Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Meditación vascona     
 
 ABC.    21/03/1974.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA. MADRID

REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61-MADRID

A B C

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

MEDITACION VASCONA

En la polémica levantada, en torno a la homilía episcopal de Bilbao se ha hablado de casi todo menos de

la cuestión de fondo. Acaso sea ello debido a que la pasión que anima esta clase de debates sea fruto más

espontáneo en el ánimo de los españoles que la razón analítica que trata de examinar las cuestiones en su

objetiva dimensión. No escuché, por ejemplo, ama sola voz que se refiriese al problema de la tierra

vascongada, protagonista remota del episodio, y hasta pienso si no habrá en la polvareda levantada con

tanto ardimiento por unos y por otras un malicioso intentó de convertirla, en cortina de humo para

esconder aquella cuestión.

Yo soy, en mi humildad —coma diría Cela—, vascongado, al menos en los dos tercios de mi estirpe

familiar y nativo de esa región. He vivido de cerca las luchas políticas vascongadas durante la República

y me precio de conocer el clima presente de la población de las tres, llamadas por antonomasia,

Provincias, en el léxico decimonónico de la Monarquía liberal. Que existe en la convivencia civil de

Vizcaya y Guipúzcoa, sobre todo, y con otros matices, en Navarra, un ambiente de fermentación política,

es cosa sabida, por evidente. Que a ello se añaden múltiples factores de orden social y tensiones

procedentes de desarrollo acelerado y de la transformación industrial, demográfica y urbanística, del

entero país, es otro hecho indiscutible. Que, finalmente, haya un brote de terrorismo activo presente, con

su cortejo de violencias y sus crímenes, sin haberse erradicado y que se inserta en una ideología vasca,

extremista es, lamentablemente, una realidad tangible y a veces cotidiana.

En la etiología de esa situación es donde empiezan las discrepancias. Hay quien en su simplismo cree que

pequeños grupos de fanáticos mercenarios operan para mantener un problema, artificial inexistente. Otros

hablan de una central subversiva que existiría a escala mundial, en la que participarían Septiembres

negros, irlandeses iracundos, japoneses enloquecidos, boxeadores negros americanos y secuestradores de

aviones palestinos. Las explicaciones globales, de tipo infantil, tienen, en política, muchos adeptos porque

evitan analizar los problemas complejos y convidan a la pereza mental y al sesteo. Otros hablan de

aplicaciones drásticas y rígidas de los medios instrumentales del orden. Hace poco, sin embargo, leí en un

periódico local bilbaíno las declaraciones moderadas y serenas de un alto funcionario policíaco,

recientemente ascendido, en ocasión de su marcha. Decía, en síntesis, que su larga experiencia al frente

de un puesto bien sensitivo en Vasconia le permitía afirmar que un problema político no se podía resolver

simplemente con una solución policíaca.

El problema vascongado que es, ante todo, político, por una serie de razones y concausas no fáciles de

exponer en reducido espacio, no ha sido tratado en los últimos decenios con actitudes correspondientes a

su entidad específica. O fue ignorado o fue desdeñado. La consecuencia, de este distanciamiento entre la

realidad fáctica y las descripciones oficiosas han sido, entre otras cosas, la radicalización y el desengaño.

Y, en definitiva, el hacer más compleja y peligrosa la situación. Personalmente no creo que exista hoy, ni

mucho menos, en el país vasco, una opinión mayoritaria, favorable al extremismo que seguramente se

reduce a grupos minúsculos en el orden numérico. Pero sí es "posible que haya un extendido consenso

—justificado o no— de que en el aspecto político no se ha enfocado la problemática vascongada con

acierto, ni siquiera con interés, considerándola como un aspecto secundario de la política nacional.

Algunos contradicen ese argumento exhibiendo la importancia de las obras públicas emprendidas allí o el

enorme expansionismo industrial de la zona o el altísimo nivel de vida por habitante que es ahora el

mayor de España. Pero esas razones, bien miradas, pueden ser utilizadas también para la tesis contraria.

Porque no es con autopistas o plantas fabriles o con la riqueza material sólo con lo que se aplaca el deseo

del hombre de participar responsablemente en la cosa pública. Y tampoco es el «folklore» o el cultivo

lingüístico radiofónico lo que late en el sedimento de su disconformidad.

De lejos viene el malentendido histórico. Son sus raíces las dos guerras, civiles del siglo XIX,

fundamentalmente. El carlismo en armas se apoyó decisivamente en las dos ocasiones en el ambiente

propicio de las Vascongadas y Navarra. Chaho llamó en un célebre opúsculo a la primera guerra, la de

don Carlos María Isidro, «la insurrección vasca». El foralismo fue el ingrediente sentimental que aglutinó

las valerosas tropas del primer pretendiente. Carlos VII también utilizó ese cimiento como escabel de su

trono itinerante. ¿Habría alguien que pusiera hoy en duda el fervoroso patriotismo español de aquellos

voluntarios que incluían el Fuero como sistema de autonomía, política vasca y navarra, en la línea

preferente de sus aspiraciones? Dos derrotas hicieron de los vencidos una grey dolorida y amarga. De la

frustración nacerían, años después bajo el canovismo, los primeros brotes nacionalistas, transformando en

afirmación radical positiva el trasfondo sentimental negativo de un vencimiento no demasiado lejano.

La, guerra de 1836-39, aunque vio triunfar al tradicionalismo en armas y en buena parte su ideología

incorporada al lenguaje y al espíritu de las Leyes Fundamentales, no desembocó en una reivindicación del

foralismo, sino, por el contrario, en una, casi total amnesia relativa a esa importante cuestión relacionada

con la estructura. administrativa y política de España. Durante muchos años ha habido entre nosotros

vocablos tabúes; como el de «regionalismo», al que ahora se ha desempolvado cuidadosamente del

armario frigorífico en que se encontraba. Para los efectos prácticos, en _este terreno la última guerra ha

sido también una guerra perdida, y Vizcaya y Guipúzcoa vieron anulados los ultimes vestigios fiscales de

su foralidad, como supuesto castigo a no se sabe qué delitos cometidos entre 1936 y 1937, cuando una

gran parte del territorio español no había sido conquistado todavía por las fuerzas nacionales.

Sin esos antecedentes no es posible hablar del problema vascongado sin caer en simplismo o en

frivolidad. Mucha gente no los conoce, y recuento el asombro que causé en mis oyentes cuando en cierta

conferencia reciente leí párrafos de discursos de Vázquez de Mella explicando, su posición ante las

libertades regionales y la posible adecuación de aquéllas dentro de una Monarquía moderna de

inspiración tradicional. Tampoco fue floja la sorpresa cuando exhibí e1 famoso texto de Cánovas en que

alaba las libertades forales de la España antigua que subsistían y que se reflejaban en el mayor grado de

educación cívica e interés por la cosa pública de los habitantes de la península que bajo ellas vivían.

Porque ese es uno de los aspectos más esenciales y olvidados del problema vasco y quizá e1 más

importante: el que arranca de la verídica tradición de que era —y es— un pueblo que supo, a lo largo de

los años, administrarse y gobernar sus asuntos locales y provinciales con eficacia y honestidad

ejemplares.

A la España que tratamos de construir entre todos, ¿no sería necesario incorporar desde ahora el paciente

y. mayoritario entusiasmo del pueblo vascongado, especialista en tenacidades y protagonista de la mejor

lealtad? La secular experiencia de su capacidad de autogobierno en el área infrasoberana del ámbito local

y regional, ¿no cabría, aportarla también al transcendente intento de vigorizar la vida comarcal de nuestra

nación, superando el hiperestésico centralismo capaz de convertir la existencia política de España en

abrumadora, macrocefalia? ¿O es que no hay otro patriotismo posible que el centrípeto? ¿No sería bueno

ir al encuentro del problema, para evitar que se deteriore, utilizando un lenguaje que tenga eco en miles

de conciencias ciudadanas? El vasco es el alcaloide de lo español, quiero decir, la quintaesencia remota

de la España antigua, con sus defectos y sus virtudes acentuados. Unamuno decía que ese pueblo sabía

transformar las riquezas en cultura y que sus hombres de empresa preferían la ambición a la codicia.

Baroja pedía que la cultura vasca, como elemento heterogéneo en la integración latina de la península,

llevara su singularidad como fuente de energía y dinamismo peculiares al patriotismo común hispánico.

Maeztu escribía, comentando los incidentes provocados con motivo del discurso españolista de Unamuno,

en los juegos florales de Bilbao, en agosto de 1901, que sus detractores, los nacionalistas vascos, «tienen

con nosotros algo de común, la sinceridad, la fe y el entusiasmo». ¿Y no son éstas las rocas donde se

asienta toda nobleza espiritual? En su griterío veíamos nosotros materia prima susceptible de

transformarse... «Las citas» de ese tenor serían interminables. Ramón de Basterra, otro vasco universal,

inventó la «Sobre-España», concepto que, adelantándose a su tiempo, sintetizaba las diversidades

interiores hispánicas en un empeño común superior.

Si Vasconia no lo hubiese experimentado ya, en su historia, volvería a entrar hoy, por necesidad, en la

cultura universal por la puerta de España. ¿Por qué no recordarlo, haciendo de esa realidad estructural una

empresa popular cotidiana?

José María DE AREILZA

 

< Volver