Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Quince años después     
 
 ABC.    25/05/1969.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

QUINCE AÑOS DESPUÉS

El problema de la renovación de los Acuerdos de 1953 con los Estados Unidos hay que enfocarlo, a mi

juicio, en su contexto actual. En 1953, las circunstancias del mundo y de España eran diferentes. Existía,

entonces, el monopolio atómico en manos de una sola potencia. Basándose en él, las doctrinas de la

contención y de la represalia masiva formaban el cimiento de la política exterior de los Estados Unidos

frente a la Rusia soviética. Las bases americanas en el mundo eran una consecuencia de esa doctrina. Se

extendían, formando un inmenso arco de sujeción, en torno a las fronteras de la U. R. S. S. Las armas de

represalia eran los bombarderos nucleares y los missiles de corto alcance. La guerra de Corea había

agudizado la tensión de la guerra fría, iniciada en Grecia, en Irán y en las ocupaciones militares y

políticas de los países del Este europeo pocos años antes.

España era en 1953 un país exhausto. La tremenda guerra civil, el difícil neutralismo en la guerra mundial

y el bloqueo diplomático subsiguiente habían dejado la economía maltrecha. Nuestro nivel de vida era

bajo; la renta por habitante, inferior a 1935; nuestra reserva de divisas, inexistente. Nuestra capacidad

militar real resultaba, asimismo, escasa, debido a ese cúmulo de factores señalados.

Los Acuerdos de 1953 respondieron a ese cuadro de circunstancias. España ofrecía apoyo logístico a las

fuerzas armadas norteamericanas de aire y mar entrando con ello, indirectamente, en el dispositivo

general de la estrategia occidental. Recibió España a cambio ayudas económicas y de material bélico,

bajo distintas formas que se elevaron a 1.500 millones de dólares al cumplirse el primer término del

convenio a los diez años. España ofreció un apoyo y corrió un riesgo. Obtuvo, por otro lado, una ayuda

que en las circunstancias que atravesaba resultó decisiva. Además de ello, la vinculación contractual con

los Estados Unidos le dio un crédito de respetabilidad política y de credibilidad democrática que le fue

útil ante los demás países, del Occidente europeo.

En 1969 se ha terminado el monopolio atómico. Hay dos superpotencias nucleares que se mantienen en

tan peligroso equilibrio que la negociación entre ellas resulta necesaria. Los vectores nucleares de mayor

importancia por su capacidad y número se hallan instalados en los territorios respectivos de la U. R. S. S.

y de los EE. UU. Las protecciones respectivas antimissiles también se centran en Norteamérica y Rusia.

La astronáutica ha revolucionado totalmente los antiguos conceptos estratégicos. No parece concebible

una guerra con armas convencionales en Europa. Las guerras subversivas pueden, -en cambio, ser

importantes en muchos países. Las bases son un instrumento anticuado e inútil. Los bombarderos

estratégicos tienden a desaparecer y con ellos los cazas de protección. Únicamente quedan el submarino

porta-missiles y el portaaviones nuclear como elementos de actividad ofensiva en la panoplia actual

americana. Solamente la base de Rota puede ser útil para esos fines concretos. Útil, pero no

indispensable.

La España de 1969 tampoco es la de 1953. El nivel de vida y la renta por habitante han alcanzado cotas

de país desarrollado. Hay reserva de divisas y un volumen de balanza comercial que desborda los 4.000

millones de dólares por año. Nuestra economía tiene perspectivas de solidez y prosperidad. No está

España aislada, ni incomunicada. Tiene, por el contrario, un vivo interés de relacionarse con todos los

países; de abrir sus puertas y ventanas; de entrar en Europa; de quitarse sambenitos y prejuicios. No

necesita para ello convertirse en la Formosa de Occidente.

Los Estados Unidos están revisando drásticamente sus compromisos militares exteriores a la luz del

nuevo contexto internacional y de las experiencias amargas como la guerra del Vietnam. Públicamente ha

manifestado el Senado, por boca de sus más autorizados representantes—de ambos partidos—, que las

bases en España no ofrecían interés suficiente para prorrogar los convenios. En el Congreso se oyeron

voces parecidas. Los órganos de Prensa más influyentes abundaron en el mismo sentido. ¿Por qué, pues,

empeñarse, por nuestra parte, en obtener esa prórroga? ¿Por qué esa insistencia de cierta Prensa en

presentar la negociación como una apremiante necesidad del Pentágono y del Gobierno americano, que

quiere una cosa "indispensable" y de "importancia decisiva" para sus intereses sin darnos a cambio el

precio que nosotros pedimos? ¿No sería más honesto informar objetivamente, sin poner en este asunto

ningún amor propio, ni llamar "compañeros de viaje" a los españoles que no quieren la continuación de

las bases? Nadie se va a enfadar en Washington si los acuerdos no se prorrogan; por el contrario, habrá,

en general, un clima de satisfacción. Entonces, ¿a quién interesa de verdad la prórroga de estos

convenios? ¿A la opinión pública española? Lo dudo mucho. Pese a que la conducta de las fuerzas

norteamericanas ha sido en estos quince años de exquisita y discreta corrección, no puede afirmarse que

la hipoteca temporal de un territorio sea tema de entusiasmo popular entre los indígenas. Las bases no

gustan a muchos. Aunque la soberanía española quedó bien protegida y explícitamente visible en los

Acuerdos, nunca es grato hurgar en el delicado campo de la integridad nacional.

Los Estados Unidos, que hacen del pragmatismo anglosajón regla de oro de su conducta exterior, piensan

seguramente que un convenio anticuado y poco necesario no merece la pena de ser extendido, salvo que

su precio sea liviano. En alguna parte hemos leído la cifra de 175 millones de dólares como posible

contrapartida quinquenal aplicada a la compra de material bélico. En nuestros magros guarismos de 1953,

treinta o cuarenta millones de dólares al año representaban un elemento trascendental. A la escala de

nuestras importaciones actuales, ese uno por ciento de su volumen global ¿puede justificar la pervivencia

de un arriendo de nuestro territorio?

En qué medida nuestra relación con los Estados Unidos ha de pasar forzosamente por las horcas caudinas

de un Acuerdo de bases que a gran parte de la opinión norteamericana y española repugna, es cosa que no

se me alcanza. Creo, por el contrario, que al contexto internacional presente corresponde otro género de

convenios: otro lenguaje; otro fono de discusión; un distinto y actualizado diálogo. Aferrarse a un pasado

de hace quince años empleando los mismos tópicos, es alejarse voluntariamente de la realidad.

Nuestros pueblos, para entenderse sin- cera y eficazmente, ¿han de buscar solamente en la retórica de los

antagonismos ideológicos comunes una base firme para esa amistad fecunda? Ancho es el campo de

nuestros intereses mutuos. Junto a lo especifico castrense, en que pueden caber fórmulas de cooperación

sin necesidad, de enclaves territoriales, hay el enorme aumento del intercambio comercial; la curva

creciente de las inversiones; los vínculos industriales; los inmensos resultados a esperar del contacto

humano entre empresarios y técnicos; entre escuelas y universidades; con los sistemas y métodos

americanos en la ciencia, en la información, en el transporte, en .las comunicaciones y en la enseñanza.

¿Qué actividad profesional, qué parcela de iniciativa técnica o económica no será susceptible de

engrandecer su horizonte con el entendimiento profundo y lealmente sentido de españoles y

norteamericanos? ¿Por qué tratar de minimizarlo en torno a las cláusulas arcaicas de un convenio de

emergencia?

Han pasado quince años para todos. Para la técnica militar, para las dos naciones, para el contexto

internacional, para los convenios. Federico de Prusia, después de la guerra de los Siete Años escribía; "No

hagáis un tratado pensando en las necesidades del pasado, sino en las perspectivas del futuro."

José María de AREILZA

 

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