Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   El orden institucional     
 
   21/03/1972.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL ORDEN INSTITUCIONAL

Tres grandes consultas electorales han polarizado la atención de los observadores en los últimos días: la

francesa, la chilena y la argentina. Por encuna —o por debajo— de los resultados en cifras, de los

elegidos y del porcentaje de votos obtenidos, cabe deducir una enseñanza general de los comicios que me

parece de singular relieve. Se ha dicho por algunos comentaristas que en los tres países, Francia, Chile y

la Argentina, las elecciones representaban jugarse él todo por el todo o, de otra manera, una posible y

revolucionaria mutación del sistema de gobierno, mirando al porvenir. Así, se ha presentado la batalla

electiva dentro de la V República francesa poco menos que como una apocalíptica alternativa entre la

dictadura totalitaria y la democracia liberal. En Chile se nos habló de una coalición derechista que trataba

de obtener los dos tercios de los votos para derrocar a mitad de su mandato al presidente Allende y

terminar con el Gobierno socialista. En la República Argentina el peronismo triunfante significaría

—según algunos— la apertura de un auténtico proceso revolucionario. La dramatización de estos

episodios es muy grata a las mentalidades simplistas que siguen dividiendo al mundo en buenos y malos, con

arreglo a su credo maniqueo.

La realidad es algo más compleja y sobre todo distinta. Que en Francia haya obtenido el Gobierno una

discreta mayoría y la izquierda unida, un importante avance sobre las cifras de 1968 no es un hecho en sí

tan comentable como que el partido comunista más fuerte de Occidente haya decidido jugar a la

alternativa democrática de la V República, aliado al socialismo de Miterrand, en un programa electoral

común. Que esa coalición de los marxismos no sobrepase la cifra del 45 por 100 de los votantes, es decir,

que sea ligeramente inferior a la mayoría burguesa del país, 47 por 100, no ha de sorprender demasiado a

ios que conocen el fuerte sentido conservador de la estructura social francesa. Lo que sí creo que merece

subrayarse es, en cambio, el hecho de que, pese a las exageraciones dialécticas de uso normal en las

propagandas de última hora, los marxismos franceses abandonan el camino revolucionario y el

instrumento de la violencia para buscar por la vía democrática de las urnas el logro de sus aspiraciones

económicas y sociales. Y ese camino parece ser, por bastante tiempo, irreversible. En la República de

Chile, cuyo complejo sistema político permite a un presidente sostenerse en el Poder con las mayorías

parlamentarias hostiles, tampoco se produjo la ruptura espetacular anunciada. Allende obtuvo casi el 44

por 100 de los sufragios, lo que supuso un avance en el apoyo popular a su causa, aunque la mayoría

numérica de los demás votantes —un 56 por 100— discrepe de su política socialista y nacionalizadora de

los instrumentos de producción. Aquí también cabe señalar que un Gobierno de coalición marxista

establecido en el Poder lleva a cabo su programa de reformas económicas y sociales, dejando abierto el

turno de Poder para que el porvenir gubernativo sea enteramente distinto si así lo decidiese la mayoría en

futuros comicios.

La República Argentina ha celebrado su primera vuelta con mayoría abrumadora de los candidatos

peronistas, lo que evita la segunda ronda y da el triunfo al justicialismo. En este caso observamos

asimismo una aceptación plenaria de las reglas del juego democráticas establecidas por el Gobierno

Lanusse —con importantes modificaciones constitucionales— por parte del grupo político que, de hecho,

se hallaba proscrito desde hace casi veinte años de la concurrencia legal dentro de la República.

Si hubiera que buscar un denominador común a los tres episodios que comento, yo lo calificaría así: el

respeto al orden institucional. La izquierda francesa unida —pese a lo que se ha dicho— no hubiera, en

caso de triunfo, procedido a un derribo de la V República, sino a reformar desde su ángulo marxista la

economía social de su país. Acaso hubiera intentado también modificar el tono excesivamente

presidencialista que pudiera adquirir la función ejecutiva suprema en la República fundada por el general

De Gaulle. Pero el sistema institucional quedaba en lo esencial respetado, sin revolución ni despotismos

ni dictaduras clasistas.

Estoy por asegurar que si la oposición en Chile hubiera alcanzado el 66 por 100 de los sufragios, la

democracia cristiana, o al menos un gran sector de ella, se hubiera opuesto a utilizar esa mayoría para

deponer al presidente actual y abrir con ello una crisis constitucional. El sentido de responsabilidad es

notorio en una gran parte de la derecha chilena. Y la clarividencia hacia el futuro pesa mucho más en su

ánimo que la pasión del triunfo presente. La admirable templanza de las Fuerzas Armadas, manteniéndose

en el fiel de la balanza política, entre opiniones abiertamente dispares, pero constitucionalmente

aceptables, ha cooperado eficazmente, incluso con su presencia personal, en el Gobierno a este desenlace

ordenado, evitando peligrosos abismos.

En la República Argentina son las propias Fuerzas Armadas las que, después de un largo titubeo, han

asumido la importante responsabilidad de afrontar un restablecimiento del orden democrático basado en

comicios libres sin discriminaciones previas y con arreglo a unas reglas de convivencia determinadas. El

peronismo ha logrado el triunfo definitivo en la primera vuelta y no intentará apelar al cauce

revolucionario para desarrollar su programa, sino que probablemente aceptará el sistema institucional

establecido por el Gobierno Lanusse y la Junta de Comandantes, sin olvidar tampoco que además del peso

específico de éstos, dentro de la colectividad argentina, hay una mitad del país que no está con el

justicialismo ni con sus propósitos políticos, económicos y sociales.

El orden institucional de los países que se hallan dentro de la órbita democrática es algo que infunde

respeto creciente a la sociedad, porque la opinión intuye que en el sustrato libremente expresado de los

consensos populares late, con todas las limitaciones y defectos de las construcciones humanas, un gran

contrapeso para las exacerbaciones del Poder y para los desvíos del mismo cuando tratan de invadir los

ámbitos más neurálgicos de la intimidad de las personas. En las naciones del mundo libre, el orden

institucional debe procurar un cauce suficiente para que en él tengan cabida todas las fuerzas reales que

contiene y representa la colectividad. Las revoluciones y los golpes de Estado no son ya

instrumentalmente posibles ni eficaces en aquellos pueblos que han alcanzado un mínimo nivel de

madurez democrática. Acontecen, sin embargo, todavía, en aquellas comunidades poco evolucionadas,

cuando las tensiones saltan por encima de la potencia del fusible haciendo inevitable los enfrentamientos

o la acción directa de grupos o clases. La gran enseñanza de las tres consultas recientes es que el orden

institucional democrático ha prevalecido y que el «todo por el todo» no era sino el respeto de las reglas

del juego por cuantos tomaban parte en el mismo.

José María de AREILZA

 

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