Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Las monarquías republicanas     
 
 ABC.    29/08/1974.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LAS MONARQUIAS REPUBLICANAS

Cuando Maurice Duverger llama a las democracias actuales del neocapitalismo occidental «Monarquías

republicanas» emplea a sabiendas ese sabroso contraste de vocablos que define, en efecto, una de las

características más notables de la evolución de los sistemas políticos parlamentarios democráticos en las

últimas décadas. Peto también podría haberlos llamado «Repúblicas monárquicas», quizá, incluso, con

mayor precisión en el concepto. Sostiene el profesor de la Sorbona que la gran novedad del mundo

llamado occidental, en orden a sus instituciones públicas, es la introducción subrepticia y progresiva del

principio monárquico de la unidad de mando en el campo de la pluralidad parlamentaria. El

establecimiento de la V República en Francia por el empeño de De Gaulle es quizá el fenómeno más

explícito de la tendencia. De Gaulle era hombre formado en su juventud en la escuela del pensamiento

nacionalista y monárquico de Maurras y sus seguidores. Cuando retornó al Poder en 1958, a raíz del golpe

militar de Argel, era ya un general entrado en años y en saberes y, por supuesto, leal a la República como

forma de gobierno de Francia, de la que se consideraba, en virtud de su lucha solitaria contra el invasor

germano desde 1940, único depositario del poder legítimo. Pero intuía también que el sistema

preconizado por la IV República, nacida al abrigo de la victoria de 1945, era ineficaz y anticuado por

cuanto, producía Gobiernos débiles y de corta vida frente a un mundo cada día más exigente; más duro,

más implacable y cuyos problemas no admitían ni flaquezas ni visiones a plazo breve. De esta forma se

constituyó la V República, cuyas dos características esenciales eran el refuerzo del poder presidencial

frente al Parlamento y la elección del presidente por el sufragio universal de todos los electores censados.

De Gaulle modificó con ello sustancialmente el contenido y las reglas del juego de la democracia

francesa, manteniendo el principio del sufragio popular y aun alzándolo al rango de soporte directo de la

autoridad del presidente. También ratificó la función del Parlamento y el respeto al sistema de los partidos

juntamente con el funcionamiento efectivo de las libertades civiles básicas. Pero al introducir esos

cambios hizo, del método mayoritario en la Asamblea, clave del arco de la estabilidad de los Gobiernos.

El gaullismo como movimiento político era un partido multitudinario con sólida organización provincial y

millares de adeptos permanentes, aunque dentro dé él coexistiesen, de hecho, tendencias y grupos

coaligados dispares. Así, la Asamblea nacional, con mayoría gaullista, sin pérdida de su autonomía

legítima y de su función de control del ejecutivo y del gasto público, ha marchado, en realidad, al compás

de Gobiernos de signo homogéneo que se han sucedido bajo las presidencias de los «monarcas» De

Gaulle, Pompidou y Giscard, desde 1958 hasta 1974, en que el sistema sigue vigente.

De Gaulle pensó que el sufragio directo no daría en un país industrializado de Occidente, como Francia,

el triunfo al partido comunista, sino a un movimiento de coalición de signo conservador o, en

todo caso, a un candidato socialista. Los hechos le dieron la razón y el escaso margen logrado por Giscard

sobre Mitterrand no desvirtúa que este segundo, candidato de la izquierda unida, fuera, sin embargo, un

hombre del socialismo liberal y humanista qué jamás se hubiera prestado a llevar a cabo la

colectivización «a la soviética» del sistema económico-social de Francia. El viejo pronóstico, que algunos

atribuyen a don Antonio Cánovas, de que el sufragio universal conduce a los pueblos al comunismo no

pasa de ser una simplificación errónea y anacrónica, pues actualmente ningún país de los sometidos al

centralismo marxista del partido único totalitario ha llegado a él por la vía electoral, sino por el camino de

la revolución, del golpe de Estado o de la ocupación militar. A su vez, ningún país de sufragio libre ha

llevado mayoritariamente a los bolcheviques solos al Poder.

La fórmula de las «Monarquías republicanas» procede, según Duverger, del profundo cambio surgido en

las entrañas de la sociedad de Occidente, especialmente con el advenimiento del neocapitalismo y de la

revolución tecnológica de nuestros días. No sólo los problemas del negocio público son enormes y

complejos, sino que, a la vez, el poderío de las nuevas empresas capitalistas y de los grupos económicos y

sindicales es tan grande que sólo un Estado fuerte es capaz de enfrentarse a ellos con autoridad e

independencia. Viene el «monarquismo» de las democracias inspirado en el ejemplo del director, o del

gerente, o del ejecutivo, que preside, dirige y, en último terminó, decide´ de modo inapelable en la

pirámide de una gran corporación industrial o financiera que ha ido elaborando antes paciente y

trabajosamente; a nivel de comités de expertos y de mandos subalternos, las opciones que pueden

realmente tomarse a la hora de señalar los grandes rumbos empresariales o corporativos. Galbraith ha

disecado de modo lúcido la filosofía de estos mastodontes del poder económico y señalado su correlación

con los problemas de las instituciones públicas de Norteamérica, donde, como es sabido, el Gobierno del

país es conocido como «the biggest business in U. S. A.», es decir, la mayor empresa de los Estados

Unidos.

Por el camino del monarquismo republicano van marchando en estos últimos años los principales países

de Occidente en una u otra medida: presidencialista, semipresidencialista o mixta. Los «reyes» de estas

monarquías son elegidos por plazos fijos: cuatro años, cinco años, siete años, y van acompañados por

mayorías parlamentarías en Europa. En los Estados Unidos la función del Congreso es distinta a la de los

Parlamentos europeos y allí, además, la línea divisoria de los dos partidos turnantes es indecisa y flexible.

Pero en el Viejo Continente, salvo en los Países Bajos y en Italia, muchas otras naciones como Gran

Bretaña, Francia, Alemania, Suecia, Austria, Finlandia; y en el Commonwealth, Australia, Nueva

Zelanda, junto con el Canadá, marchan hacia esta fórmula que combina, sin eliminarlos, sufragio,

democracia y libertades plurales con la estabilidad del gobernante. El jefe del Gobierno británico es un

«monarca» elegido al mismo tiempo que su partido, limitado por el plazo de su mandato y por la

vigilancia perenne que sobre él ejercen la oposición y la libre sociedad inglesa. Algo parecido ocurre con

el canciller de la Alemania Occidental y con el presidente francés. También es un «rey» estrictamente

controlado y capaz dé ser sometido a juicio —como ahora se ha visto— el presidente de los Estados

Unidos. No existe, en este sistema actual de las «Monarquías republicanas», ni el derecho divino, ni

fuente teológica alguna que justifique el poder dinástico. Ni es tampoco una estructura exclusiva de la

derecha, puesto que lo es, asimismo, del socialismo en muchos países. Pero lo que sí está claro es que el

principio democrático, el consenso popular, el ejercicio real dé las libertades civiles y el cauce abierto

para las diversas opciones a que aspira la sociedad plural de nuestros días coexisten firmemente con la

robustez del poder ejecutivo y las mayores probabilidades de duración de los Gobiernos. La democracia

occidental ha tratado de adecuarse a las necesidades apremiantes y cambiantes del tiempo actual sin

perder la esencia de su contenido.

Es interesante observar que las «Monarquías republicanas» son perfectamente compatibles con las otras,

con las de Rey hereditario, de origen histórico. A medida que los Monarcas que perduran todavía en

Europa han perdido poder efectivo en su reinar y acentúan su efigie simbólica y representativa, los

sistemas políticos que presiden han sabido tomar de la filosofía monárquica el sentido de unidad y el

propósito de mantenerse en el tiempo. Un Rey legítimo es compatible y coexiste con un «monarca

republicano», como en el caso de Gran Bretaña o en el de Suecia, y conviven ambos en áreas de

jurisdicción perfectamente distintas y complementarias. En rigor, la gran tradición europea de las

Monarquías se mantiene en esta nueva y sorprendente resurrección de sus fundamentos y de sus

conocidos mecanismos instrumentales. El ciclo de la Historia, que se desenvuelve en espirales, ha

retornado al meridiano de la unidad de Poder por la vía del sufragio universal con el acompañante de las

libertades ciudadanas básicas, sin necesidad de caer en lo que llamaríamos, para seguir la corriente, el

paleofascismo.

José María DE AREILZA

 

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