Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Gobierno, oposición, patriotismo     
 
 Ya.    29/04/1970.  Páginas: 2. Párrafos: 9. 

GOBIERNO, OPOSICION, PATRIOTISMO

Una reciente entrevista, en la que tomé parte, ha suscitado en la prensa el tema, siempre interesante, de

cuál es el límite que separa al Gobierno de la oposición y de que fronteras deben poner a la acción política

de los diversos grupos de un país las exigencias del patriotismo.

Con reiteración he insistido en otros artículos en el criterio de que hay que referirse al principio filosófico

que informa a un sistema político para lograr un entendimiento racional en esta discusión. O se parte de

que la sociedad es soberana y los gobiernos son entonces vicarios temporales de la cosa pública en tanto

que elegidos por las corrientes mayoritarias de opinión. O se acepta el argumento totalitario de que un

grupo de hombres posee toda la verdad, en cuyo caso los gobiernos son -piezas rígidas insertadas en la

inamovible tendencia que se considera de única y exclusiva validez.

En la primera hipótesis, los gobiernos turnan, es decir, alternan en el ejercicio del poder. De esa condición

cambiante y sucesoria se desprende—como escribía recientemente Duverger en un magistral ensayo—la

esencia que define los regímenes de libra concurrencia democrática que funcionan por el mundo. Y de ahí

nace el concepto mismo de la oposición, imaginado como grupo político que aspira a ejercer el mando del

gobierno futuro, apoyado en el sentir de la opinión mayoritaria del país. No parece necesario insistir en

que la oposición no sólo no es contraria al interés general, sino que cumple una función estabilizadora y

estimulante, sin la que los gobiernos democráticos no acertarían a subsistir normalmente. La oposición

comparte de modo constante una responsabilidad en la marcha de los negocios públicos. Si no fiscaliza

debidamente la tarea del gobierno adversario, caería en grave falta de omisión. Si exagera su critica o

carece de sensibilidad para adivinar el signo social de los tiempos nuevos, perderá la oportunidad de

hacerse con la mayoría. En cualquier caso, su obligación es manifestarse con honesta libertad para

denunciar defectos, errores y perjuicios graves imputables al gobierno.

¿Será preciso añadir que ningún gobernante democrático moderno, por apasionado que sea, acusará jamás

a la oposición de traicionar a su país por adverso que sea su juicio? Es una regla del juego, universal e

indispensable. Cuando se rompe o se olvida, el país en cuestión ha entrado en una crisis de violencia que

pone en peligro de muerte a las instituciones de la democracia libre.

En los sistemas totalitarios no hay- oposición, ni puede, teóricamente hablando, existir. Si la verdad la

posee un grupo único, todos los discrepantes se convierten, por el hecho de serlo, en herejes laicos—en

traidores—, contra los que sólo cabe el anatema, la persecución y la hoguera inquisitorial. Por eso,

Dubcek y sus amigos son expulsados y civilmente exterminados por los totalitarios de Praga. Y así tratan

los coroneles del Este mediterráneo a sus enemigos. Es una vieja técnica que el siglo XX ha desarrollado

a la perfección, después de las grandes "performances" llevadas a cabo en la Rusia de Stalin y en la

Alemania de Hitler, y que tantos seguidores tiene todavía.

Los totalitarios invocan con frecuencia el patriotismo. Es una idea-fuerza que les permite apoyar sobre

ella la justificación moral de sus arbitrariedades y atropellos. En esto ocurre como con la idea de Dios. Si

algún grupo, estamento o sector utiliza ese concepto y lo cosifica haciéndolo suyo, el daño que de allí se

sigue a la religión es inmenso, y en la historia de la Iglesia católica tenemos buenos ejemplos da lo que

esta apropiación indebida ha significado y de los trabajos difíciles con que cuesta salir de la catastrófica

situación a la que han llevado muchas veces a la comunidad cristiana los que con el nombre de Dios en

los labios defendían intereses económicos, poderes temporales, nacionalismos expansivos o ciertas

estructuras sociales. Pues lo mismo ocurre con la idea de Patria. Si no pertenece a todos, sin excepción. Si

no pueden reclamarla los españoles sin rótulo. Si se la quiere identificar con un partido político, con un

sector del país, con un núcleo de negocios, con una ideología determinada, con una institución, con un

modo restringido de entender la existencia, entonces el daño que se le infiere es incalculable, y el

patriotismo se torna muletilla verbal, a la que no se respeta, porque detrás de sus acentos se adivinan

intenciones bien ajenas a lo que debiera ser, estricto servicio al país por encima de banderías y pareceres.

EL patriotismo no consiste en decir amén a los actos de cualquier gobierno. Eso es adulación y

conveniencia. Tampoco es cierto que en materia de política externa el patriotismo obligue a la

unanimidad. En caso de grave crisis internacional, en momentos de guerra declarada, en reivindicaciones

de carácter indiscutible, el interés nacional sí puede obligar al silencio o a la colaboración. Pero son

circunstancias tan excepcionales que no valen como regla permanente. En tiempos normales, ¿cómo no

va a ser posible discrepar o discutir de la acción externa de los gobernantes? Ahí tenemos a la Gran

Bretaña, llamando a las puertas del Mercado Común. ¿Unanimidad? ¡Pues no ha sido flojo el debate

—que aún sigue—en el Parlamento y en la prensa británicos de partidarios y enemigos! Los Estados

Unidos se hallan envueltos en el peor conflicto de su historia en el continente subasiático. ¿Para qué

recordar aquí la ilustre teoría de senadores, congresistas, intelectuales y líderes sociales que se han alzado

contra la intervención en Vietnam, en Laos y en Camboya, entre un clamor de seguidores? Mantuvo De

Gaulle su política independentista de Argelia contra un temporal de opiniones adversas en Francia que

venían de la derecha y de la izquierda. Willy Brandt, quiere abrir las ventanas hacia la Alemania del Este.

Los demócratas cristianos de Bonn le plantan cara en términos de firme antagonismo. Es la costumbre

inveterada. ¿A quién se le ocurriría en Washington, en Bonn, en Londres o en París llamar a un crítico del

gobierno en materia externa nada menos que traidor a su país? Seria un acto demencial.

El patriotismo político es en gran parte una actitud crítica, es decir, una autocrítica nacional y

constructiva. En eso consiste su riesgo y su responsabilidad. Pienso que una gran parte de la opinión

pública española, alerta y despierta, lo comprende así. Entre otras muchas cosas que se ha llevado el

viento de estos últimos treinta años, está también ese concepto trasnochado del patriotismo verbenero que

se hallaba a mitad de camino entre el coro de las vicetiples de "Las corsarias" y los compases del paso

doble "La España cañí".

José María DE AREILZA

 

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