Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   El inventario     
 
 ABC.     Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL INVENTARIO

En reciente coloquio, al que fui invitado por un Colegio Mayor universitario, me pidieron que hiciera un

breve exordio para situar el problema que sé debatiría después y que consistía nada menos que en las

perspectivas del futuro de España. Pensé que lo mejor era presentar un inventario de lo que había, de la

actualidad, de la nación en la que vivimos y de la que partimos, traducido en cifras, en guarismos, en

planteamientos concretos, en certidumbres y en carencias. No se me ocultaba lo arriesgado de tal síntesis,

inexacta como todas las síntesis, seguramente desequilibrada en proporciones, falta de claroscuros

suficientes para acercar los hechos a la realidad. Sin embargo, realicé el esfuerzo, apretando en un lapso

mínimo de tiempo un manojo máximo de datos y observaciones. Obré, como si un emisario de otro

planeta me pidiera en breve y urgente resumen, lo que yo le podía explicar de la comunidad a la que

pertenezco y que se halla situada en el confín sudoccidental de Europa.

¿Cómo se puede hacer el inventario de una nación? ¿Con las solas estadísticas de población, renta por

habitante, producto nacional bruto, desempleo, emigración externa, presupuesto ulterior y balance de

pagos? ¿O será preciso añadir también los factores educativos, culturales, religiosos, étnicos, que inciden

en el comportamiento y en los hábitos de nuestros compatriotas? La salida al mercado de trabajo exterior

de dos millones de nuestra población activa, ¿es más importante en si que la enorme y rápida migración

interior que despuebla regiones enteras y satura, en cambio, comarcas industrializadas? Los desequilibrios

crecientes entre las provincias situadas en vanguardia del desarrollo económico y las que descienden a los

últimos puestos de renta por habitante, ¿no están llegando a crear la imagen de las «dos Españas», pero

ahora no en torno a talantes ideológicos o metafísicos, sino a dos grupos comunitarios de los cuales uno

avanza y se distancia cada día más del otro, que retrocede?

¿Qué relieve tiene en un futuro inmediato el hecho de que un porcentaje cercano al sesenta por ciento de

nuestra población tenga menos de cuarenta años? ¿No será este juyenilismo mayoritario, factor de

primera importancia en la convivencia de mañana? Si hoy, por fortuna, no existen ya, prácticamente,

analfabetos en las nuevas generaciones, ¿no será ello una inevitable exigencia en orden a convertir a estos

seres que leen y escriben y tienen acceso a la cultura, en ciudadanos participantes con libertad y

responsabilidad en la conducta del negocio público?

La sociedad española está en movimiento a ritmo semejante al de otras colectividades que pasaron por

niveles parecidos de expansión y crecimiento. Su dinamismo, sus tensiones, sus conflictos, revelan casi

siempre que el organismo está vivo, que su fisiología y su metabolismo restallan en ocasiones porque les

falta sitio, cauce, ámbito en qué canalizar sus aspiraciones, análogas a las de cualquier otra comunidad en

desarrollo de características aproximadas. Por eso resulta más necesario que las instituciones que se

hallen inacabadas en su proyecto se completen, y que las terminadas ya funcionen y cumplan con rigor y

autenticidad sus exigencias internas propias. A medida que el - tiempo pase, las instituciones del

ordenamiento legal vigente cobrarán mayor importancia. Y junto a ellas, la interpretación que de las

mismas y de su contenido haga el gobernante. La hermenéutica ha de predominar sobre la dogmática. A

Talleyrand le preguntaron, restaurado Luis XVIII, si creía utilizable en parte o en todo la legislación de

Bonaparte. «O las leyes de Licurgo», contestó. El ánimo y el propósito del que gobierna es lo esencial.

«¿Qué América queremos hacer?—se preguntaba en voz alta, ante un selecto grupo profesoral y

universitario, el presidente Nixon en un arranque dé sincera meditación—. ¿Queremos ser el abanderado

del anticomunismo, o el defensor de tos ideales democráticos, o el policía que impone en el mundo el

orden del estatu-quo» cuando éste se altera? ¿O queremos ser una gran nación envidiada por sus

instituciones, por su civismo, por la libertad controlada de su vida pública, por estar en vanguardia del

avance técnico, por la permanente revolución social que modifica sin cesar los estamentos tradicionales,

por haber atacado de raíz la pobreza, la polución, el gigantismo urbano y tantas otras lacras de nuestra

sociedad?»

Renán decía que una nación era un plebiscito cotidiano. No diría yo tanto. Pero sí creo que en las

naciones libres el consenso directo o indirecto de la población constituye un apoyo sustancial para que el

gobierno se sienta acompañado en una tendencia que trata de imponer. Ese cordón umbilical entre la

sociedad y los que ejercen el poder resulta vital en los Estados modernos no despóticos. Examen abierto

de los grandes temas que afectan al devenir nacional. Debate público y crítico de las diversas soluciones

que puedan tener desde los ángulos de variadas perspectivas que ofrecen los grupos y estamentos

diferenciados que constituyen la sociedad. En eso consiste esencialmente la base democrática de los

gobiernos. No en que haya, necesariamente, ni parlamentarismo dominante ni multipartidismo divisor ni

elecciones cada semana ni disgregación social, imagen peyorativa y caricaturesca que sirve para

confundir. La democracia es un ejercicio de responsabilidad moral de las gentes y grupos que forman una

ciudadanía nacional. Su consenso está basado en aceptar unas reglas del juego coherentes, que permiten

deducir de la libre consulta unas coordenadas de tendencia predominante que definan por un tiempo el

rumbo del ejecutivo. Y, por supuesto su cimiento está en que la alternativa en el ejercicio y disfrute del

poder tenga siempre el camino abierto para acceder a él por las vías legales.

Nuestros problemas están ahí, planteados, como los de todo gran país en desarrollo, con vitalidad y

crecimiento rápidos, que marcha irrevocablemente a convertirse en una sociedad industrial moderna de

masas. Esos problemas ni son insolubles ni son imposibles de encauzar, aunque tengan su proceso y su

condicionamiento precisos. Pero si se bloquea la posibilidad de su presentación misma, con cuestiones

previas de procedimiento, será difícil que ese inventario logre su propósito de servir de trampolín inicial

para el gran desnegué. La hora de los cambios está modificando de modo trascendente el equilibrio de la

posguerra en el panorama internacional. Los grupos de países que se encuadran en los ordenamientos que

exige el factor dimensional de la civilización tecnológica se van perfilando poco a poco. En Europa van a

ser diez los que tomen la iniciativa del ambicioso intento. Con ellos tenemos vecindades, intercambios,

relaciones excelentes, cultura común, historia entrelazada. Todo conspira en favor de un entendimiento

progresivo, de un acercamiento, de una futura integración de la que se han hecho en horas recientes,

públicos, cálidos y reiterados propósitos.

Las grandes cuestiones que afectan sustancialmente a un país y califican su inventario no cambian gran

cosa en su esencia, aunque se modifiquen, claro es, sus circunstancias. Mucha ha sido la alteración de

España desde hace cien años acá. Pero en 1882, un gobernante español pronunciaba en el Ateneo de

Madrid las siguientes palabras: «Mándanos el deber nuestro, visiblemente, que entremos en el número de

las naciones expansivas... que sobre sí han tomado el empeño de llevar a término la ardua empresa... Pero

no es posible que entremos en ese corto número de naciones superiores sin que nuestra vida interior, por

de pronto, y la exterior, a su tiempo, se ajusten estrictamente a tal intento.»

Cánovas definió bien en esas palabras la evolución necesaria de su tiempo. Creía, como todo gran

político, que cada hora tiene sus modalidades, y que en la ágil adaptación a ellas, dentro del respeto

unos principios, estaba la clave del equilibrio, virtud que caracteriza al hombre de Estado, soñador de

futuros con los pies bien asentados en el suelo.

José María DE AREILZA

 

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