Autor: Carrasco, Javier. 
   El eclecticismo de Oreja     
 
 El Alcázar.    21/09/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

21 — SEPTIEMBRE — 1977

EL ECLECTICISMO DE OREJA

Se excusó el ministro Oreja —mano izquierda en el bolsillo— de no hacer concesiones a la "fácil

brillantez" de unas alternativas utópicas. A cambio, ofrecía una gestión exterior de "objetivos próximos y

posibles, de profundos y tangibles beneficios". Menos mal que hubo avispados que, ante la promesa, se

atrincheraron tras el periódico —Alberti, Peces Barba— y sólo respingaron cuando el jefe de la

diplomacia española, que dice la tele, se sacó de su cartera de estudiante de Heidelberg una cita de

Ganivet, a juego con la tesis de la supremacía de los intereses nacionales respecto a las divergencias

partidistas. Tesis que a lo largo de tres cuartos de hora venía dándola vueltas sin encontrar el principio ni

el fin hasta que dio con aquella otra de que "nuestro país, de acuerdo con la Carta de Naciones Unidas, se

proponía en firme trabajar en pos de la paz, cooperación y seguridad de las naciones".

El mejunje resultaba indigerible, aún para una oposición mas o menos unida respecto al tema del debate.

Aquello de "he seguido con mucho interés las sucesivas intervenciones y tomaré buena nota" merecía

algo menos que el silencio con que fue acogido el discurso y, me imagino, que alguien se desahogaría por

debajo del escaño.

"Las palabras del ministro han sido absolutamente evasivas, propias de una clase de primero en la Escuela

Diplomática. Ha eludido de forma escandalosa las preguntas concretas que, una por una le hemos hecho.

Ese era Felipe González después del escamoteo. Tierno Galván prefirió que su hombre en la comisión

correpondiente le contara de verdad lo que Oreja había pintado en la pizarra y López Rodó, que calificó el

acuerdo de Madrid sobre el Sahara de "engendro" se quedaría sin saber si el titular de Exteriores además

de "lamentar el dolor causado a unas víctimas inocentes —los saharauis estudiaba en serio alguna

solución "que no fuera simplista".

Ayer en las Cortes todo fue simplista, aséptico, ecléctico —un poco de derechos humanos, otro poco de

orden económico justo y una pizca de desarme, por favor—, estrecho. Mayor Zaragoza podía haberse

quedado en Roma ("en la sesión anterior no estuve pero ahora pienso que fue oportuna mi ausencia"). El

asesor presidencial daba por sentado que Oreja representaba también a la Unión del Centro y andaba con

razón tranquilo. Pérez Llorca que debía recordar los alardes imaginativos de los últimos inquilinos del

palacio de Santa Cruz, también.

Los decepcionados eran algunos hombres-anuncio del Polisario, que se sujetaban la corbata con una

bandera del movimiento independentista. Jaime Gaspar y Auria, diputado del PSOE por Zaragoza al

frente de la banda. En realidad —Oreja ni se picó— el tema Sahara no fue el eje del Pleno porque, por

mucha y "profunda inmoralidad" que suscitase su recuerdo, era agua pasada. Yáñez comparó el problema

con el de Vietnam y Fraga se sonrió poniendo los ojos en blanco. Silva —el más brillante y

profundo de la jornada— corrigió fraternalmente a sus señorías por las alusiones a política interior,

"procesalmente consideradas fuera de lugar" y se interesó más por los futuros vecinos de las Canarias,

que desde luego no van a ser los saharauis. Ignacio Gallego, portavoz comunista, llegó incluso a señalar

que "en el país y en el Congreso hay unanimidad para reclamar la autonomía del territorio". Pero también

había asegurado segundos antes que su partido repudiaba el sistema de bloques-incluido el Pacto de

Varsovia...

Por el contrario, Gómez Llórente se alegraba que su compañero hubiera incluido en el discurso la alusión

al Concórdalo,, "para compensar, yo creo, la referencia a los sobornos de Hassan a algunas personalidades

públicas españolas que, me parece que tuvimos que cortarla por falta de espacio". Hubo ministro que se

congratulaba del "nacionalismo" de la intervención de Raúl Morodo, quien, involuntariamente, coincidió

en lo de "no es negociable" respecto a Gibraltar, con el ministro de Asuntos Exteriores.

Y el señor Gutiérrez que desmiente el tema de la reunión de Játiva y va y le ofrece un coronas al

presidente. Y Carrillo justificando la ausencia de la Pasionaria, con un punto suelto de la operación y los

descarados haciendo sentir vergüenza ajena a los misericordiosos: ¡Ah! ¿pero Camuñas sigue siendo

ministro?".

Cuatro timbrazos fueron necesarios para despertar las adormecidas conciencias de los inquisidores de

nuestro timonel por aguas jurisdiccionales de los otros. Y una perorata (poco se va a inspirar el embajador

Wells Stabler en los treinta y pico folios del señor Oreja) —de compromiso, conceptualmente entre

dientes, bastó para dejar en evidencia a los mejor educados. A Herrero de Miñón un supuesto que siempre

rinde pleitesía ante Alvarez de Miranda se le caían los párpados y Trías Fargas, uno de los hombres-islas

de esta legislatura tres cuartas de lo mismo —y de boca, que no podía reprimir las pulsiones—.

Gente parada, mal pensamiento. Así le quedaba tiempo al secretario comunista de soltar su puya, a

instancias de EL ALCÁZAR: "He leído las declaraciones de Garrigues. ¿Por qué , en vez de limitar las

subidas de los salarios de los demás no se rebaja el suyo y el de muchos como él?" No había manera.

Sentís, a quien por cierto Emilio Romero le recuerda méritos muy justos en su colaboración periodística

semanal, también a pregunta de este periódico salió, en cambio, por el lado contrario: "No, no creo que

siga adelante la reclamación de UCD respecto a las manifestaciones de Jaime Blanco. No he oído nada

respecto a los mongólicos en la reunión de esta mañana". Con el que no surtieron efecto las

provocaciones fue precisamente con el diputado santanderino: "Ya está bien de declaraciones, ¿no?.

Desde luego. Una sesión de despropósitos, a falta de líneas maestras que llevarse a la boca. Una sesión a

quien el llorado Papus le hubiera puesto la guinda si le hubiese quedado una, sólo una máquina de escribir

sana.

Javier CARRASCO

 

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