Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   El articulista     
 
 ABC.    16/04/1970.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL ARTICULISTA

Los premios literarios sirven—¿por qué no decirlo ? de estímulo y halago a la vanidad del escritor.

El premio Mariano de Cavia, que vincula la casa de Prensa Española al nombre de un gran periodista

español, tiene, por su rango intelectual, la independencia de su jurado ignoto y la historia de medio siglo,

apetencia singular para quienes escriben con su nombre en los periódicos. Mentiría si dijera que su

otorgamiento no me ha producido sincera, intima, plena satisfacción.

¿Qué es el periodista, el articulista, el que llena las cuartillas que mañana saldrán en las columnas

impresas de los diarios? Muchas definiciones se han dado a esta vocación que es también oficio, síntesis

de lo temporal con lo permanente; maridaje del acontecimiento con su contexto; simbiosis del

pensamiento con el relato; contar la historia como noticia y hacer de la noticia historia; mezclar la cultura

con la observación directa; la filosofía con el suceso; la anécdota con la categoría. Don Gregorio

Marañón, en su bellísimo diálogo contradictorio sobre la grandeza y servidumbre de la Prensa, hablaba de

ese orgasmo intelectual que, como un vicio, invadía al escritor de periódicos al contemplar a la mañana

siguiente lo que horas antes eran resmas de papel emborronado sobre la mesa de redacción o la platina del

cajista. Pero también rendía homenaje a la Prensa corno testimonio, como espejo multifacético y

variopinto de una sociedad, de una época, de un país. Y al escritor, que acaso a despecho de no realizar

una obra grande, importante, vertía en la columna periódica el torrente de su ingenio, la belleza de su

prosa o las primicias de su talento, aún a sabiendas de la fugacidad implacable del periódico de cada día.

¿Fugacidad? Me pregunto si no hay en esa misteriosa y extendida comunicación reiterada, de periodista a

lector, algo de vinculante comunión superior a la del autor de un libro con los" que se adentran en sus

páginas. Palpita en el ánimo del habitual lector de periódicos una expectante curiosidad por conocer las

reacciones próximas del columnista o del editorialista saboreado. Es como una gran masa desconocida

que desea saber y cuyo efluvio a veces se percibe intuitivamente. Entonces el periodismo no es fugaz,

sino permanente; no acaba mañana, sino que se prolonga en el tiempo; no es un hecho aislado, sino un

clima que se cristaliza; no es un episodio, sino un movimiento de opinión. Así nace el periodismo

político.

En España, desde Larra, muerto a los veintinueve años pero maestro en tantas cosas, la plana de los

periódicos fue palenque de ideas y foro de grandes debates. Los pensadores y escritores de eminente

condición dejaron en los periódicos buena parte de su obra. Así Maeztu, así Unamuno, así Ortega, por no

citar sino cumbres, convencidos de que el cauce de la Prensa era digna y sonora plataforma de sus juicios

o criterios. Sin las hemerotecas no se podía hacer una historia del pensamiento político y de su evolución

entre nosotros en los últimos cien años. Bien se que en las décadas recientes ha surgido ese tremendo

instrumento de sugestión popular que penetra insidioso en el último rincón de nuestra intimidad y nos trae

sonido e imagen de un periodismo nuevo: el televisivo. La pequeña pantalla lo invade todo; condiciona

nuestros reflejos; hipnotiza a las familias; nivela publicidad y noticia; entra, como vulgarmente se dice,

por los ojos, ajena al grado de alfabetización del auditorio. Recientemente leía yo un sugestivo ensayo

norteamericano al respecto. Me llamó la atención este juicio que procede del país por excelencia de la

televisión: "Por las cadenas de TV—decía—se logra vender un producto, imponer un candidato,

modificar una opinión. Pero, en definitiva, el gesto es más importante que la idea; la imagen predomina

sobre el concepto; lo visual y auditivo, sobre lo intelectual. Para encontrar otra vez pensamiento, reflexión

y, en resumen, formar un juicio acertado, hay que volver a la letra impresa. Hay que leer los periódicos,

los artículos, los editoriales. La" televisión, paradójicamente, ha «valorizado la calidad del periódico, lo

ha exaltado de nuevo como instrumento del intercambio de las ideas."

Así lo creo yo también. De ahí su importancia. De ahí su trascendencia. Informar a un país es

fundamental siempre, si se quiere que el pueblo participe, libre y responsablemente en la marcha de su

destino. En el mundo en que vivimos es difícil informar bien; quiero decir veraz y desapasionadamente.

En la polémica reciente, que he seguido con interés, sobre el tema de la Prensa independiente y en la que

la palabra lúcida de Manuel Aznar dijo cosas definitivas, echo de menos una mayor atención a ese

aspecto tan fundamental para el hombre actual de saber lo que pasa, y si es posible por qué. En la vida

moderna la información es el primer escalón de la libertad. Órganos ejemplares de la técnica periodística

moderna como "Le Monde", en Europa, y el "New York Times" en América, cumplen esa tarea del

acarreo informativo de primera mano en términos de tal rapidez y exactitud que causan a veces pasmo y

admiración por el esfuerzo y el gasto que supone tal documental alarde. Recónditos e inalcanzables textos

del Kremlin o del Vaticano pon-go por ejemplo de reservados ámbitos— aparecen en sus páginas, al

detalle y al instante, ajenos a la condición acatólica y anticomunista de ambos órganos.

Sin llegar a tanto, procurar al lector español, horro de noticias mundiales, un panorama veraz de las

interconexiones del existir internacional me parece urgente y preciso. La interdependencia, cada día más

estrecha, de la comunidad universal nos empuja al conocimiento de lo que hoy es realidad, allende las

fronteras, y se planteará en nuestro devenir sociológico, como inevitable en el mañana. Tal es quizás el

criterio que ha presidido el tono general de mis artículos en la Prensa diaria, y singularmente en ABC, en

cuya preciada tercera página colaboro sin más límites que los de mi propia responsabilidad, sin traba

alguna para la libertad de mi decir, sin sugerencia de ninguna clase para el matiz de mis opiniones, con un

respeto absoluto, perfecto, total para mi pluma de periodista.

ABC no hace con ello sino seguir una línea de ejemplar tradición. Si recorréis sus páginas pretéritas desde

sus comienzos hallaréis la traza de esa liberalidad del periódico para invitar o elegir a sus colaboradores,

que son diversos, cambiantes y antagónicos como la vida misma, fluyente por naturaleza salvo, claro es,

en el anclado mundo mineral. De mí sé decir que aprendí casi a leer los periódicos en el ejemplar de

ABC que con otros diarios traía al hogar mi padre, cotidianamente. En el Bilbao provinciano pero

universalista de aquellos años de la primera guerra mundial, mi curiosidad inquieta descubría la rítmica y

puntillosa prosa de Azorín, los fulgurantes editoriales de Cuartero, la crítica literaria de "Andrenio", entre

fotografías de la gran contienda y de Don Alfonso XIII inaugurando exposiciones.

Al cabo de medio siglo el premio no sólo ha cumplido la función de espolear con su galardón al articulista

de periódicos, sino que goza también de buena salud. Yo espero que en el año 2020 otro Cavia centenario

congregue en el A B C de entonces el interés lector de nuestros nietos, y que no les parezca nuestro

esfuerzo y nuestro propósito de hoy ni tarea vana, ni fuego de artificio, sino contribución efectiva al logro

de una España mejor.

José María DE AREILZA

 

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