El mensaje de Don Juan Carlos     
 
 Pueblo.    23/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ARECE que desde 1918, cuando el conde de Romanones viajaba a París para tratar de

incorporarnos al vagón de cola del Tratado de Versalles, ningún Rey de España había dirigido en las

Cortes su mensaje a la nueva legislatura, ya que las posteriores de don Alfonso XIII —hasta la dictadura

de 1923— se efectuaron en el palacio del Senado. No hubo ayer tan sólo un frío «mensaje de la Corona»,

sino discurso Heno del calor humano de un joven Rey que hablaba a senadores y diputados, pero que

sabía cómo a través de los medios de información sus palabras llegaban a todos los españoles, que

escucharon complacidos y con aprobación un discurso audaz e importante. Habló Don Juan Carlos con el

ritmo debido, casi lentamente, sin dar nunca un tono triunfalista o exaltado a sus párrafos. Y claro es que

si se aplaudió no se hizo «frenéticamente», porque se trata de que dentro y fuera de las Cortes en esté país

ya no sea frenético nadie. Se trataba de afirmar el hecho evidente de que «la democracia ha comenzado»,

y que ahora «hemos de tratar de consolidarla». Es todavía la democracia española como una planta nueva

y frágil, que acaba de nacer, y que, como todo lo que cobra vida, tiene posibilidades de crecer o de

frustrarse, pero de ser así, frustraríamos un gran programa de futuro, presentado al pueblo. Ayer, y sin

haberse pronunciado, fueron válidas las viejas palabras orteguianas. En la paz y en la libertad, se trata de

dar a los españoles una tarea grande y doblar la peligrosa cima del siglo sin nuevos traumas nacionales.

O es éste un comentario para repetir las palabras pronunciadas, sino para valorarlas. Alguien ha escrito

que y ayer se manifestó la madurez polí-pr tica del Rey, que no tuvo una sola vacilación, y cuyo discurso

fue seguido casi con ansiedad por los parlamentarios. Aquí ya cuenta muy poco el «aplaudiómetro», que

es utensilio obsoleto en las democracias, pero el mensaje real fue aplaudido al final xasi un minuto, y el

colectivo aplauso sólo se interrumpió cuando el propio Rey levantó la sesión, a -los diecisiete minutos de

haber comenzado. Que Don Juan Carlos ha sido en estos meses «el motor del cambio», ya era dudado por

muy pocos, pero desde ayer este axioma ya no podrá ser discutido por nadie. Lo mismo que la minoría de

Isabel II dio un quiebro histórico al siglo XIX, al empujarle al liberalismo; lo mismo que Alfonso XII

devolvió a todos la libertad y la paz en 1874, Don Juan Carlos ha sido decisorio en la democracia que

ayer se puso abiertamente en marcha, y que es el sistema político de los pueblos adultos, maduros y

responsables. Ahora se trata de «eliminar para siempre las causas históricas de nuestros enfrentamientos»,

y que «nadie pueda sentirse marginado». Quien hablaba ayer no era un jefe de partido, sino el Rey de

todos los españoles, pues la Corona acoge y ampara por igual a las izquierdas y a las derechas, a los

socialistas y a los entusiastas de la economía libre de mercado. Esto no es irenismo, ni indiferencia, sino

clara visión de lo que son las Monarquías contemporáneas.

el Rey, nuestra nación no es una gran monotonía unitaria, sino que, acorde con el carácter pluriforme de

su Historia, precisa de «una Constitución que dé cabida a todas las peculiaridades de nuestro pueblo, y

garantice sus derechos históricos y actuales», ya que «las diferentes ideologías presentes no son otra cosa

que distintos modos de entender la paz, la justicia, la libertad y la realidad histórica de España». Acaso los

oídos españoles no hayan escuchado un programa tan progresista y atenido a la difícil realidad de su

tiempo, desde 1854, cuando fracasó aquella posibilidad de convivencia que se inició con el Manifiesto de

Vicálvaro. Ha hablado un Soberano todavía joven, que no está anclado en los problemas y querellas del

pasado, sino que desea la superación de esos males tradicionales que nos han llevado a media docena de

guerras civiles en los últimos ciento cincuenta años. Hoy es preciso que todos respondan a las cargas en la

medida de sus posibilidades, ya que las desigualdades injustas rio serían propias de una sociedad libre. En

cuanto a la política exterior, es notorio que los intereses de España han de estar «por encima de las

opciones concretas de cada partido». Todo ello hasta lograr «una sociedad más igual, desprovista de

privilegios, justa y en progresión constante». Son ideas propias de nuestra época, y que no combatiría

ningún partido conservador europeo. Quienes se manifiesten en contra no serían sólo conservadores de lo

bueno, sino nostálgicos de lo peor del pasado.

DICEN los franceses que «es el tono lo que hace la canción», y el tono de las palabras del Rey ha

respondido a desea el pueblo español, y a cuanto ha expresado con su voto masivo en las últimas

elecciones generales. La Corona no está para ofrecer fórmulas concretas de Gobierno, sino para hacer

posible que se gobierne bien, y respetando una soberanía popular representada por las Cortes, pero

también incardinada en la Corona, que fue el vértice y el remate de la vida nacional a lo largo de los

últimos mil quinientos años. Decía un gran conservador del país vecino que «cuanto era francés era suyo,

desde Carlo-magno», y aquí hay que tener por español un presente que nace del pasado, desde don Pelayo

hasta el tiempo actual, pasando por Espartero y Manuel Azaña, pongamos por caso. La Corona garantiza

la unidad profunda de la nación, pero también sus deseos de perfeccionamiento y de cambio. Un

Soberano que aún no ha cumplido los cuarenta años siente los deseos y las ansias, expresos o tácitos, de

las nuevas generaciones, y sabe interpretarlas con palabras actuales. Ayer, Don Juan Carlos ganó en las

Cortes una nueva batalla de la paz, al arrancar aplausos de los sectores más encontrados, desde Fraga

hasta Al-berti, pasando sin paradoja alguna por Adolfo Suárez y La Pasionaria, Carrillo y Felipe

González. Ha sido un discurso que ha encontrado aquiescencias y unanimidades, y que pone a la Corona

por encima de la «mélée» y de las pugnas cotidianas. «España y el mundo miran hoy a estas Cortes», que

no pueden defraudar ni los deseos de la Corona ni a quienes por ellas han votado. Por encima de todo está

el pueblo, que es la encarnación viva de la Patria.

 

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