Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Helicópteros en San Pedro     
 
 ABC.    09/03/1969.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

HELICOPTEROS EN SAN PEDRO

Como llovidos del cielo se posaron los tres helicópteros en plena columnata del Bernini, frente al

gigantesco portón del Vaticano. Dentro venía el presidente de los Estados Unidos con su séquito. Colofón

del viaje norteamericano a Europa. Después de visitar Bruselas, Londres, la Roma civil, el muro de

Berlín, Bonn, Richard Nixon se despedía del viejo mundo dialogando con Pablo VI. Antes, durante un

larguísimo coloquio de muchas horas, había escuchado de labios del general De Gaulle lo que su

experiencia política y su sentido de la historia le aconsejaban decir al joven presidente ansioso de conocer

más cercanamente al anciano estadista que sobrevive a su tiempo y que escudriña ansioso las líneas de un

futuro que la inquietud de los tiempos y la crisis universal hacen dudoso, incierto, problemático y difícil.

¿Qué ha venido a decir el jefe del Estado americano a los grandes de Occidente europeo?

Aproximadamente lo siguiente: "Voy a dialogar con la Unión Soviética. La condición de nuestros poderes

respectivos es tal que la ausencia de contacto es impensable. Estamos, unos y otros, sujetos al duro

engranaje de la tecnología nuclear. Los pequeños países pueden permitirse aún el lujo de mantener la

guerra fría o los incidentes de frontera. Nosotros, los superpoderes, no. Tenemos que atenernos a la

servidumbre de la potencia propia que nos atenaza y obliga. Y acaso llegar a ciertos acuerdos para

impedir el abuso de los poderes menores que tratan en su impunidad de arrastrar a los grandes al supremo

holocausto." Nixon ha querido, ante todo, tener el gesto abierto y liberal de exponer a sus aliados el

propósito y de oír sobre el particular sus opiniones. Es muy probable que en Londres, Roma, Bruselas y

Bonn le haya acompañado mayoritariamente el beneplácito. Es muy posible, también, que De Gaulle haya

confrontado sus ideas, pues a su juicio el eje del entendimiento Occidente-Oriente es un paralelo que pasa

también por París.

¿Buscaba Nixon la solución de un problema europeo? ¿Venía a exhortar a la unidad a los antiguos

pueblos de este Continente en que la semilla del nacionalismo sigue encontrando tierra abonada para su

proliferación espontánea y exuberante? Yo no creo que el presidente republicano tuviera en la mente

propósitos de esta naturaleza, ni siquiera que en su diálogo último con la Unión Soviética sea Europa el

centro de sus conversaciones o de sus temas de prioridad. Otras cuestiones absorben el interés de los

Estados Unidos de modo preferente. En primer lugar, el desarme. No el desarme genérico que sirve de

rótulo ineficaz y perenne a conferencias y foros desde 1919 cuando menos. Sino otra limitación

apremiante, que por la enormidad de su dispendio—decenas de "billones" de dólares—provoca el riesgo

de ahogar el presupuesto de los Estados Unidos, dejándolo exhausto para las grandes inversiones

interiores, el urbanismo, los negros, la pobreza, la educación. El desarrollo de los "antimisiles", antídoto

de la sorpresa nuclear, ha llegado, en efecto, a tales complejidades técnicas que su costo en espiral

desborda todas las previsiones razonables. La Unión Soviética aborda el mismo problema por la otra

vertiente de la escalada mutua de estos ingenios. Sólo un acuerdo limitativo puede detener esta locura

presupuestaria que del lado americano llevaría consigo también este delicado y grave problema: el de

entregar al pentagonismo una parte tan importante del gasto público que acabaría desequilibrando el

tradicional campo de fuerzas que hace marchar la democracia estadounidense.

Otro de los grandes temas del diálogo USA-URSS será inevitablemente el del gigante chino con sus

ochocientos millones de seres—casi el doble que americanos y rusos juntos—y sus primeras armas

nucleares operativas en 1970. ¿Cómo apartar del primer plano de las mutuas preocupaciones esta porción

de la Humanidad encerrada en su continente y en su cultura, regimentada en su revolución, expansiva en

sus propósitos? Los intereses de Washington y Moscú pueden, por distintas razones, coincidir en la

política con Pekín y, en todo caso, ningún plan efectivo de paz en el Pacífico y en el Sudeste asiático

puede ser realista sin abordar este problema que encierra en sí matices variadísimos y, como tantas veces

ocurre, contradictorios, pues ya es sabido que la política internacional en blanco y negro no se da sino en

las historietas infantiles o en las mentes unidimensionales.

¿Medio Oriente? ¿Política monetaria?

¿Berlín? ¿El mismo Vietnam? Seguramente han sido estos temas evocados también por Nixon. Hasta la

propia Alianza Atlántica necesitada de un "aggíornamiento" fue objeto de largo coloquio en Bruselas.

Henry Kissinger, el brillante asistente presidencial, no ha ocultado, en sus más recientes trabajos, hasta

que punto compartía las tesis gaullistas sobre el nuevo contexto europeo. En Europa no hay probabilidad

verosímil de guerra caliente por parte de la URSS. El riesgo máximo llega hasta el "status" de Berlín y

aun allí, con limitaciones y cautela por parte rusa. Hay preocupaciones soviéticas cuando, por ejemplo, la

libertad intelectual—como en Checoslovaquia—agrieta el monolito dogmático del mito totalitario. Pero

no desborda, el acto de fuerza, del ámbito jurisdiccional que congeló el telón de acero hace ya veinte

años. Y si el contexto es distinto y los dos grandes van a dialogar, ¿no sería preciso que la voz de Europa

como tercera fuerza se escuche, no ya sobre los grandes temas como el desarme, anticohetes o la China de

Mao, que nos son excéntricos, sino sobre cómo establecer el día de mañana unas bases nuevas de mutua

seguridad entre el Este y el Oeste europeos? Tal es la vieja tesis del general De Gaulle a quien Nixon ha

dedicado los más cálidos elogios en su jornada de París, demostrando así su fina agudeza psicológica.

Los límites y el uso del poder. He aquí en esencia el problema que tiene planteado el jefe del Estado más

poderoso del mundo. La fuerza por sí sola ¿es suficiente para imponer la paz? ¿Para defender una

política? Vietnam y Checoslovaquia y el polvorín del Oriente Medio responden elocuentemente a la

cuestión. Sin consenso o sin legitimación de poder, aceptada por los demás, no hay estabilidad política

internacional que dure. Precisamente, uno de los libros de Kissinger, "A world restored", aborda el

período post-napoleónico en que la Santa Alianza de los grandes de entonces trató de sentar en Viena las

bases que iban a sostener durante cien años el equilibrio europeo, que era, en aquellos años también, el

equilibrio del mundo.

Ya no hay cultura universal enraizada en la creencia religiosa. Nuestra civilización es técnica, agnóstica,

racional y pragmática. Encontrar el denominador común de una legitimación de poder es tarea

sobrehumana para ser aceptada por los grandes de hoy. Acaso por ello terminara Nixon su peregrinaje

europeo en San Pedro de Roma. Allí donde resonó una voz que al darle la bienvenida repitió con

insistencia que el cristianismo es, sobre todo, una fuente perenne de energía moral.

José María DE AREILZA

 

< Volver