Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Don Gaspar, solicitado     
 
 ABC.    15/05/1969.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

DON GASPAR, SOLICITADO

El castillo se levanta sobre el alcor, como un gran navío embarrancado después de que bajaran las aguas

del diluvio. Sus torreones flanquean el recinto que domina la extensa vega del río, escoltado de chopos. El

campo está jugoso y alegre en la verde mañana de mayo. Por aquí entró el Cid, al abandonar, desterrado,

las fronteras de su reino. "Por la vega del Henares se aprestan a cabalgar — atraviesan por la Alcarria y

adelante sin parar". La villa de Jadraque se estira a lo largo del río con las casas modernas, las fábricas y

los silos, rompiendo el viejo recinto que la centraba en torno a la iglesia, de flecha renacentista,

apizarrada. Una casona grande de dos plantas, del XVIII, con escudo orlado en la fachada, se levanta en

la calle principal. Aquí, durante tres meses, de junio a septiembre de 1808, don Gaspar Melchor de

Jovellanos vivió acaso los más angustiados y difíciles tiempos de su existencia, mientras España entera se

debatía entre la vida y la muerte, entre la sumisión y la rebeldía, entre el colaboracionismo y la guerra

total.

La casa de Jadraque era de don Juan Arias Saavedra, magistrado como él, y a quien llamaba "padre,

amigo y bienhechor". Allí se refugiaba quien venía moral y físicamente destrozado por siete años de

encierro, uno en la Cartuja de Valldemosa y seis en una celda del Castillo de Bellver, en condiciones

humillantes y atroces. El rencor de la mediocridad gobernante se ensañaba con aquel espíritu de

excepción que representaba en el turbio y agitado período revolucionario del incipiente ochocientos, el

equilibrio, la mesura, el deseo de reformas, la necesaria evolución, la España moderna en suma.

Cuando cae el validaje y sus perseguidores, después del motín de Aranjuez, Jovellanos es liberado. Sus

amigos de Palma y los de Valldemosa le ruegan que se quede entre ellos, para completar los estudios de

arqueología e historia que había realizado durante el cautiverio. Pero a poco le llega la noticia de la

sublevación del Dos de Mayo en Madrid y decide volver a la Península. Arias Saavedra le ofrece

entonces su casa para reponerse y recobrar la salud. A ella llegaba el gran escritor y político en galera

tirada por muías, procedente de Tarazona, después de haberse detenido en Barcelona y Zaragoza, donde

Palafox le acogió con honores y el pueblo le aclamó. Una escolta de escopeteros, mandada por el tío

Jorge lo acompañó desde la capital de Aragón, pues ya los caminos resultaban inseguros desde que la

chispa saltó y las juntas y guerrillas brotaban espontáneas a lo largo y a lo ancho de la tierra española.

Poco le iba a durar el reposo y la placidez al agotado viajero. Desde el siguiente día emisarios, postillones

y visitantes cayeron sobre la villa de la Alcarria, que se aprestaba a recoger las cosechas de sus campos y

huertos. Don Gaspar era, en aquellos momentos, uno de los hombres más solicitados del país. Su enorme

prestigio intelectual y moral, y sus cuarenta y tantos años de servicios eminentes en la magistratura, la

serie considerable de informes, memorias y discursos que su curiosidad intelectual y su capacidad de

trabajo produjeron, le situaban en la cima del respeto de sus contemporáneos, aún de aquellos a quienes el

resentimiento y la envidia impedían manifestarlo. Jovellanos lo había abarcado todo en su visión

reformadora y progresiva: la economía, la política, las costumbres, la sociedad, la educación. La historia

de España que conocía tan honda y apasionadamente y que le hacía rebuscar sin pausa archivos y

documentos inéditos, era en él, como lo fue más tarde en Cánovas, punto de apoyo para el mejor

entendimiento de nuestra vida civil. Quería asentar en la rica vena de nuestra tradición el fundamento

sólido de una España renovada. Aquel intento generoso, abierto, popular, tenía, claro es, formidables

enemigos. Todas las fuerzas del inmovilismo, de la rutina y de la oscuridad nacionales, se habían

atravesado, airadas, en su propósito.

Los mensajes eran de los dos bandos, pero los más apremiantes venían del Gobierno de Bayona, recién

nombrado por José Bonaparte. Sus amigos, Mazar redo, Urquijo, Azanza, O´Farril, Cabarrús, le

transmitían recados urgentes para que se incorporase al nuevo Ministerio del que formaban parte.

Jovellanos había sido designado ministro del Interior, por el flamante rey intruso. Se defendía don

Gaspar, alegando su precaria salud que apenas le permitía salir de su cuarto, pero los colaboracionistas

insistían. Para ellos, el nombre del gran asturiano perseguido era considerado un ingrediente político de

primera fuerza en los pasos iniciales de un reinado que se anunciaba precario y difícil a pesar de las

masivas sumisiones adulatorias de Bayona.

¿Qué indecisiones no atravesarían el espíritu del enfermo, mientras permanecía encerrado en Jadraque?

Le latía en las entrañas de la memoria el mal recuerdo de su breve experiencia ministerial con Carlos IV.

La inmensa dificultad de movilizar a los españoles para empresas de signo constructivo. La ingratitud del

poder supremo. La chabacana reacción de muchas gentes. Lo de Bayona había sido el triste final de un

proceso decadente. Los Monarcas, cautivos. Los notables, entregados y serviles. ¿No era acaso el

inédito camino de una solución impuesta el que haría viable las ideas del ilustrado despotismo? ¿No

estaban allí para pregonarlo, hombres eminentes a quienes conocía y que habían, compartido con él, en

los últimos decenios, propósitos, ilusiones, programas de reforma general?

Pero de la otra parte le venían testimonios extensos, elocuentes. El país vivo, la España real, se había

puesto en pie, frente a la defección colectiva de la España oficial. Mientras se redactaba la Constitución

en Bayona, las provincias y regiones, las ciudades y las villas, se movilizaban espontáneamente en juntas

de salvación patriótica. Jovellanos seguía apasionadamente aquel movimiento, en el que veía resucitar

con nuevas formas de autenticidad social, la soberanía hundida. ¿Y si de las juntas saliera por fin, a pesar

de las extremadas circunstancias, la ansiada representación del país? ¿Y si con ello pudiera llegarse a un

gobierno de opinión, desde el que se trazaran los cauces para reflejar la voluntad nacional?

En la minuciosidad característica de sus diarios encontramos la huella de esas reflexiones. Un día es su

viejo amigo, el arcediano de Avila, el que le visita y acompaña en las tertulias de Jadraque, con las gentes

de relieve del lugar. Sus palabras de inflamada exaltación causan hondo impacto en el ánimo del

convaleciente. A fines de julio, con los calores, llega un correo con la increíble nueva: en Bailen han sido

derrotadas las tropas del Emperador. Todo es, pues, posible otra vez. Viene en esto Goya, procedente de

Madrid, a pintarle un retrato, aprovechando sus días de reposo. Don Francisco le cuenta los horrores del 2

y 3 de mayo, de los que había sido testigo directo, excepcional. Aquel relato, apasionado y plástico del

artista, hubo de influir definitivamente en su pensamiento. Cuando llega septiembre, Jovellanos, ya

repuesto del todo, no sólo realiza largos paseos a pie, sino que monta a caballo para recorrer las huertas

del Henares y el sendero que sube, empinado, al viejo castillo. Su decisión está tomada. Irá a incorporarse

a la Junta Central, para la que ha sido elegido, representando al-Principado. Desde ella y presidido por

Floridablanca, el "abuelo de España", dirigirá la guerra, la resistencia, la convocatoria de Cortes, la

relación con las provincias de América y el diálogo con Gran Bretaña, nuestro aliado principal contra

Napoleón.

Todavía se enseña en la casa un "cuarto de Jovellanos" cuyas paredes fueron pintadas al fresco por él.

Hay un paisaje del Castillo de Bellver y otro del puerto de Palma. En el piso principal una Virgen, de

Zurbarán, prodigiosa, parece flotar en el aire sobre una nube de querubines. Ante ella se postraría don

Gaspar, creyente sincero, tras el rosario familiar, pidiéndole luz y protección. No eran los adversarios de

fuera los que temía, sino los de dentro, que aún habían de perseguirle con difamaciones, hasta verlo morir,

tres años más tarde, bajo las arboledas de su Asturias adorada.

José María DE AREILZA

 

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