Autor: Claros, Carlos. 
 Escenas parlamentarias. 
 Títeres de Cachiporra     
 
 Informaciones.    14/09/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

14 de septiembre de 1977

ESCENAS PARLAMENTARIAS

TÍTERES DE CACHIPORRA

Por Carlos CLAROS

ERAN las cinco en punto de la tarde, la hora lorquiana en que las cornadas, como trompas de lirio,

ascienden por las ingles. Hay lleno en las tribunas altas, como cuando se anunciaba que iba a hablar don

Emilio Cas-telar. En el palco central, sobre el reloj antiguo de números romanos, ¿lustres visitantes

extranjeros se asoman silenciosos, atentos, pacientes, al semirruedo ibérico de la democracia en pañales.

Sus señorías van entrando y toman asiento en sus puestos, todavía sin prisas. La presidencia se retrasa. El

Gobierno se retrasa. El primer ministro que llega al banco azul es, precisamente, el señor ministro del

Interior, Trae su aire de alumno aplicado, de empollón de la clase, con su carpeta de apuntes, sus gafas de

estudioso, su flequillo corto y su diligencia para que nadie le quite un pupitre de la primera fila. Algunos

diputados centristas, al pasar junto a él en busca del escaño, le dan la mano con el gesto de un «¡Animo,

muchacho!»

Un poco cansino, casi displicente, pasa Rafael Alberti, pantalón azul inmaculada y chaqueta blanca. Entra

don Iñigo Cavero, con su cara redonda y sus mofletes de querubín, con un habano en los labios, como si

se estuviera fumando la selectividad. Son las cinco y doce minutos. Don Adolfo Suárez ya está sentado a

la cabecera del banco azul. El señor presidente del Congreso abre la sesión. Antes de que los padres de la

patria se ocupen de los títeres de cachiporra de Puerto Chico y del occipucio del señor Blanco, que es el

argumento de hoy para este Congreso de la Constitución, hay que votar la constitución de comisiones y

un voto de confianza para elaborar normas de procedimiento. Todo se aprueba por unanimidad. Por un

momento, la figura de don Esteban Bilbao parece haber reencarnado en la de don Fernando Alvarez de

Miranda. Frente a mí, un señor diputado que se sienta solo y aislado, no usa corbata y parece que

estuviese allí por equivocación, no se levanta para votar que sí, ni para votar que no, ni para abstenerse.

Me acuerdo de Manolo Machado. «Mi voluntad se ha muerto una noche de estío...». Me cae simpático su

señoría. Debe de tener el alma de nardo del árabe español. ¥ tras la votación, a la cachiporra.

El señor Ruiz Navarro lee el informe de la ponencia. Una relación de hechos numerados y minuciosos. El

gobernador civil de Santander envió un automóvil al aeropuerto de Santander para trasladar a los

parlamentarios. ¡Una cortesía que pasara a la posteridad en el Diario de Sesiones! Las autoridades

ofrecieron todas las facilidades para la investigación. Todos pudieron declarar: el señor Blanco, los

agentes del orden, los testigos llamados por él señor diputado, cuantas personas quisieron colaborar con

su testimonio en la investigación. También prestó declaración el señor de la chaqueta marrón, el célebre

señor de la chaqueta marrón que luego .resultó ser el zapatero de la unidad délas tuerzas del orden. Este

zapatero aparece en la callé, junto a los guardias; reaparece después en el cuartelillo; .exhibe una pistola.

Este zapatero es una pieza clave en la investigación. Pilar Narvión, que se sienta junto a mí, me dice «Ese

es el zapatero prodigioso». El único que no testifica es el sujeto al que defendió don Jaime Blanco, el de

la bandera tricolor, el del "España, mañana, será republicana», el que —según los policías— agredió con

un palo a la fuerza pública. Al fin y al cabo, él ya hizo sus declaraciones. Menos él, todos declararon. Lo

malo es que unos declararon una cosa, y otros declararon otra. O sea, unos declararon Blanco y otros

declararon negro. Según la ponencia, hay hechos mayoritariamente aceptados; otros, objeto de

testificaciones contradictorias, y otros más que parecen indubitados. Pero nos hemos quedado sin saber si

el señor Blanco forcejeó o no forcejeó con los agentes del orden; si se dirigió a ellos serena o

airadamente; si les insulto o les rogó que. trataran dulcemente al detenido; si mostró o no mostró su

credencial de diputado. «Doctores sapientísimos que yo he estudiado bien...», etcétera.

«Tiene la palabra el señor ministro del Interior.» No habla como un tribuno, sino como un doctorado. No

usa pasión oratoria, sino sencillez de expresión. El señor ministro también examina minuciosamente los

hechos. Cuando dice que la manifestación a favor de la autonomía de Cantabria se desarrolló con la

ausencia de la fuerza pública, es decir, como una «manifestación a la inglesa», un corto y discreto trote de

risas resonó en el hemiciclo. El drama empezaba a convertirse en comedia dramática. Cuando afirma que

el cachiporrazo en el occipucio del señor Blanco fue propinado, no por los agentes que le conducían, sino

por un tercero que llegaba a la escena en aquel preciso momento, los taquígrafos anotarían entre

paréntesis: «Risas». Cuando dice que la actitud airada del señor Blanco podía presumirse de la

vehemencia con que acudió al lugar de los hechos, saltando por encima de las mesas del bar en que se

hallaba, volvieron a oirse las risas de sus señorías y las miradas se dirigían al señor Blanco como en una

admiración hacia el atleta del hemiciclo, el atleta de la barba vellida. El señor ministro tuvo el buen gusto

de no hacer mención de la enfermedad que padecería el señor Blanco, según las recientes revelaciones

sobre el caso y que le diagnostican como un «epiléptico agresivo».

Cuando el señor ministro afirmó que sin orden público la democracia no es realizable; que grupos

marginales tratan de implantar la violencia como medio normal de actuación; que corremos el riesgo de

que la imagen de la calle pese más que la del Parlamento; que la calle no está para temerla ni para

tomarla; que si se quebranta gravemente el orden no habrá libertad, ni justicia, ni progreso; que ninguna

democracia verdadera puede consolidarse sin el ejercicio de la autoridad, y que la autoridad no se

contrapone a la libertad, sino a la anarquía y al autoritarismo, la Cámara no reía. El incidente del señor

Blanco había quedado convertido en lo que es: un incidente, tal vez un pretexto, y el verdadero problema

de estos momentos en España adquiría rango de protagonista de la sesión.

Ahora pueden seguir sus señorías .pon los títeres de cachiporra, con el «zapatero prodigioso», con el

occipucio físico del señor Blanco o con el occipucio político del señor ministro del Interior. Pero ya

sabernos que el personaje peligrosamente aporreado en esté cuento no es un señor diputado, ni un agente

de la autoridad, ni un revoltoso huido que flameaba la bandera republicana al aire salado de Puerto Chico,

Es un personaje más altó, más grande y más inviolable. Es un personaje llamado España.

 

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