Pequeñeces parlamentarias     
 
 Pueblo.    15/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

PEQUENECES PARLAMENTARIAS

COMO la abue-de Pilar Narvión hubiera dicho que la sesión parlamentaria de ayer acabó «en agua de

borrajas», y afirma el diccionario que «la infusión de borrajas se emplea como sudorífico», cosa que ayer

no hacía falta, porque el anticiclón sigue aporreándonos, ha quedado inutilizado por anterior derecho de

propiedad el mejor titulé para este comentario. Decir por otra parte, recurriendo de nuevo al, refranero,

que para este viaje no hacían falta alforjas, sería también superfluo, porque los señores diputados ya rio

viajan con alforjas, como Sancho Panza, sino en automóvil, en avión o en coche cama. Lo cierto, y muy

en serio, es que el Parlamento ha tirado por la ventana dos días de su tiempo, lo cual, multiplicado por el

trabajo de 350 diputados, hace un número de horas como para que la productividad nacional haya sufrido

en la semana una cierta baja. Dijo un día Churchill, refiriéndose a los jóvenes pilotos de la RAF, que

nunca tan pocos habían hecho tanto por todos, y del Congreso casi podría decirse que nunca tantos han

peleado tan a fondo para que perdiese colectivamente su primera batalla. No sin victoria, que como estaba

contado fue por mayoría pura y simple de la UCD y de «Martín Villa, que lo miraba todo desde la

sosegada malicia de sus gafas. Qué no son .las de Mefistófeles, aunque paciencia haya de tener un

ministro del Interior para aguantar estas tormentas de verano.

Lo cierto es que el debate provocado en torno a la agresión —si agresión hubo, que eso lo dirán los

tribuna les— contra un diputado san-tanderino, ha causado una impresión penosa entre esas gentes

modestas y de infantería que constituimos, ni más ni menos, que el electorado, o si se quiere, el pueblo,

para ser algo más enfático. Los numerosos oradores de ayer emplearon casi siempre el tono menor —

todos miran su papel, como los músicos´ de las bandas municipales—, y parece que los más notorios

fueron Felipe González, que cecea algo, más si se exalta; Pérez Llorca, Manuel Fraga, Tierno Galván y

Santiago Carrillo, sin olvidar a Modesto Fraile, que habla con el mejor acento segoviano. González coin-

cidió, ¡así son las cosas!, con Martín Villa, al decir que sólo desea que «las fuerzas de Orden Público se

sitúen en el papel de defensoras de la legalidad democrática». Ayer unos defendieron a las fuerzas de

Orden Público para elogiarlas, y otros simplemente para no correr el riesgo de cabrear! as. Cuando Tierno

Galván señala que «la política española no puede convertirse en una política de políticos», dio en la diana,

porque los debates de ayer interesaban en el Parlamento a los que estaban dentro, y poquísimo a los que

estábamos fuera, más preocupados por los problemas reales del país que por los personales del diputado

Blanco, que, menos brillante que su partido, no abrió la boca a ÍQV, largo! dé dos jornadas. lfea.í«política

de polí^i-? eos», puede dejar al pueblo español tan indiferente a lo que ocurra en su Parlamento como a lo

que suceda en las nieves del Himalaya. Es la consecuencia de plantear tormentas en el parco contenido de

un vaso de agua.

TAMBIEN suce-de, y ayer así dijo Adolfo Suárez, que «es necesario que existan previamente unas reglas

de juego», y tales reglas no son otra cosa que el .reglamento del Congreso y del Senado, que aún están —

no se trata de hacer un juego de palabras— absolutamente en Blanco. Como la interpretación del

presidente de las Cortes sustituye a ese reglamento nonnato, ayer se votaron las distintas mociones por el

sencillo procedimiento de diputados en pie y diputados sentados, lo que casi nos devuelve, por la

brevedad del Sistema, a aquella forma de votar con las posaderas —decían «sí» quienes seguían

sentados—, que figura en el último reglamento de las Cortes orgánicas. Como se suponía, porque tiene la

mayoría relativa y roza la absoluta, ayer ganó la UCD, lo cual supone que triunfó Martín Villa, que nos

parece muy enemigo de obtener victorias personales, sin que esto excluya que el PSOE no siga siendo

una fuerza importante. De escribir con plena independencia, y aquí tratamos siempre de hacerlo así, tan

responsable parece el ministro de la Gobernación de lo que unos guardias hagan con un diputado en

Santander, como el de Marina de que los atunes escaseen en el Mediterráneo. Lo que triunfó fue el

sentido común, sin que esto excluya que el resultado para el PSOE no haya sido pírrico, aunque tampoco

triunfante. Ayer ha probado su agresividad verbal,, lo cual aún no sabemos si es bueno o si es malo.

«Hoy sé han acabado las buenas maneras», decía un cronista de pasillos de mente ágil. CONSTITUYE el

Partido Comunista un capítulo aparte, porque Santiago Carrillo se las sabe todas, habla cuando quiere con

tono casi episcopal, y se expresa con sutil guasa asturiana. No se inclinó decisivamente hacia nada y no

ofendió a nadie, dejando que fuesen otros los que se desgastasen. Se decía antaño qué había en el mundo

tres grandes poderes, que era la Academia Francesa, la diplomacia de la Santa Sede y el Estado Mayor

Prusiano, y ahora en el mundo quedan la Iglesia, los ejércitos y el Partido Comunista, como fuerzas en

realidad organizadas y constantes. Carrillo empleó el subterfugio de la guasa astur, y sólo le faltó tener

preparada en el bar una botella de sidra y jugar a la rana. Eso de la guasa es el humor en castellano, y

Carrillo derrochó ayer humor y buen entendimiento con todos, cuando, según las Casandras en el viejo

caserón, comenzaba a oler a bofetada. En definitiva, ¿quién ganó ayer? Pues claro es que ganó el

Gobierno, pero convendría soslayar estas batallas. El pueblo se ha quedado al margen, absorto de que un

tiempo igual no se dedique al paro, o la recesión económica, o a las 200 millas comunitarias.

En definitiva, el Parlamento ha perdido dos días, y no se sabe si España los ha ganado. En esta «política

para políticos» hay razones serias para dudarlo. Como éh la obra dé Javier de Maistre, los señores

diputados han hecho en dos días un bello «viaje alrededor de mi cuarto».

 

< Volver