Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Los moderados     
 
 Pueblo.    15/09/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Joaquín AGUIRRE BELLVER

POR orden de intervención: Fraga, Tierno, Carrillo. Un orador político, un orador de cátedra y

un predicador. Fraga y Tierno fueron los dos hombres más sinceros en la campaña electoral;

dijeron exactamente lo que pensaban hacer si los votos les entregaban el Gobierno. Así les fue

a ellos. Está visto que a los electores nos gusta otra cosa. Han aprendido mucho en estos

meses, desda que les pasó aquello del mes de junio. Fraga, sin mencionar a nadie, sin que

nadie pudiera darse por aludido, ha planteado su actitud frente a UCD, mientras Tierno, asi

mismo sin que nadie pueda reprochárselo, ha leído la cartilla al PSOE. Cada uno de ellos,

mirando a su mayoría correspondiente y enseñando, como quien no quiere la cosa, las uñas.

Por cierto que resultó chocante que el discurso de Tierno Galvan fuera aplaudido con

entusiasmo por Centro Democrático, en tanto que recibía el más expresivo silencio del Partido

Socialista Obrero Español.

Carrillo tampoco logró una votación apabullante, pese a que su estrategia no fue precisamente

la sinceridad, como en los dos casos anteriores. Pero es que por entonces resultaba muy difícil

de creer el señor Carillo. Si sigue por ese camino que lleva, acabaremos por creérnoslo todos.

Bueno, antes de seguir adelanté quiero decirles lo que desde el principio quería decir, y luego

se me ha ido de la cabeza, y es que miren ustedes por dónde, ayer, en la primera ocasión

parlamentaria encendida, el magisterio retórico ha estado indiscutiblemente en manos de tres

derrotados en las urnas. Esto tiene una moraleja, y es que si votamos juventud, ahora debemos

votar por la paciencia, en espera de que terminen de hacerse los oradores de las mayorías,

que prometen mucho.

Cuando me vengo a toda prisa al periódico para ponerme a la máquina, Pastor, el incansable

fotografo del «Arriba», me dice:

—Oye, Carrillo, genial. A mí me engañó en la guerra, porque me tuvo pegando tiros en el frente

mientras él se paseaba por Madrid; penó hoy, genial, ¿eh?

Miren ustedes; el podio era un pulpito, la concurrencia, todos incluidos, hemicliclo, tribunas

públicas, Prensa, una feligresía, y él, don Santiago, un clérigo bondadoso en visita de pastoral,

enterado de que por aquellos pagos había ciertos pecadillos, más bien veniales pero

peligrosos, caso de persistir en los malos hábitos. Hay que agradecerle a Carrillo que al cabo

de tantas tensiones cómo hubo en la primera parte, nos regalara con un poco de buen humor,

aunque no exento, es verdad, de algo que no me atrevo a llamar mala uva, sería incorrecto,

pero se le parece bastante. Todo muy en clerical, en bondadoso, en casi paternal para las dos

mayorías, que se rieron de la mejor gana con las cosas, de don Santiago, pese a que no le

aplaudieran, por guardar las formas y la disciplina de partido.

Hubo un momento, cuando hizo referencia a las torturas, en que por no sé qué extraño

«lapsus» pensé que a continuación iba a alabarnos las técnicas de las checas, pero no. ¡Hábil,

expresivo, encantador don Santiago! Capaz de hacer pasar al auditorio da la risa a la angustia,

capaz de hacer olvidar y de hacer recordar. Fue una delicia, de verdad, señores

La sesión comenzó mal, francamente mal. Por los peores caminos. Felipe González había

dicho lo que tenía que decir, lo que era lo suyo, atento a sus militantes, pero sin forzar la mano,

de forma que no se asustaran sus votantes. Pero luego entró en escena Pérez Llorca, y cargó

la mano, creo yo, con exceso. Si no llega a hacerlo, las demasías siguientes de Alfonso Guerra

habrían sido muy notorias. Porque, señores, y mira que se lo advertí en mi crónica de ayer, tal

como lo vi de apasionado. Guerra se pasé de la raya. Sobre todo, en sus aiatjuss directos, tá-

por tú, cara a cara, a Martín Villa. Llegó a dar la impresión de que había algo personal, cuando

seguro que no, que no, que no hay más que política.

Y es que, a iodo esto, no deben olvidarse, sobre todo las mayorías, de que en las urnas triunfé

la moderación. Y la moderación, por tanto, son ustedes, señores centristas, señores del PSOE.

SI la moderación rtnpieza´ a decir disparates, a abuchear, a interrumpir, a insultar, a lanzar

acusaciones desmesuradas, a agredir ver-balmente, no sé qué habría sucedido si llegan a

triunfar los exaltados. Es la paradoja; entretanto, aquellos que se quedaron casi fuera por

excesivos, ésos, justamente, eran ayer los apaciguadores. Aunque tampoco se fíen ustedes.

En una de sus primeras crónicas parlamentarías, Azorín definió el Parlamento como una

comedia en la que cada cual representa el papel que le toca. En fin, que no sabe uno a qué

atenerse, ni a la hora de escuchar discursos ni a la hora de votar. ¡Política!

 

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