Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
 El mensaje de la Corona. 
 Corbatas y aplausos     
 
 Pueblo.    23/07/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL MENSAJE DE LA CORONA

La tarde anterior estuvo en la tribuna presidencial don Antonio Vi-llacieros, jefe de protocolo de la Casa

Real, a comprobar uno por uno todos los detalles: que el micrófono estaba a la altura debida, que

funcionaba sin fallos, que- en el atril se leían \ fácilmente las cuartillas, que el vaso de agua era alcanzable

con la ´mano sin tener que alargarla excesivamente... Comentó uno de los que asistían a la inspección:

—Sí, porque está el vaso tan echado encima que si al pasar las hojas le da y lo derrama...

—No, eso ño —le interrumpió el señor Villacieros´—. El Rey tiene temple suficiente para no obrar

apresurado en ninguna ocasión.

Recordé estas palabras cuando, al terminar el acto, unos corresponsales extranjeros preguntaban a unos

periodistas españoles a qué podía obedecer que un discurso tan recio y solemne hubiera sido leído con

tanto comedimiento. Alguien llegó a tanto comedimiento. Alguien llegó a el ánimo del Rey mandaban en

esos momentos preocupaciones más que satisfacciones. Tengo mi propia impresión sobre el tema: lo más

estudiado de ese discurso estudiadísimo fue precisamente el tono, buscando que en ningún momento

pudiera resultar triunfalista.

Por otra parte, diré a ustedes que econtré al Rey como siempre en actos semejantes, ni más ni menos: la

misma sonrisa, el mismo afecto al hablar con la gente, la misma incontenible alegría súbita en sus ojos

cuando encuentra a un viejo amigo, la misma forma de aliviar el protocolo e incitar al diálogo. El discurso

era cosa aparte. Prueben ustedes a leer con énfasis la parte en que utiliza el «nosotros» y verán que su

sentido es otro enteramente. Él tono es importantísimo en ese discurso. Pensemos que Franco se proponía

ser vibrante, mientras el Rey se propone la mesura. Voy a resaltar otro contraste: mientras Franco, que a

todo el mundo hablaba de usted, utilizó el tú para dirigirse a la Cámara, el Rey, que siempre utiliza el tú,

habló a la Cámara de usted.

Hay un párrafo muy curioso en el que a propósito de la condena de cualesquiera exclusiones en la

participación política, las palabras están dianas de tal manera que no se sabe si contienen una alusión al

tema de estos días en las Cortes, que es el de las minorías parlamentarias. Bueno, a lo mejor es que esa

intención estaba en la conciencia de más de un parlamentario.

No se hagan ustedes una idea equivocada: éstas son las Cortes de la disciplina. Disciplina de voto, disci-

plina de aplauso y hasta disciplina de silencio. Había grupos que ni. siquiera tuvieron que pensar sobre

semejante asunto, pero otros se quebraron la cabeza, pensando cuándo y cómo habla que juntar las manos.

Me los figero en conciliábulo de líderes: «Sí aplaudimos de entrada, ¿qué van a decir nuestros militantes?

Pero si no aplaudimos, ¿qué van a decir nuestros votantes?. Y al final, si el discurso nos gusta, ¿qué?»

No, señores, se equivoca quien piense que hemos conquistado la espontaneidad.

Tanto como se equivoca quien ayer decidió regatear ovaciones. Ya estoy en que el PSOE ha establecido

como norma general una economía del aplauso, en contraste con lo que se prodigó en otras sesiones

plenarias, y viene practicando esta norma concienzudamente. Pero, señores míos, ayer... Claro que cada

cual es muy libre de pensar lo que guste acerca de los caminos por los que, ha llegado la democracia a

España -y él a su escaño, pero ¡caramba!, ayer... Bueno, ya caigo en que se hizo la concesión masiva de la

corbata. La izquierda se sentó la primera, con mucha anticipación sobre la hora fijada, y todos, con muy

pocas excepciones, encorbatados. Pilar Brabo dejó los vaqueros en casa y se presentó con una falda muy

mona. Pero, además de ceder faldas y corbatas hubo que volcar el aplauso ayer. De verdad que el silencio

van a comprenderlo muy poquitos.

Luego el Rey se detuvo, en la rotonda, con los políticos que iban acompañándole en su salida, y de allí

surgió, cuando ellos se ausentaron, una reunión espontánea, especie de vino español sin vino español. La

rotonda quedó en poder dé la Unión de Centro, con el presidente del Gobierno y todos los ministros de

grupo en grupo, y en los pasillos centrales quedó el PSOE. Los de Alianza y los del PC se fueron pronto.

Frente a frente las dos mayorías, debo hacer una advertencia: hay que hablarse, hay que saludarse y hay

que comentar entre todos, sin distinciones. Porque llevo un tiempo observando que hay muchos que no

saludan más que a los de su partido, y tan a rajatabla lo llevan que por no equivocarse dejan de saludar a

los periodistas y hasta a los camareros y a los ujieres. Eso es muy grave en esta casa y sus

consecuencias son imprevisibles. Pase que se sienten junto con sus compañeros de partido en los escaños,

pero en los pasillos no debe haber rediles aparte. ¡Estaría bueno! Las Cortes son como un pueblo pequeño

e importante. Pues ea, trasladen ustedes esa conducta a nuestros pueblos y veremos lo que sale de ahí.

Desde aquella Otra presencia del Rey en las Cortes, cuando la jura y la proclamación, ¡cuántas cosas han

pasado! Nunca en tan poco tiempo parecieron posibles cambios tan radicales, y no sólo en la fachada,

sino hasta en las mentes y las conductas, en todo. Todavía me parece estar viendo a don Antonio

Villa-cieros, en este salón, aquella otra mañana. Es, para que ustedes lo localicen, aquel señor de bigote

blanco que lloraba emocionado al fondo, ante las cortinas. Miro en torno y es como si sólo él siguiera

exactamente igual entre todos los personajes de entonces y de ahora.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

 

< Volver