Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El presidente; El Consejo del Reino; El Príncipe Felipe; El mensaje de Franco; Crónica de la crisis     
 
 Gaceta Ilustrada.    13/01/1974.  Página: 49-50. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en .Madrid)

El presidente

EN el «laberinto» de la semana pasada dejé a los señores consejeros del Reino (a todos, menos a don Pedro Cantero, arzobispo de Zaragoza, que no pudo venir) entrando en el Palacio de las Cortes para discutir y votar Ia terna que había de ser presentada al Jefe del Estado. Hoy, cuando escribo, dejo a Jos nuevos señores ministros entrando en el Palacio de El Pardo para jurar sus cargos en el nuevo gobierno Arias.

El cronista jugó a ser aprendiz de adivino y se arriesgó a predecir una terna: don Torcuato Fernández Miranda, presidente en funciones y nombre obligado y de cajón; don Carlos Arias Navarro, que había pasado casi inadvertido a los que más presumen de verlas venir; y don Juan Castañón de Mena, por si acaso los señores consejeros se iban a buscar presidente en los escalafones militares y no en las listas civiles. A media tarde del día siguiente supimos que quien había sido alcalde de Madrid durante varios años era ya, como diría Lucio del Álamo, Alcalde de las Españas. Acertó el cronista, al menos en un nombre, y precisamente en el que fue elegido. Como lo demás es secreto, me quedaré sin saber si también acerté en el acompañamiento, aunque el acompañamiento no era objeto de predicción. Se trataba de adivinar e>l presidente, y cada presidente podía llevar un acompañamiento distinto. A lo mejor los señores consejeros se fueron a Córdoba, allá por donde nació Séneca, y no a Gijón, por donde nació Jovellanos; y quizás en vez de buscar en él escalafón militar, repasaron el catálogo de los juristas y de los hombres más destacados en el trabajo de la cámara legislativa.

¡Vaya usted a saber! lo mejor será no meternos a hacer cabalas para no caer en ¡la advertencia de la Dirección General de Prensa, celosa guardadora de que los secretos queden en las actas secretas y no salten a las páginas de los periódicos.

Hay unas palabras de Enrique de Aguinaga que definen la personalidad de Carlos Arias. «En el tren municipal, Carlos Arias ha sido la gran locomotora». Ahora, el tren ya no es el tren del municipio de Madrid, sino el de este múltiple y ancho convoy que se llama España. Y Carlos Arias tendrá que poner más madera en las máquinas.

El Consejo del Reino

No sé qué sucederá en las carpetas judiciales o en los expedientes administrativos con aquel artículo que Emilio Romero escribió bajo el título de «Crónica de los diez días» cuando ya todos sabíamos quién era el nuevo presidente, pero nadie había pronunciado oficialmente su nombre.

Supongo que no pasará nada. Así lo deseo, porque no deseo para ninguno de mis colegas penas ni contrariedades: ni sanciones legales ni pescozones políticos.

Pero sí quisiera decir que me parece que el Consejo del Reino ha funcionado mucho más intensa e independientemente de lo que algunos puedan intentar hacer creer. El juego de las instituciones colegiadas no se reduce tan sólo a las horas de deliberación y a los minutos del voto. Las dos horas y doce minutos que se concedieron al juego democrático del Consejo del Reino fueron el final de una serie de consultas, de meditaciones, diálogos, tanteos y, como ahora se dice, prospecciones de opinión. Y al final, naturalmente, funcionó también lo que todos esperábamos que funcionara: la capitanía de Francisco Franco. Creo que no habrá mucho más que decir. Al buen entendedor con pocas palabras basta.

El Príncipe Felipe

El lunes, antes de tomarnos Jas uvas, lucio del Álamo nos hizo una pregunta estremecedora:

«/.Y si la vesania terrorista hubiese apuntado al corazón del Príncipe?...» ´En ese desgraciado caso, España se habría quedado sin Sucesor y sin heredero del Sucesor, porque el ´Príncipe Felipe no adquirirá derechos a la Corona hasta tanto no sea coronado su padre como rey de España.

Al hilo de la inquietante pregunta de Lucio del Álamo, «ABC» desempolvó un editorial de diciembre del 72 en el que se pedia que los descendientes del Príncipe de España adquirieran derechos constitucionales de sucesión antes aún de que quede instaurada la Corona en don Juan Carlos. «Se despejarían así todas las posibilidades de quiebra sucesoria y se habría concluido, firme y segura, la soldadura entre el presente y el futuro para garantía de la paz y el bien común de los españoles». Es decir, todo, y también esto, quedaría «atado y bien atado».

El mensaje de Franco

La pequeña pantalla introdujo en todos los hogares de España, como cada final de año, la figura de Francisco Franco. Veíamos a un Franco de ochenta y un años que acababa de recibir el golpe tremendo de la muerte de Carrero, su más inmediato y leal colaborador. Iba vestido de oscuro con algún alivio ´blanco en lia corbata civil. En sus manos, que ya conocen ´la caricia para hacer fiestas al bisnieto, unas cuartillas breves, lacónicas y firmes. Ante sus ojos, las medias lentes para leer, y en sus labios, las enteras palabras para confiar y seguir. Habló de la madurez del pueblo. Indicó que había que reforzar las estructuras políticas. Recordó la discreción, la prudencia y las virtudes castrenses del Príncipe de España. Nos enseñó, como siempre, que la autoridad no puede ser un privilegio, sino un deber que exige fidelidad y sacrificio. Nos confortó con su presencia: «Aquí me tenéis con vosotros», y habían pasado desde el primer día nada menos que treinta y siete años, toda una etapa histórica. Pronunció con dolor y gratitud el nombre del Almirante Carrero Blanco, y nos dio a todos ejemplo de serenidad y fortaleza: «Es virtud del hombre político convertir los males en biennes». Y le habló al pueblo con la voz más entrañada en el pueblo, con la voz sabia y sencilla del refranero: «No hay mal que por bien no venga». No era esta Ja vez primera que España, de su mano, obtenía bienes perdurables de los males pasajeros.

Ya sabemos que Franco no es orador. En su voz no hay trémolos buscados, ni énfasis artificiosos. Su voz, monótona e inalterable, da siempre la misma orden: ¡Adelante!

Crónico de Ia crisis

No sabíamos si la crisis iba a ser larga o corta. Dice Pedro Rodríguez que la crisis estaba entre Balenciaga y Mary Quant. Pedro Rodríguez habla de las cosas políticas con desparpajo casi criptológico. Ha desterrado del vocabulario político las obviedades y los tópicos «camp».

Primero se habló de la crisis larga. Si Fernández-Miranda hubiese sido el presidente elegido, el Gobierno Carrero habría seguido, prácticamente íntegro, con los retoques de rigor. Pero a nuevo presidente, nuevo gobierno. Y empezó a barajarse la baraja de los nombres. Daban ministros hasta las piedras. En cada cartera, tres o cuatro candidatos. Ya se sabe: las «listas» salen de los «entornos» de cada ministrable. las «listas» previas son productos híbridos en los que se mezclan noticias, conjeturas y deseos. Me he entretenido en anotar los nombres que pudieron ser ministros y no fueron según las mil y una listas. También he anotado las dianas.

Es un divertimento político de informador sin noticias, sin otro material de información que los rumores.

Durante horas o durante minutos fueron sucesiva o alternativamente vicepresidentes del Góbierno: el general Castañón, el almirante Pita da Veiga, José Antonio Girón, José Solís, García Hernández, Rodríguez de Válcárcel, López Rodó y, por supuesto, Torcuato Fernández Miranda. Quizá me olvide de alguno. Manuel Fraga, Federico Silva y Gonzalo Fernández de la Mora fueron ministros de Exteriores. Al ¡final, en un avión de urgencia, llegó a Madrid el embajador Cortina para instalarse en el Palacio de Santa Cruz. Adolfo Muñoz-Alonso, Luis Sánchez Agesta, Manuel Alonso Olea y Alberto Navarro fueron nombrados, en el rumor, como sustitutos del ministro-poeta. Ibáñez Freiré andaba a caballo entre los ministerios de Gobernación y de Trabajo. Las «listas» sentaban en Alcalá, 44, a Licinio de la Fuente, Alejandro Fernández-Sordo, Jesús Fueyo, Fernando Herrero Tejedor, además de Fernández-Miranda, que salía, y de José Utrera que, de verdad, entraba, luis Rodríguez de Miguel podía ser ministro de Gobernación, ministro de la Presidencia o ministro de Justicia, y, por fin, lo fue de la Vivienda, que algunos atribuían a Luis Valero Bermejo. Don Juan Sánchez-Cortés y su delfín, don Rafael Cabello de Alba, «sonaban» para Hacienda, para Industria o para cualquier otra cartera.

Antonio del Valle, Aníbal Carral, Rodolfo ´Martín-Vil´la, Jesús Suevos... Parlamentarios, técnicos, políticos puros, personajes cercanos en la amistad y en ¡la colaboración al nuevo presidente saltaban a las listas de la crisis y se desplazaban, los unos a los otros, en términos de pocas horas. Más tarde llegó la otra hipótesis. Se haría una minicrísis. Cambiaban tres o cuatro, a lo más cinco carteras, con la gran incógnita de si seguiría en su puesto el vicepresidente Fernández-Miranda o se prescindiría del hombre que, sorprendente y casi espectacularmente, había sido llamado por don Luis Carrero para que ocupara un puesto en el que habían estado, hasta entonces, hombres como el propio Carrero o como el general Muñoz Grandes. Esta era la hipótesis de vísperas y su vida se alargó hasta el momento mismo en que, hacia el mediodía del jueves, la «lista» de verdad comenzó a ser recitada febrilmente por todos los teléfonos políticos. Los periódicos de Ia tarde entraban en máquina, con estos rumores recogidos en sus páginas, a la misma hora en que ya Ja lista grande se hacía pública por el procedimiento del tam-tam telefónico que se usa en la selva polítíca. Poco después empezaron a llegar las amargas cartas de despedida y a resonar los abrazos de felicitación...

El nuevo Gobierno

Don Carlos Arias ha hecho «su» gobierno. Por vez primera, se designan tres vicepresidencias, una política, otra económica, otra social. Pocos son los ministros —creo que seis— que sobreviven. Dos de ellos ascienden a ´la vicepresidencia y algún otro cambia de ´cartera, como Martínez Esteruelas, que es el primer ministro de Educación, desde hace años, cuyo nombre no se encuentra en el escalafón de catedráticos. Los demás son nuevos. Tirando de los hilos de llos nombres se llega, por supuesto, a las manos prudentes de Franco, pasando naturalmente por las del nuevo presidente y por los cercanos consejos de don Pío Cabañil las, el subsecretario de Fraga y secretario del Consejo del Reino.

Cuando e! almirante Carrero formó su gobierno, la Oficina de Información del Opus Dei pudo hacer pública una nota en la que decía que sólo uno de sus miembros —don Laureano López Rodó— pertenecía al nuevo gabinete. Ahora podría dar una nota semejante, pero sin ningún nombre. Al menos que yo sepa. En e!l nuevo gabinete figuran solamente tres ministros militares: son los de Ejército, Marina y Aire. Esos corresponsales extranjeros que nunca saben ver \a verdad y la esperanza de España enviaban a sus periódicos despachos en los que predecían un gobierno de uniformes y de policías. Se han lucido.

•El «Gobierno Arias» ha sido recibido con expectación, con asentimiento, con agrado y con esperanza. Como siempre sucede, la elegancia en ´la despedida a los que sirvieron y ahora se van ha llegado, en mayor grado, desde los lugares menos obligados a la gratitud, desde las páginas donde la crítica respetuosa sustituía a la adulacíón o al halago sin reservas. Como tantas veces he dicho, estas son ¡cosas del laberinto! La verdad es que en estos momentos Franco ha solicitado del pueblo esa «unidad que no quiere decir uniformidad». Y el nuevo Gobierno se encuentra con un pueblo unido, obediente y esperanzado. Un pueblo que, tras el dolor, espera él nuevo canto de vida y de esperanza.

J. C.

 

< Volver