Autor: González Cerecedo, Francisco. 
 El Hemicisco. 
 Los alumnos de Tierno     
 
 Diario 16.    28/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL HEMICISCO

Los alumnos de Tierno

Francisco Cerecedo

Durante una hora, cerca de trescientos señores diputados, abrumados por las complejas tareas de regir el

país, hallaron en las Cortes la fuente de la eterna juventud. E incurrirían en manifiesta ingratitud si no se

sintieran en deuda imperecedera con don Enrique Tierno Galván que sorprendió al hemiciclo con una

clase de Derecho Político, pasando por alto, amablemente, la situación académico-administrativa de los

señores diputados, que no habían abonado los derechos de matrícula. Varios o bastantes años de encima,

según los casos, quitó el "viejo profesor" a los parlamentarios por obra y gracia de su prolongada

intervención que comenzó con una bondadosa homilía para terminar como un repaso general de la

asignatura.

Con paciencia ejemplar, que denotaba el hábito y la pasión docente, don Enrique repitió una y otra vez,

sin dar muestras de cansancio en su generosidad didáctica, ios viejos conceptos, sobre todo destinados a

los dos grupos más numerosos sentados en los primeros escaños de la clase. Al encabezado por ese chico,

Felipe González, y sus amigos, que no hacen más que reunirse con la gente en las plazas de toros y en los

campas de fútbol y viajar al extranjero en lugar de estudiar, y al dirigido por ese otro chico, Adolfo

Suárez, que perdió los primeros cursos por afición a escuchar la trompeta tocando silencio, frente a los

luceros, en los campamentos del Frente de Juventudes.

No llegó el bedel

"Este es un país de segunda mano con respecto a la cultura francesa", explicó don Enrique a los

muchachos del PSOE. Ser español representa una fase superior de los hombres de bien, vino a decir al

alumnado de UCD, con habilidad docente, el viejo profesor sabiendo que esta frase iba a despertar en

muchos de ellos gratas resonancias joseantonia-nas. Con semejante dominio de la cátedra, don Enrique se

metió en el bolsillo a los rejuvenidos diputados, hasta el punto que muchos de ellos, incluido Pío

Cabanillas, no pudieron resistir la imperiosa e inexplicable necesidad de tomar apuntes. Tal era la magia

del verbo del viejo profesor: Fraga, con mirada iluminada por la complicidad académica, disfrutaba como

un loco. Por fin había encontrado un opositor a la medida.

Cuando parecía que el benévolo profesor iba a dar al hemiciclo el aprobado general, bajo la promesa de

que todos habrían de entregar un trabajo en septiembre, se rompió el encanto. Al cumplir una hora

sentados en el aula y observar que el bedel no comparecía para ´advertir al distraído don Enrique del final

de la clase, los alumnos cerraron los apuntes y recuperaron su condición de diputados, que comenzaron a

aburrirse al reparar que sé encontraban en las Cortes y que el diputado Tierno Galván no terminaba su

discurso nunca. Pío Cabanillas daba cabezadas, mientras Rafael Alberti, dormido sobre el escaño, roncaba

abiertamente en hexámetros alejandrinos. Cuando el presidente del PSP, Tierno Galván, atacaba el

problema de la seguridad social, varios congresistas di e r o n muestras de cansancio abandonando sus

asientos. El ensalmo rejuvenecedor había terminado.

Incomprendidia ley de Prensa

El resto de las intervenciones de los señores diputados en la sesión de ayer no lograron borrar la con-

mooión producida en los espíritus por la disertación de Tierno. Felipe González, que habló en primer lu-

gar, después de unas sutiles maldades para molestar al PSP, refiriéndose a la continuidad histórica del

PSOE, practicó la ironía a costa del Gobierno, al que agradeció sus desvelos por ofrecer al país una Cons-

titución realizada con la colaboración de eminentes especialistas en Derecho, pero señaló que, a pesar de

todo, prefería que fuera llevada a cabo con el concurso de todos.

Luego aprovechó la ocasión y expresó una serte de conceptos, como la necesidad de "la derogación in-

mediata de toda la legislación represiva nacida durante el periodo franquista-, al amparo de la ausencia de

representación popular en las Cortes y de Jas poderes autoritarios del Ejecutivo", que incluía la ley de

Prensa e Imprenta, considerada hasta ahora como pregresista por su propio autor, don Manuel Fraga

Iribarne.

Los supervivientes de la edad de oro de la ley de Prensa escuchaban absortos. Silva Muñoz, apoyaba

eficazmente la cabeza entre los brazos, mientras Fernández de la Mora, en la añoranza del estado de obras

perdido, leía tranquilamente el fraternal "ABC", lo mismo que hacía con el "Ya", el compañero Antonio

Carro, sosteniendo el noble cráneo de "homo sapiens" capaz de recorrer con la misma soltura los

intrincados vericuetos del silencio administrativo que las cuevas de Altamira. Únicamente López Bravo

mantenía la postura hicráti-ca de siempre, como si quisiera que no se marcaran en el rostro bronceado las

incipientes arrugas que, también por decreto-ley, impone la vida. Fraga, en posición de pensador de

Ro-din, olvidando elegantemente los ataques a la obra más liberal de su vida, ponía cara de querer

aprenderse de memoria el discurso de Felipe González para luego asombrar a los siete ex magníficos, en

la intimidad del sólifundio de AP, recitándolo de nuevo.

El líder de la emigración

Santiago Carrillo se aprovecha de la fatalidad para el país de que el duque de Arias Navarro no hubiera

resultado elegido para hablar "en nombre del grupo parlamentario comunista", añadiendo que "el

resentimiento no es buen consejero a la hora de iniciar la andadura democaática". Más adelante se

descolgó con una metáfora frutal, "Jos precios son como las cerezas", probablemente para echar una

mano a Santiago Álvarez entre él campesinado gallego.

El siguiente orador, Jordi Pujol, lanzó un vibrante discurso exibiendo la autonomía de Cataluña, mientras

Fraga daba una cabezada en homenaje a las reivindicaciones catalanas. Después ocupó la tribuna el vasco

Arzallus, del PNV, en un tono suave, intimista, hablando de puntillas. Llegada la hora de Fraga, el dos

veces ex ministro expresó su lealtad a una época que consideraba, en su conjunto positiva, y que no se

encontraba dispuesto, contra la calumnia y la injuria, a ninguna clase de reticente debate retrospectivo.

Más adelante se refirió a los miles de españoles diseminados "por los mares del mundo y en tierras

extrañas", Cuya reincorporación a la vida nacional resulta imprescindible. Fraga, modestamente, se olvidó

de argumentar que, ya desde sus tiempos de ministro de Información, se esforzó por estimular el regreso

de las actuales reivindicaciones de la izquierda, al prohibirles el voto en el referéndum de 1966 para

hacerles aún más atrayente el retorno a la patria.

 

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