Autor: Cortés-Cavanillas, Julián (ARGOS). 
   Conversación con José María de Areilza  :   
 No se puede exigir el rigor fiscal más que prestándose con el mismo rigor al examen del gasto público. 
 ABC.    29/07/1972.  Página: 85, 87, 89. Páginas: 3. Párrafos: 45. 

«EL MONARCA DEBE SER EL DENOMINADOR COMUN DE HOMBRES Y GRUPOS AL

SITUARSE POR ENCIMA DE LAS DIVERGENCIAS»

—No soy optimista, ni pesimista en torno al futuro de España. Me gusta mirar las cosas como son y

atenerme a la realidad de los hechos. En el panorama político de la España actual existen —como en

cualquier país— problemas de diversa índole y envergadura. Creo que lo primero que hay que hacer es

analizarlos y diagnosticarlos objetivamente. Después, darles tratamiento correcto y, si es posible,

solución. Pienso que tenemos buen número de cuestiones sin resolver y que hay camino y métodos para

superarlas. Mi optimismo se basa en racionalizar los planteamientos, evitando en lo posible el factor

emocional y la componente de irracionalidad que surge con frecuencia entre nosotros.

—¿Crees que el mecanismo sucesorio podrá funcionar normalmente y garantizar el tránsito sereno de la

actual y excepcional Jefatura del Estado a una Monarquía moderna sin hipotecas de ningún género?

—Espero y deseo que así sea.

—¿Sobre qué bases y qué objetivos políticos deberá asentarse y orientarse la nueva etapa a la que

imprimirá carácter la Monarquía funcionando en plenitud a la cabeza del nuevo Estado?

—El Príncipe se hará cargo de la Jefatura de un Estado dentro de un ordenamiento institucional. Y de ese

sistema legal —que comporta incluso los métodos para su posible reforma— no se podrá salir porque una

alteración del mismo implicaría una ruptura, con el riesgo de que, en ese caso, determinados grupos o

estamentos desearan irrumpir por su cuenta en la vida pública.

La Monarquía es y será un hecho en la España futura. La situación del país después del largo mandato

histórico del Generalísimo Franco no tendrá soluciones políticas mágicas como algunos creen. No se pasa

de una cosa a otra de la noche, a la mañana, y seria absurdo pensar que estos treinta y tantos años no han

creado solidísimos intereses que, además, desde los años sesenta, son asistidos por el gran despegue

económico que presenciamos. Pero a su vez está ahí la España nueva, demográfica y social, con sus

exigencias concretas y cambiantes. El cincuenta por ciento de los 34 millones de españoles tienen menos

de treinta años y no toma la guerra civil como el punto de partida vital o político de sus existencias. Y ese

porcentaje tiende, lógicamente, a aumentar.

Para esa vasta y silenciosa mayoría del país, la sucesión del Príncipe puede ser una simple solución

institucional, pero también podría representar una alternativa nacional —no emocional— que permita la

continuación del progreso en la paz y la transformación legítima de la continuidad, en un abanico de

consenso popular, más ampliamente atendido y organizado, y con posibilidades de plena actuación dentro

de la Ley. Creo que la Monarquía, en el caso de España, está en condiciones de hacer eso.

En resumen, de lo que se trata es de establecer un equilibrio dinámico que exigirá de todos —digo bien,

de todos— inteligencia y tacto. De las fuerzas democráticas, consecuencia con sus propias ideas, pero sin

olvidar de dónde viene la sociedad española. De las fuerzas conservadoras discernimiento y clarividencia

para comprender, hacia dónde va esa mayoría juvenil, inexorablemente.

—¿Cómo se debe producir la evolución política del régimen, sin perder nuestras propias y peculiares

características?

—Una parte de la sociedad española en despegue, que por definición es conflictiva y lleva consigo

tensiones y aspiraciones, se encuentra, de hecho, fuera de las coordenadas establecidas o marginada por la

interpretación que se hace del ordenamiento legal. Ciertos grupos y gentes que en este momento influyen

en la administración pública, aplican la etiqueta de «subversivo» a todo lo que en esa área que te estoy

señalando se produce, es decir, a los conflictos normales de la sociedad y a las situaciones de tensión. Ello

está dentro de la interpretación cerrada o reaccionaria de las leyes. Y a mi juicio, hay qué distinguir lo que

es auténticamente el movimiento de una sociedad dinámica con aspiraciones justas al crecimiento y al

cambio, y lo que es específicamente «subversivo» en el sentido de aquello que no puede disolverse o

tratarse en el seno de una sociedad democrática. Y esto, por lo común, es patrimonio de una pequeña

minoría y también fenómeno contestatario general de las sociedades contemporáneas.

El que se produzca o no un cierto grado de subversión dependerá en gran parte de la existencia de cauces

precisos, institucionales, para el desarrollo explícito de las legítimas demandas de los españoles. Si no los

hubiera, entonces no sólo habría que hacer frente a la subversión propiamente dicha, sino que también se

encontraría el poder frente a un malestar social difuso, generalizado, teñido en ocasiones de violencia, que

se observaría en casi todos los estamentos de la sociedad.

Son dos fenómenos distintos y creo que importa subrayarlo así. Es obvio que una nación que no tuviera

cauces y protestara por ello, no correspondería ni a los intereses de la Monarquía, ni al interés general del

país. Mantener a un nivel muy bajo el fenómeno de la subversión y a un ancho nivel moral y político el de

la discrepancia organizada y responsable será, a mi entender, e1 interés mayor de la Institución

monárquica.

—¿Cuál sería la clave para la auténtica participación ciudadana en la vida publica?

—Frente a la interpretación restrictiva del sistema que algunos consideran la única posible, existen otras

interpretaciones de la Ley que no son esas. Y con esa «Constitución» que Franco ha llamado repetidas

veces «Constitución abierta», es decir, perfectible y legalmente reformable, se podría llevar este país a

una mayor participación ciudadana activa en muchos de sus niveles. No diré yo que pueda llegarse de

golpe a establecer modelos semejantes a los de los países europeos occidentales, pero sí se puede arribar

al umbral de una forma política que vaya creando en España un clima de apertura dentro del cual se

establezcan nuevos modos reales de participación, de responsabilidad y de diálogo, entre los diversos

sectores sociales y la administración.

Creo que lo importante es que ese proceso abra una línea de credibilidad ante la opinión. No es posible

establecer formas nuevas de la noche a la mañana, pero sí se pueden señalar las etapas que a ello

conduzcan. La credibilidad se fundamentará en el ejercicio de la Ley y en las transformaciones adecuadas

para que el encuadramiento temático, doctrinal e ideológico de los españoles sea verdadero.

—¿Cabe en España una reglamentación que impidiera la partitocracia o serían útiles las asociaciones

políticas ideadas por el propio Régimen?

—Ante el problema de las asociaciones y de los partidos, sólo puedo respondería una cosa: Toda creación

arbitraria desde arriba, conduciría a una crisis. Los partidos censitarios y restringidos del canovismo así lo

prueban. Los hombres del último tercio del siglo XIX pudieron decir que aquello era mejor que nada.

«La exigencia de que se armonicen las estructuras poli-ticas de los nuevos miembros que aspiren a

integrarse en el Mercado Común es conocida y ha sido repetida basta la saciedad por quienes tienen

autoridad para ello»

Y era verdad. Pero en 1972, debemos plantearnos en todo, certezas, límites y fundamentos» basados en

realidades y en el sentido de la medida, lo cual no es claudicación, sino reconocimiento de los hechos. En

suma, unas asociaciones organizadas desde el poder con cabezas visibles y limites prefijados

entorpecerían gravemente el proceso aunque pudieran hacerse por decreto en seguida.

La organización democrática del consenso, según las tendencias vivas que existen en nuestra sociedad,

obligaría a seguir etapas específicas que empezarían por la información, pieza maestra del entero proceso.

Después vendría la organización, la veracidad popular, la transformación y reforma progresiva legal de

las instituciones. Yo me inclinaría a la fijación de plazos determinados por una credibilidad objetiva en

vez de ir a una ficción rápida y perturbadora que no haría sino favorecer la confusión y la anarquía

funcional en el sistema.

—¿Qué entiendes por Movimiento Nacional hoy y qué podría ser en el futuro?

—El Movimiento Nacional empezó siendo un alzamiento militar y civil de diversos sectores de la España

de 1936, contra un gobierno que parecía incapaz de regir al país y de mantener entre los españoles la

convivencia pacífica. Aquellas circunstancias serían hoy irrepetibles por no corresponder en absoluto a

las coordenadas vitales de la España de 1972. El fenómeno «Movimiento Nacional» pertenece a nuestra

historia y debe ser asumido por la España futura como un ingrediente importante de su propia existencia,

pero sin empeñarnos en revivir el pasado.

—¿Son intangibles o son revisadles las Leyes Fundamentales del Régimen?

—En la ordenación institucional vigente están previstas las reformas posibles y su procedimiento. Al

redactarse la Ley Orgánica cayeron —si no recuerdo mal— buen número de preceptos y de vocablos, del

ordenamiento anterior que se consideraron entonces caducos o inadecuados. El propio Generalísimo al

llamarla «Constitución abierta» quiere decir que es modificable y reformable. No sería humana si no lo

fuera.

—Sobre la hipótesis de que Franco pueda proclamar Rey al Príncipe Juan Carlos, ¿cómo se desarrollaría

la iniciación del Reinado?

—Supongo que con la designación de un Jefe de Gobierno por cinco años, elegido por el Monarca, de la

terna que le sometería el Consejo del Reino. T me imagino que ese Gabinete quinquenal se dirigiría al

país exponiéndole su programa.

—Imaginando un poco el futurible, ¿cómo se designaría un nuevo gobierno y cuál sería su línea

programática?

—Antes te dije mi pensamiento sobre lo que yo considero problemas de fondo planteados hoy día y que

requieren, a mi juicio» urgente consideración. Mi deseo sería que ese programa los tuviera en cuenta. Si

yo redactase un «slogan», a la americana, que sintetizara mi criterio, sería éste: «No destruir nada.

Reformar cuanto sea preciso. Seguir dentro de la Ley el proceso evolutivo y pacífico hacia la España

democrática.»

—¿Cómo armonizar dentro de la Monarquía y con el más recto sentido democrático, la autoridad con la

libertad?

—No se trata sólo de armonizar, sino de establecer canees. Las libertades civiles, políticas, sindicales o

regionales, son como los latidos del corazón del hombre qué revelan la vida en un cuerpo.

La Monarquía, de suyo, encarna la autoridad y la permanencia. El contrapunto de su función rectora lo

deben dar las libertades públicas que son los caminos de expresión de la opinión popular.

—¿Habría que hacer más representativas las funciones de las Cortes y más ágiles los procedimientos

electorales?

—El control social del Estado es uno de los problemas básicos de la política moderna. Es decir, el de

buscar el más eficaz procedimiento para fiscalizar las tareas del ejecutivo desde la sociedad nacional. No

se puede exigir el rigor fiscal más que prestándose con el mismo rigor al examen del gasto público. A la

verdad del contribuyente hay que corresponder con la transparencia presupuestaria, abierta a todas las

críticas.

—¿Responde a una necesidad de eficacia y utilidad el Consejo del Reino?

—Responde a una determinada concepción de la Monarquía y de la vida pública.

—La futura política exterior de España, ¿qué objetivos debería cumplir preferentemente?

—No hay mucho margen de maniobra para un país como el nuestro, de magnitud media y relativa

potencialidad. Tenemos intereses de diversa naturaleza en el Mediterráneo y en el Estrecho; en Europa

Occidental y en Hispanoamérica, y a. ellos debemos atender. Con el deshielo de la guerra fría y el fin de

las hegemonías se va polarizando la política internacional en torno a varios núcleos de poder que se

dibujan ya. Tendremos que ajustar nuestra acción exterior a la existencia de esas grandes constelaciones.

Yo creo que como tendencia habremos de normalizar gradualmente nuestras relaciones diplomáticas de

un modo plenario con el mundo del Este, con Israel y con Méjico, que son los países que todavía no

mantienen con nosotros vínculos completos.

—¿Qué obstáculos existen para que no podamos entrar en el Mercado Común?

—La Comunidad Económica Europea tiene su estatuto propio, y sus órganos rectores. Los Diez países

que lo forman están regidos por gobiernos cuya filosofía política tiene una sustancia común originada

entre otras cosas en la contienda de 1938-1945 contra el nacional-socíalismo. La exigencia de que se

armonicen las estructuras políticas de los nuevos miembros que aspiren a integrarse en esa construcción

es conocida y ha sido repetida hasta la saciedad por quiénes tienen autoridad para ello.

—Del balance de la España actual, ¿qué hay, a tu juicio, de positivo y de negativo?

—Lo positivo es el largo período de paz y de progreso. El estirón demográfico que llega a los 34 millones

de habitantes. £1 despegue económico, que alcanza una renta «per cápita» de 1.000 dólares. Una

reducción del analfabetismo adulto al ocho por ciento. La presencia de una masa juvenil de menos de treinta

años que es ya la mitad de la población. La escalada cultural y educativa. El enorme aumento del

volumen del intercambio comercial que alcanza los 8.000 millones de dólares. La nueva mentalidad de

los empresarios y de los trabajadores. El alto nivel de la higiene y de la salud públicas.

Lo menos atrayente del balance es quizá el «tempo» lentísimo que siguió el proceso institucional, que

acaso no esté completado todavía y necesita ya reformas para adecuarse a la vertiginosa mutación de la

sociedad. La marginación, de hecho, de diversos sectores de nuestra colectividad, que no hallan cauce o

no tienen interés activo dentro del sistema vigente. La ajenación, de los jóvenes en orden a su

participación en la vida pública. El distancia-miento crítico de numerosos y relevantes núcleos de la

intelectualidad. El bloqueo irresuelto de la actividad universitaria. La dicotomía entre las legítimas

aspiraciones y normales tensiones de muchos estamentos y la global e indiscriminada etiqueta subversiva

con que se los califica por algunos. La sangría emigratoria laboral hacia Europa y el vaciado de la España

rural con su patético cuadro de pueblos en ruinas habitados por ancianos solitarios.

—¿Cuál es el gran papel del Rey en el futuro de España?

—El Monarca debe ser el denominador común de hombres y grupos al situarse por encima de las

divergencias. También como primer soldado del país y Jefe de las Fuerzas Armadas, le corresponderá el

papel de tener en cuenta y representar al Ejército en el funcionamiento constitucional. Finalmente, ante el

exterior, puede y debe llevar a los demás pueblos la imagen viva y moderna de la España de su tiempo.

Julián CORTES-CAVANILLAS

 

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