Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
   Los mongólicos     
 
 El Alcázar.    17/09/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LOS MONGÓLICOS

PUES nada, que éramos pocos y parió la abuela. Ahora resulta que en el Congreso de los

Diputados han entrado, con su acta y su representación del pueblo soberano, nada menos que,

ciento sesenta y ocho mongólicos. No lo ha dicho ningún detractor del sistema parlamentario,

que conste, porque si así hubiera sido habría que poner tal afirmación y tamaña precisión en

tela de juicio. Lo ha dicho, precisamente, y según informaciones que no han sido desmentidas,

uno de los diputados que integran el Congreso y que alguna razón tendrá para afirmarlo ya que

es un profesional de la medicina: Don Jaime Blanco, el controvertido diputado socialista por mi

tierra. También es cierto que tal afirmación, tan precisa, no la ha dado a conocer

solemnemente, sino informalmente, a través de una conversación con los periodistas.

Ciertamente, cuando señaló la dolencia y el número de afectados andaba un tanto quemado

por circunstancias sanitarias personales que habían salido a relucir cuando a él menos le

convenía, aunque al parecer no eran desconocidas ni oficialmente ni en círculos más reducidos

de su entorno amical.

¿Será verdad o no será verdad esta extemporánea presencia de mongólicos en el Congreso de

los Diputados? No quiero fiarme de conjeturas para contestar a esa pregunta, o mucho menos

dejarme llevar tanto por un humorismo que resultaría criminal, ya que, al cabo, tales

mongólicos tienen una representación política conquistada en las urnas y en unas elecciones

de la mayor limpieza, conforme certificaron tanto los periódicos nacionales como los

observadores extranjeros que las siguieron muy de cerca, y eludo, al respecto, cualquier

postura subjetiva por mi parte. Porque la afirmación procede, como ya he dicho, de un

diputado, de un diputado socialista, que es médico. Y, además, la precisión del número es una

prueba de la posible y segura validez de la denuncia.

Los mongólicos son ciento sesenta y ocho. Ello quiere decir que no se ha utilizado el calificativo

a guisa de insulto generalizado sobre una minoría concreta, ya que ninguna coincide

exactamente con dicha cifra. Por otro lado, no es concebible que un médico utilice como insulto

un término que comporta la definición de una enfermedad: seguramente que la doctrina

hipocrática, con sus exigencias morales, lo prohibirá. Es cierto que el término está bastardeado

por su abusiva utilización automovilística —es un insulto que suelen intercambiarse los

conductores en casos de sustos que no llegan a colisiones, o por cualquier adelantamiento

indebido, o por cualquier puja de velocidad—, pero no es congruente su utilización, en tal

sentido, precisamente por un médico. Cuando Don Jaime Blanco precisó de esa forma, según

nos ha contado Pilar Urbano sin que haya habido desmentido hasta la fecha, tanto en el

diagnóstico como en la precisión no puede haber una mera palabrería dialéctica, impropia en

cualquier caso tanto de un médico como de un diputado, sino que debe tratarse de un

diagnóstico obtenido de la confrontación directa con la realidad parlamentaria.

Yo estoy asustado con esta noticia, y aunque todavía no esté perfilado el reglamento

parlamentario, me parece que el Presidente de las Cortes, por propia iniciativa, debiera

convocar un Pleno en que el diputado montañés concretase quiénes son los diputados

afectados por la enfermedad en cuestión, que luego habrían de ser sometidos a la consulta de

los más destacados especialistas médicos españoles en tal enfermedad. (Por supuesto, un

Pleno secreto, para no desanimar al cuerpo electoral y para no dar publicidad a los nombres de

aquellos cuyo mongolismo no quedase confirmado). Porque no hay que olvidar que las

actuales Cortes son constituyentes, y sería trágico que, por no tomarse las medidas oportunas,

tos españoles tuviésemos que apencar con una Constitución mongólica, y no en el sentido

geográfico del término, o alcanzada mediante un trabajo de legislación comparada, que podría

descubrir afinidades entre españoles y mongoles, que al cabo todos somos hijos de Dios y

todos los hombres somos iguales en este terreno constitucional —entendido el ajetivo en su

significación política, que en su significación meramente física está claro que no, para

desgracia de algunos entre los que me cuento—, sino en un sentido que supone una

disminución mental.

Y quien dice Constitución, aunque ya diga bastante, dice toda una serie de disposiciones

emanadas del Poder legislativo, que a cuenta de ese número tan elevado de mongólicos,

pueden salir mongólicas también, afectando de muy desdichada forma a nuestra vida de

relación, de por sí cada día más difícil para que le caiga encima esta añadidura.

Ciento sesenta y ocho mongólicos en la Cámara son muchos mongólicos. A mí me parece que

el problema exige una solución rápida y enérgica, amén de urgente. Y, por supuesto, en las

próximas elecciones habrá que exigir certificado médico a todos los candidatos, para que el

caso no se repita. Como todos sabemos, estamos en el rodaje de la democracia y es normal

que nuestra inexperiencia produzca inconvenientes, que deben ser atajados y resueltos de

inmediato. Este de Tos mongólicos infiltrados en el Congreso me parece uno de los más graves

y exige, por ello, una solución inmediata. Antes que nada, para salvaguardar la democracia.

Mateólo ARROITA-JAUREGUI

EL ALCÁZAR

 

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