Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
 La Reforma Nacional (y IV). 
 El orden internacional     
 
 Blanco y Negro.    03/02/1973.  Páginas: 2. Párrafos: 15. 

TRIBUNA POLÍTICA

Con el presente artículo termina don José María de Areilza su serie sobre la reforma nacional. En este

cuarto trabajo el señor Areilza hace una exposición sobre los cambios sufridos por la comunidad

internacional: la desaparición de un nacionalismo agresivo y el declinar de las hegemonías provoca una

"coestancia" de tensiones que no llevan a la guerra generalizada y sí a violencias esporádicas o

sistemáticas. Hecho el análisis sobre la situación mundial, don José María de Areilza, plantea la inclusión

de España en este nuevo concierto internacional y pronostica la incorporación de nuestro país al Mercado

Común antes de las fechas eventualmente previstas. "Tribuna política" ofrecerá, a partir del próximo

número, el primero de una nueva serie de cuatro artículos del profesor y periodista don Antonio Fontán.

LA REFORMA NACIONAL (y IV)

EL ORDEN INTERNACIONAL

Grandes son las modificaciones de la vida española advenidas en los últimos diez años. Elevación del

nivel de vida; desaparición del analfabetismo; masificación de la enseñanza; transvase del campo a la

ciudad; emigración a Europa; industrialización; urbanismo gigante de las capitales; invasión turística;

interdependencia cultural. Con todo ello, los cambios sobrevenidos en el panorama internacional son de

tal entidad que comportan la apertura de un capítulo nuevo en la historia del mundo, a la que nosotros

tampoco podemos quedar ajenos.

Las hegemonías como concepto de política de potencia y dominio sobre las demás naciones tocan a su

declinación. La incapacidad de utilizar la guerra como método para superar las contradicciones internas o

exteriores de un país o de un sistema obliga al abandono del concepto hegemónico. La conciencia de las

grandes potencias nucleares de saberse condenadas al mutuo aniquilamiento en el caso de emprender o

llegarse a la guerra total ha hecho inviable el propósito. Existen, claro es, guerras localizadas, como el

Vietnam, o zonas de tensión prebélica, como el Oriente Medio. Pero aun ahí el método falla, como puede

comprobarse, por haberse aplicado criterios prenucleares a conflictos que se desarrollan en plena era

atómica.

Sin hegemonías surgen focos multipolares de poder real

El declinar de las hegemonías lleva a una situación general extraña que no es la paz, sino una coexistencia

o, mejor quizá, «coestancia» de tensiones, luchas, presiones y conflictos que, sin llegar a la guerra, llenan

el ámbito mundial con sus violencias esporádicas o sistemáticas y su clima de angustia y de inquietud. Al

no poder utilizarse la guerra como medio bárbaro de solución se tiene que ir a una serie de diálogos, de

contactos, de negociaciones que, en definitiva, podíamos definir como una gigantesca conciencia crítica

del mundo, que trata de examinar en libertad sus muchos e irresueltos problemas. Y en esa fase estamos.

Al hundirse el sistema hegemónico surgen los focos multipolares dé poder real, no basados ya en el

nacionalismo agresivo, sino en la vigencia dé los intereses económicos y culturales. Junto a los Estados

Unidos y Rusia aparecen China, el Japón, la India, la Europa de la C. E. E., la Europa del Este. Estos

centros de gravitación no mantendrán entre sí relaciones de subordinación, sino de igualdad. No serán

vínculos de sometimiento, sino lazos de intereses bilaterales, los que servirán dé tejido conjuntivo a esas

comunicaciones internacionales.

Al desaparecer gradualmente el nacionalismo agresivo en los grandes focos de poder —el convenio

firmado entre China y Japón es un ejemplo típico de esa relación no hegemónica— se produce asimismo

un fenómeno que afecta a los Estados nacionales. El Estado, desde la revolución francesa hasta 1945, se

acentúa cada vez más, como órgano de defensa territorial o de expansión imperialista, como símbolo de la

independencia nacional frente a terceros. Esto le confería un carácter carismático extendido en ocasiones

a sus gobernantes. El caso límite lo fueron los Estados totalitarios de los años 30, con sus

hombres-símbolos, Stalin, Hitler, Mussolini, ungidos por la magia del poder. Hoy se han acabado los

Estados y los jefes carismáticos, al terminarse las hegemonías. El Estado se transforma en un rector de

empresas y tareas comunes de la colectividad y los gerentes de ese mecanismo son por lo común gentes

expertas, especialistas en ideas generales, muchas veces poco conocidos, y carentes con frecuencia de

toda aureola personal.

Se acortarán los plazos de integración a la C. E. E.

Al entrar el mundo en esa etapa no quedaremos, aunque lo deseáramos, fuera de ella. Lo carismático, lo

mágico, lo cuasi-divino, desaparecerá inevitablemente del lenguaje habitual. Entramos en una zona de

templanza verbal, de moderación de excesos, de nombres irrelevantes, de gerencias eficaces y, en

ocasiones, anónimas. El Estado y el nacionalismo irán diluyéndose en otras formas menos absolutas y

violentas de patriotismo. Habrá, además, buen número de problemas que solamente alcanzarán a

resolverse en el ámbito supranacional come son, por ejemplo, la lucha contra la contaminación; el medio

ambiente y su defensa; el turismo; los mercados laborales; los temas monetarios, y, en general, el ámbito

defensivo de un conjunto de naciones. Comunidades como la C. E. E. representarán el porvenir de Europa

como centro de poder y decisión, integrando economías y producciones en una vorágine irreversible.

España no podría quedar ausente de ese gran proceso histórico. Quedará envuelta en él, dentro de su

espiral en marcha. Me atrevería a pronosticar que, pese a los plazos de muchos años que los expertos

predicen para nuestra incorporación al Mercado Común, las fechas se acortarán sobremanera y la

asociación española a la Comunidad surgirá, de hecho, por contagiosa necesidad de empresas y

producciones, en unos términos brevísimos, como algo irresistible.

Para ello será necesario armonizar estructuras, homologar sistemas, asemejar principios de convivencia

política comunes. Insistir en la solitaria peculiaridad me recuerda la obstinación rusa de mantener el

ancho de vía diferente en la red ferroviaria para defender el Imperio de los Zares blancos y rojos, de las

tropas extranjeras, lo que no impidió dos tremendas invasiones en veinte años,

Para adecuar nuestro sistema al de los países europeos —lo cual no es una caprichosa exigencia, de nadie,

sino una de las reglas del juego de la C. E. E. y de su Tratado fundacional— no es menester romper nada,

ni destruir, o arrumbar los fundamentos del patriotismo nacional. Bastaría, con utilizar el desarrollo de las

Leyes Fundamentales, modificando y estableciendo aquellas normas a través de las cuales se incorpora un

grado mayor de autenticidad y representatividad a la participación popular. O dicho en menos palabras,

democratizando a fondo el sistema vigente. Más que disposiciones concretas, se nos pide gestos

comprensibles. Más que fárragos legales, intención. Nuestra causa ante Europa es un problema de

credibilidad.

La mayoría juvenil de España entiende —creo yo— con diáfana claridad el alcance del problema y

también las razones ocultas que se esconden tras el inmovilismo. Un hombre de sus filas generacionales,

el joven Príncipe de España, ha optado claramente por la incorporación a Europa en su viaje oficial a

Bonn, declarando ante la televisión germana que era resuelto partidario de nuestra integración gradual,

para lo que era menester armonizar nuestras estructuras con las del resto del continente. Palabras

esperanzadoras en quien un día encarnará la Jefatura del Estado de nuestro país.

Vocación europea en la orientación exterior

La orientación exterior de España vendrá dada, en primer lugar, por esa vocación europea, en la que nos

corresponde un decisivo papel, pues será la lengua y la cultura de esa lengua lo que en el porvenir servirá

de mayor aglutinante a una comunidad histórica, más que la fuerza militar o la economía. Y en ese

inmenso mundo hispano-parlante americano que también forma parte de nuestro ámbito vital nos

corresponde actuar, pero siempre que seamos capaces de comprender el cúmulo de problemas que los

pueblos de Hispanoamérica tienen ante sí y no queramos identificarnos con la temporalidad perecedera de

una circunstancia o clase dominante.

Así veo yo la perspectiva general de una reforma nacional encaminada a despertar las energías de un

pueblo que, por su pasado y su contenido humano, debe figurar en lugar relevante en la apasionante etapa

que se abre para la historia del mundo.

José María DE AREILZA

 

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