, no se ha cambiado tanto.

 

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