Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   Apertura de las Cortes     
 
 ABC.    11/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ABC

APERTURA DE CORTES

ME escribe don Claudio Sánchez Albornoz: *He seguido con emoción y angustia el proceso electoral.

Ahora empieza la hora más grave. El Parlamento es un cónclave lleno de peligros. Conozco bien la vida

parlamentarla de otrora, por tradición familiar y por experiencia. No sé cómo van a Ir /as cosas en tas

Cortes ahora. Mucho ha cambiado la técnica y la táctica. Adoro a mi país y deseo con toda el alma que

encuentre su camino.

He contestado a mi viejo y admirado maestra el pasado día 22, todavía bajo el impacto emocional del

espectáculo de las Cortes abiertas por el Rey. Y le digo a don Claudio que, en efecto, ahora empieza el

recorrido de un peligroso tramo en ese asombroso camino que Marías, tan acertadamente, ha llamado la

devolución de España». Pero que no lo miro como el «más difícil». Lo que sucede es que, una vez

llegados a la culminación deI tránsito —el tránsito desde un Estado dictatorial a un Estado democrático—

, quizá no acabamos de percibir la magnitud de lo ya conseguido.

No hace muchos meses me refería yo, desde estas mismas columnas, a mí concepto de la reconciliación

nacional». Y decía entonces que esa reconciliación no podía consistir simplemente en que media España,

la de los beneficiarlos de la victoria de 1939 —si es que victoria puede llamarse- al final de una guerra

civil— se viesen desplazados por la otra media —la de los «vencidos» en aquella fecha—. La guerra

partió de una mutua intransigencia y de un odio común; sólo en una cristiana transigencia, la que implica

el reconocimiento de los propios errores y la que desterrando el odio no se cimente en triunfalismos de

derecha o de Izquierda, puede basarse la auténtica reconciliación. El día en que los representantes de uno

y otro bando —venia a decir yo en mí artículo— reanuden el diálogo que nunca debió romperse —que

auizé en aquellos años no llegó a entablarse nunca— en el seno de unas Cortes democráticamente

elegidas, entonces estaremos viviendo eí sueño utópico de una verdadera paz.

E! espectáculo televisado del día 22 de julio me dio la sensación exacta de que ese sueño utópico llevaba

visos de convertirse en realidad; o, más bien, de que era ya una realidad. Sencillo y grandioso al mismo

tiempo: aplausos a la entrada de los Reyes, en un amplio sector del hemiciclo; silencio respetuoso en los

escaños más «recalcitrantes», esto mismo era ya un hecho positivo y alentador, por contraste con las

dóciles unanimidades ´entusiastas» de antaño. Pero la ovación generalizada —s¡, ya sé, con excepciones,

pero apenas perceptibles— con que el discurso de la Corona fue acogido luego me conmovió profunda-

mente. Ver fundidas en una sola emoción o. en un solo asentimiento posiciones tan dispares como las de

Suárez, Carrillo, Fraga, Felipe González y la Pasionaria parecía una ilusión Imposible. Aquello era un

hito en la historia de nuestras disensiones políticas. Dios hacia que, además de un hito, sea símbolo del

futuro —difícil, como señala don Claudio— que nos aguarda.

Señalaba Cortés Cavanillas —Argos»— al día siguiente, en uno de sus chispeantes recuadros de ABC, la

diferencia que al viejo ritual» histórico ha Impreso el cambio de la sociedad, de las costumbres —yo diría

que el propio talante de esta *nueva Monarquía»— al cabo de medio siglo. La última apertura de las

Cortes efectuada en el reinado de Alfonso XlIl tuvo lugar en 1923 (creo que se efectuó en el Senado, por

cierto). Los Reyes se sentaban en tronos situados en la tribuna, bajo el solio; Don Alfonso, en uniforme

no muy distinto al de Don Juan Carlos, leyó su discurso sentado, y ese discurso no era otra cosa que el

programa de Gobierno de García Prieto. La Reina vestía traje de Corte y manto de armiños, y una

minúscula corona de brillantes deslumhraba sobre su rubia cabellera: el trasunto de su espléndida

prestancia de entonces puede aún percibirse en el famoso retrato de Sotomayor. Damas de la Corte y

palatinos completaban la vieja simbología —como ocurre aún hoy en Londres, en ceremonias similares—

. Doña Sofía, en cambio, era la imagen de la sencillez: su escueta presencia inteligente ante la gran mesa

de la tribuna presidencial daba de manera exacta el tono del cambio. Como lo daba un discurso que no era

la voz del Gobierno, sino el generoso abrazo a cuanto supone la expresión de la soberanía nacional,

desde» la Institución que la garantiza y la respalda.

Pero a mi este solemne acto de 1977 no me trajo el recuerdo de aquel otro, epigonal, de la Restauración

canovista, sino el de la también epigonal Ceremonia» de la constitución de las Cortes de 1936; incluso

porque de nuevo se sentaba ahora, en estos escaños, alguna figura que ya había tomado parte en las

famosas elecciones del Frente Popular. El acto con el que comenzó, prácticamente, la primavera trágica»

de que habló Rícardo de La Cierva llevaba larvado el odio y era como el preludio de la guerra civil. Unos

y otros —mayorías y minorías— miraban aquellas Cortes, en el fondo de su corazón (a veces no tan «en

el fondo-./, con la idea y el propósito de que fueran las "últimas Cortes» de la II República. La más clara

imagen de la tensión y la ruptura, en aquella crispada sesión, la dio el hecho de que las mayorías del

Frente Popular cerrasen el acto cantando, como un reto, las estrofas de *La Internacional».

Alguien muy habitual —como comentarista— en los pasillos del antiguo palacio de IB Carrera de San

Jerónimo me contó con alarma, apenas iniciado el proceso de Organización de las nuevas Cortes por su

discretísimo presidente, señor Hernández Gil, que había el propósito», entre determinadas minorías, de

´dar el golpe» el día de la sesión rea! entonando de nuevo el simbólico —y grandioso— himno comunista.

«V lo peor es —me añadía este informante— que alguien (desde una contrapuesta "minoría") piensa

contestar con un cencerro, si las cosas se producen así. Vamos a dar el espectáculo ante el mundo.» Como

tantos propósitos fallidos a lo largo de estos dos años asombrosos, aquél no se cumplió tampoco, por

fortuna. Mi siempre admirado Buero Vallejo contestó recientemente, durante una entrevista televisada, a

la pregunta: ¿Cuándo ha florado por última vez?», que no pudo evitar las lágrimas al oír las notas de La

Internacional», como fondo de uno de los actos de propaganda pre-electoral "televisada», al cabo de

cuarenta años... Comprendo su emoción y su razones. Yo de mí sé decir qué no pude evitar tampoco las

lágrimas, el día 22.., precisamente porque «La Internacional» no llegó a cantarse en las Cortes. Era la

máxima prueba de "buena voluntad convivencial» del recién inaugurado Parlamento, por contraste con lo

que fue el «reto» de 1936. «La Internacional», en -el acto del día 22, hubiera sido algo así como un

catastrófico ´Decíamos ayer...». Una retrogradación en lugar de un avance.

En esta hora se Insiste demasiado, desde determinados ángulos» políticos, en que la democracia ha

vuelto» gracias —exclusivamente— a las constantes» presiones populares. O esas presiones populares no

se ejercieron a lo largo de cuarenta años, o hay que admitir el papel esencial de la Institución monárquica,

tal como lo encarna el Rey Don Juan Carlos, para Sensibilizarse» a ellas y abrirles camino. Porque esa

Institución ha proclamado ´el reconocimiento sincero de cuantos punios se simbolizan en las Cortes», y ha

advertido que mira ´las distintas ideologías» presentes en el Parlamento como ´distintos modos de

entender la paz y la justicia». Quizá el homenaje de reconocimiento a esa verdad se tradujo en el aplauso

casi unánime y en el olvido de las estrofas de La Internacional». Aún así han andado muy tacaños

nuestros «proceres». Salvador de Madariaga, que tiene muchos más títulos para titularse demócrata» que

la mayor parte de aquéllos, ha escrito, en cambio: ´Con toda la independencia que en estas cosas de

gobierno he procurado observar siempre, declaro que Don Juan Carlos de Borbón se ha revelado como el

político más sagaz y más tenaz del país. Gran suerte ha sido para los españoles que los acontecimientos

completísimos que contribuyeron a su ascensión al Trono fuesen a rodar la bolilla del azar hasta pararse

en la casilla que ocupaba este Príncipe. Sí sigue en la tonalidad de la prudencia-audacia que hasta ahora

ha manifestado, es de esperar que el país se dé cuenta de su suerte y sostenga la Monarquía contra toda

otra tentación.»

He comenzado este articulo reproduciendo el apasionado deseo de don Claudio Sánchez-Albornoz de que

el país encuentre su camino». Lo cierro con la fe en la nueva Monarquía» —como tal camino—

proelamade por otro gran liberal, gran demócrata y gran español de la misma generación que don

Claudio: Salvador de Madariaga.

¡Qué necesarias hubieran sido estas dos mentes, lúcidas y cargadas de experiencia, en los escaños de

nuestro Senado!

Carlos SECO SERRANO

 

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