Autor: Hermosilla, Ramón. 
   El crucifijo de las Cortes     
 
 ABC.    07/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL CRUCIFICO DE LAS CORTES

SIN que pueda decir que me sorprendiera, sí que. ms impresionó, de (as noticias que aparecieron en su

día —no tan lejano— sobra el asesinato de Ibarra, qua éste en el instante de morir apretara entre sus

manos un crucifijo.

Aún recuerdo, además, e! comentario qua hizo alguien a mi lado: «Desengañémonos; lo qua de verdad y

en esencia nos separa y nos acerca a los españoles y quizá a todo e! género humano, es que a la hora de

morir deseemos tener a la cabecera un crucifijo o no.»

Es cierto. Esa disposición o actitud de la conciencia para la hora definitiva predetermina y condiciona,

quiérase o no, todas las actitudes intermedias de nuestras vidas, con categoría trascendental.

El crucifijo, el cristianismo, ta moral cristiana, la esencia, en suma, de una civilización concreta. Es una

impronta que aparece en nuestras rafees donde manos se espera. Recuerdo a un profesor que cuando

hablaba de estos temas siempre ponía como ejemplo que para algunas civilizaciones el mestizaje fue un

absurdo, porque la raza dominadora no podía cruzarse con la conquistada, mientras que el español se

casaba con la india, porque a través del cristianismo partía da una concepción Igualitaria, universalista

y humanista del hombre, de 4a raza humana. Yo agrego que da la misma esencia fundamental se nutren

nuestros conceptos de la libertad y del Derecho. Nuestra «libertad, igualdad, fraternidad» no son una

traducción * de la Revolución Francesa o de Rousseau, sino que nos vienen de antes del Cristianismo.

Los españoles no podemos, pues, negar nuestra esencia cristiana sin renegar de nuestra civilización y de

nuestra cultura. Por eso levantó tantas tempestades en épocas de la República —y contribuyó al

desencadenamiento de la tragedia— la afirmación de don Manuel Azaña: «España ha dejado de ser

católica»; y no porque no fuese dicha como expresión de un concepto de relatividad histórica, sino porque

fue interpretada como una definición de la política de la República en materia religiosa, indignó más

todavía —¿por qué hemos de empeñarnos en perder «toda» la memoria?— la propuesta de don Rodolfo

Llopis, socialista-marxista, en aquel tiempo director general de Primera Enseñanza, de retirar el crucifijo

de las escuelas.

Traigo a colación estas consideraciones porque en estos últimos días del verano acaba de ocurrir un hacho

que pudiera pasar inadvertido entre vacaciones y ausencias; y que tiene, no obstante, una tremenda

significación: el presidente de las Cortes, don Antonio Hernández Gil, ha retirado el crucifijo de su

despacho, informando a los periodistas de las razones que le movían a hacerlo.

Las razones que ha dado el presidente de las Cortes son del mismo aire que las que adujo (¡eso dice la

Historia!) en su día el socialista Rodolfo Llopis para practicar igual desahucio de las escuelas: el respeto a

quienes profesan otros credos, la neutralidad y la aconfesionalidad del Estado —de la Monarquía—;

evitar, en fin, que nadie pueda sentirse ofendido por la presencia del crucifijo. No dijo el señor Hernández

Gil que nadie le hubiera pedido que retirara el crucifijo. Tampoco se sabe que haya habido deliberación

de las propias Cortes sobre el tema y que sus integrantes o alguna comisión interior hayan tomado la

resolución. Ni siquiera se tiene noticia de que algún diputado o grupo político, más o menos extremista o

radicalizado, se hubiese sentido molesto por la presencia del crucifijo en el despacho. En fin, el señor

Hernández Gil decidió «anticiparse»: «Aquí van a entrar los sarracenos —´parece haberse dicho— y les

van a molestar, la cruz; pues cruces afuera.»

Se trata, por tanto —queremos pensarlo así—, de la aplicación expeditiva y ejecutiva del criterio

particular´ del señor Hernández Gil, quien, sin tener en cuenta las anotaciones y resonancias del hecho, ha

actuado sin oír más que a su voz interior. O quizá por eso que hemos dicho antes de la esencia cristiana de

nuestra cultura, a pesar de lo que le haya dicho su voz interior...

´Por el mismo camino, el señor Hernández Gil podría entender que su autoridad de presidente de las

Cortes no se limita al propio despacho, sino que se extiende, al menos, a los despachos de los señores

Álvarez de Miranda y Fontán, quienes como presidentes del Congreso y del Senado son la cabeza bicéfala

de las Cortes mismas. Puede que a estos señores tampoco les suponga violencia alguna retirar el crucifijo

de la pared o de la mesa; ¿se consolarán pensando que tal ausencia se compensa con los Cristos, medallas

y confesionalidad que su propia presencia impondrá en el recinto?...

Por mal camino vamos. Algunos pensarán que es mejor cargar el asunto a cuenta de

una Interpretación particular de las atribuciones del presidente de las Cortes, el cual mañana podría

ordenar que los tradicionales leones de la puerta fuesen trasladados al Retiro. Quiero decir, que algunos

argüirán si no será más adecuado «trivializar» el episodio, «quitarle hierro».

Acaso seamos todos demasiado pecadoras como para temar que se nos reproche esto de ocuparnos de un

crucifijo, cuando más nos valiera atender nuestras penitencias, cuando la vida de cada día nos ofrece

constantes" yunques sobre los que poner a prueba las convicciones cristianas, más importantes, sin duda,

que las meras imágenes. Y, sin embargo...

Sin embargo, yo pienso —con mi carga de humanos pecados a cuestas, como todos— que no se trata de

eso y que tampoco es una cosa baladí. Es otro de los indicios, bien significativo, de un probrema hondo

que tenemos encima, de un entreguismo sin fronteras, un «totum revotutum» en el que noy es un

crucifijo, mañana un artículo de la Constitución, pasado las Canarias. Es, en definitiva, toda una

«política».

Por eso me atrevo a denunciar el hecho y protestar de él. Y a preguntar dónde está la frontera. A

preguntar, sí; porque si se vacía del símbolo de la matriz cristiana común, que es la esencia de nuestra

civilización y de nuestra moral, un despacho (itan significado!) de las Cortes podremos confiar en que por

lo menos de los despachos de La Zarzuela no se quitará y allí estará el límite infranqueable para los

iconoclastas.

Ramón HERMOSILLA

 

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