Autor: Luca de Tena y Brunet, Torcuato (MERLÍN; ABC). 
 De regreso de América(IV). 
 Mi entrevista con el Conde de Barcelona     
 
 ABC.    25/02/1975.  Página: 31-32. Páginas: 2. Párrafos: 29. 

DE REGRESO DE AMERICA (IV)

MI ENTREVISTA CON EL CONDE DE BARCELONA

A mi regreso de América me he detenido en Estoril para saludar a Don Juan de Borbón y agradecerle, en nombre de mi familia y de la Casa de ABC, haber querido estar representado en las honras fúnebres de mi padre, quien fue, desde su juventud, uno de sus grandes y entrañables «amigos vivos».

VILLA Giralda. En el vestíbulo, una bandera española. Del asta cuelgan unos gloriosos trofeos: las medallas militares de los tercios de Estíbaliz, Lácar, Montejurra, Virgen deI Rey...; regalo, me dicen, de los Requeres excombatientes. En otro lugar de la casa se guarda el banderín manchado de sangre que le entregaron, al término de la contienda, los oficiales de la IV Bandera de la Legión: Iniesta, Gomis, S.ª de Vinuesa... En un rellano, una extraña y bella chimenea fuera de uso: perteneció al crucero «Príncipe Alfonso», que condujo al Rey a su destierro desde Cartagena. Subo una breve escalera. En las paredes que la limitan hay grabados andaluces de Villamil, y en el recodo, la maqueta de un buque: el primer «Giralda», que perteneció a Alfonso XIII. De maquetas como esta y temas marinos está la casa llena. En otro lugar destaca su airoso perfil el «Baleares»; y, como recuerdo de una audaz e insensata proeza, la fotografía del mínimo y airoso «Saltillo», con todas sus velas y perejiles al viento, en el que Don Juan cometió la insigne barbaridad de cruzar el Atlántico.

El Conde de Barcelona me recibe en un pequeño despacho de la segunda planta. Quien no haya tenido, o no haya querido tener la oportunidad de conocer a Don Juan de Borbón —oportunidad siempre abierta a todo español de cualquier clase o condición que lo desee— experimentará, por muy advertido que esté, la misma sensación de sorpresa. Todo es en él mayor a lo imaginado: su estatura, su corpulencia, la anchura de su mano y su sonrisa; su humanidad, su dignidad; la extensa e intensa información que posee de los sucesos más diversos, graves o nimios, pasados o presentes, de nuestra Patria,

Me narró con profunda emoción algunas anécdotas, para mi desconocidas, de mi padre y con no menos emoción escuchó la anécdota que yo le narré, para él desconocida, de su hijo. Esta: Palacete de la Zarzuela. Veintitrés de Julio de 1969. La Mesa de tas Cortes y algunos pocos invitados más, acuden a la residencia del Príncipe Don Juan Carlos para informarle oficialmente que había sido designado por el Parlamento heredero, a título de Rey, para cuando se cumplieran las previsiones sucesorias. Entre los asistentes recordé a sus primos Don Alfonso y Don Gonzalo; al arzobispo de Madrid, monseñor Morcillo; al entonces vicepresidente del Gobierno, Almirante Carrero, y a don Antonio María Oriol qué, como ministro de Justicia actuaba como notario mayor del Reino. Antes de que comenzara la ceremonia el coronel Cotoner, jefe de la Casa Civil de Don Juan Carlos, cruzó la sala buscándome: «El Príncipe —me dijo— desea hablarle.» Con no poca sorpresa de los asistentes y con profunda e íntima violencia, pues mi voto de la víspera, como procurador, había sido negativo, crucé la sala y penetré en su despacho. El Príncipe vestía uniforme blanco de marino. Me puso las manos en los hombros y me dijo unas palabras que no podrán borrarse nunca de mi memoria por la grandeza de ánimo, la hombría de bien y el alto sentido de la maleza de quien las pronunciaba, teniendo en cuenta el momento en que has pronunciaba y que iban dirigidas a uno de los más modestos, si se quiere, pero también de los más leales y sinceros defensores de la Institución que él había de encamar un día. Sus palabras fueron estas: «He querido llamarte antes de que empiece la ceremonia para agradecerte la lealtad que has demostrado a mi padre.»

Me escuchó Don Juan con profunda atención y comentó con énfasis golpeando repetidas veces la rodilla con la mano:

—El Príncipe entendió muy bien que la lealtad que entonces me demostraste es la mejor garantía de la que le tendrás a él.

Yo había solicitado del Conde de Barcelona, hace ya varias semanas, ser recibido para cumplir con la honrosa cortesía antedicha y rogarle me respondiera a un amplio cuestionario. Diversas circunstancias me impidieron llegar a Estoril camino de América (lo que dio lugar a los más pintorescos rumores); de modo que realicé mi propósito al regreso. El tema americano le interesó vivamente. Encendió Don Juan un cigarrillo negro, emboquillado, canario, y comentó: «El español que no sienta una honda preocupación por los problemas y vicisitudes de las naciones hispanoamericanas, no es un español completo.»

Iniciamos e¡ diálogo, que procuro reflejar con la mayor exactitud. Si hubiera error en él, culpa será de mi torpeza, no de su claridad.

—Señor: Permítame que fe diga que lo que no pudieron hacer los Reyes de España, desde Isabel y Fernando a Alfonso XIII, ha tenido la satisfacción de hacerlo Vuestra Alteza en sus varios viajes al Continente descubierto por Colón. ¿Qué países ha visitado de Iberoamérica en sus periplos aéreos y marítimos?

—He visitado Cuba, Puerto Rico, Méjico, Venezuela, Panamá, Brasil y Argentina.

—¿Cuáles son los hechos más emocionantes de sus visitas a varios de los países hispanoamericanos?

—Recuerdo dos hechos de mi viaje a Cuba que me emocionaron. Uno, al ver cómo campesinos de color se inclinaban al paso del automóvil saludando al que llamaban Rey de Castilla. Otro, en mi visita a una fábrica en la que trabajaban emigrantes españoles. Los directores me sorprendieron pidiéndome que tes dirigiese la palabra y me emocioné cuando, no más empezar, diciendo: «Españoles, amigos...», recibí una estruendosa ovación.

—¿Es cierto que una de las visitas que más le conmovieron fue la que hizo Vuestra Alteza en Puerto Rico a Juan Ramón Jiménez?

—Asi es, efectivamente. Recuerdo que algunas de las personas que rodeaban al poeta ponían dificultades para la visita, sin duda por prejuicios políticos. Juan Ramón lo oyó desde dentro y a grandes voces ordenó que se me dejase pasar. Fue una entrevista muy simpática y llena de cordialidad. Por lo semejante de la situación, me viene ahora a la memoria la visita a don Ramón Menéndez Pidal en Madrid. Anson la relató en una crónica de A B C muy exacta. Estuvieron presentes Julián Marías, Pemén, Anson, Rosales, Halcón y algunos familiares. Me emocioné mucho cuando don Ramón me dijo: «Este momento me compensa de todas las amarguras de mí vida.»

En ambas entrevistas tuve conciencia de que estaba cumpliendo el más alto deber de la realeza: Rendir homenaje a los grandes españoles que con su obra aseguran la perennidad de la Patria.

—¿Cree Vuestra Alteza que hoy cabe reforzar los lazos con todos los pueblos de América de Norte a Sur en la eficaz medida en que se hizo durante el reinado de su padre el Rey Don Alfonso XIII?

—Creo que cuando al conjunto de naciones de habla española se las denomina «las Espartas» se acierta plenamente, pues al llegar allí se siente que nos encontramos en otra Patria nuestra también. Ya le he dicho que el español que no ha visitado Hispanoamérica, o por lo menos no siente preocupación honda por sus problemas y vicisitudes, no es un español completo. El ideal de nuestras relaciones debe consistir en completar estos sentimientos, preocupándonos por los problemas materiales de estos pueblos, procurando poner a su servicio nuestra prosperidad económica y nuestros progresos técnicos, ayudándoles a liberarse de otras tutelas interesadas y ajenas a su espíritu y personalidad étnica.

—En cuanto a la integración en Europa de nuestro país, ¿considera Vuestra Alteza que es conveniente el esforzarse en conseguirla cuanto antes?, o, por el contrario, ¿cree que los obstáculos políticos o económicos, hoy por hoy, son insuperables?

—La plena integración en Europa la exige la conveniencia y la dignidad de España, que no es sólo europea por la geografía, sino espiritualmente por su historia y por el espíritu cristiano occidental que informó siempre nuestra cultura. Las dificultades económicas son, sin duda, una realidad, pero acaso serian abordadas con otro espíritu si no existiese en pie el obstáculo político, que es, a mi juicio, el fundamental.

—Si no es Indiscreción, señor, la invitación que hizo a Vuestra Alteza el presidente de Francia, Giscard d´Estaing, ¿tuvo un contenido político?

—A todas tas grandes figuras europeas les preocupa hondamente el futuro inmediato de la Península Ibérica. El presidente francés y yo nos conocemos hace tiempo. Yo siempre le había augurado la fulgurante ascensión política que le ha convertido en uno de los más inteligentes arbitros de la política europea. En su deseo de información exacta he pensado sin duda que yo podría ofrecerle datos objetivos e imparciales ajenos a toda política partidista.

La conversación deriva hacia temas españoles. Comento con Don Juan la floración de declaraciones políticas de todo orden libremente publicadas en España, tanto en la Prensa como en libros, lo que demuestra que eso de la «apoliticídad» de las generaciones actuales ha pasado a la historia. Últimamente encargué a Jesús Picatoste —quien cumplió su trabajo periodístico con encomiable precisión— escribiera para ABC un balance de las distintas posiciones políticas dentro de la legalidad del Régimen, desde don Blas Pinar a don Joaquín Ruiz Jiménez, pasando por Raimundo Fernández Cuesta, Girón, Fernández de la Mora, Fraga, Silva, Areilza y Cantarero del Castillo. En un libro reciente publicado por Guadiana bajo el título de «Españoles ante la Sucesión» se recogen declaraciones políticas de todo cariz y color, junto a las mías propias, o de Ruiz Gallardón o de Joaquín Satrústegui, hay algunas que considero, sencillamente, increíbles dado el «¡hoy» y el «aquí» de su publicación. Así, por ejemplo, la del señor Tierno Galván, quien comienza su exposición diciendo: «En cuanto socialista-marxista yo soy...» Dudo seriamente que esto hubiera podido decirse en Estados Unidos, por ejemplo, y por citar un país donde «casi» toda declaración es posible...

Otra de las declaraciones políticas que este libro contiene —abiertamente anticonstitucionales— dice así: «Hablar de Monarquía en España significa explotación, opresión, sometimiento, centralismo y, en suma, atraso.»

—Si esto se publica y circula libremente por España, que está institucionalmente constituida en Reino —le digo a Don Juan— seria inconcebible que no pudieran conocerse los juicios siempre acertados y patrióticos de Vuestra Alteza. Recuerdo muy bien unas palabras de Vuestra Alteza, que nunca fueron publicadas en España y que no cuadran ciertamente con esa burda caricatura de ¡a Monarquía —«opresión, sometimiento, centralismo», etc.— que acabo de citar.

—«Bajo la Monarquía reconciliadora, justiciera y tolerante —-dijo entonces V. A.— caben cuantas reformas demande él interés de la nación. Primordiales tareas serán: Aprobación inmediata por votación popular de una constitución política, reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes, establecimiento de una Asamblea legislativa elegida por la nación, reconocimiento de la diversidad regional, una más justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuales no sólo claman los preceptos del cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosa contradicción con los signos político-económicos de nuestro tiempo.» Estas y otras declaraciones de Vuestra Alteza fueron en su día tergiversadas y produjeron no poco escándalo. No obstante, de entonces a ahora muchos de estos anhelos han sido aceptados por personalidades eminentes dentro del Régimen; la mentalidad del país ha evolucionado y nadie podría escandalizarse de escuchar tales palabras. ¿Se ratifica en ellas Vuestra Alteza?

—Es doloroso que, por recelos no justificados, mis siempre bien intencionadas declaraciones no hayan sido acogidas en algunas ocasiones con la atención y serenidad a que, en mi opinión, tenían derecho. Me he ratificado en cuanto dije no sólo con mis palabras, sino también con mi conducta, inspirada siempre en el deseo de servir a España.

—¿Considera Vuestra Alteza que la legislación emanada de lo que ha venido en llamarse espíritu del 12 de febrero representa un avance hacía la democratización respecto al momento político inmediatamente anterior?

—Una gran masa de opinión, en buena parte movilizada por el propio Régimen con la propaganda proapertura se está pronunciando cada día en favor de una modificación de la estructura del Estado en sentido democrático. A ello se ha referido el Principe Juan Carlos en varias ocasiones. Y a esa opinión procuró servir el presidente Arias con su discurso expresión de lo que se denomina el «espíritu del 12 de febrero». El resultado obtenido, no sé por qué causas, ha sido muy exiguo y ha desilusionado a los que deseaban una apertura efectiva y eficaz. Algunos de los que aprobaron la ley en e! Consejo Nacional hicieron preceder su voto de una dura crítica de la misma. La división de diversos sectores políticos que integran el Régimen en asociaciones, en ocasiones contradictorias, va a producir en la realidad política el mismo efecto que si se hubiese derogado el decreto de Unificación. En cuanto a las fuerzas públicas no procedentes del Régimen, no creo que se acojan a la nueva ley, pues la ingenuidad tiene sus límites y en política más que en materia alguna.

—¿Considera Vuestra Alteza el asociacionismo un instrumento útil para la participación de los ciudadanos en la vida política del país y consiguientemente en las tareas del Estado?

—El hecho mismo de que surjan las asociaciones es una prueba de que el país ansia una reforma democrática. Creo muy dudoso el fruto que de momento pueda obtenerse de la actividad de las asociaciones, tal y como han sido creadas. Lo que me parece importante es que la opinión nacional se percate de que el conato de perpetuar la presante organización del Estado y la pretensión de circunscribir la actividad política de la nueva sociedad española con su actual mentalidad en los límites de los sectores y personalidades que integran el Régimen constituiría un evidente y trascendental error histórico que España habría de pagar muy caro.

—¿Cómo ve Vuestra Alteza, desde su alto y sereno observatorio, la evolución política española?

—Creo que lo que España necesita para labrarse un futuro firme es una inteligencia política de reconciliación nacional. Esa misma reconciliación a la que se refiere nuestra Jerarquía eclesiástica en sus declaraciones individuales y colectivas. Los españoles han de renunciar sinceramente: unos, al revanchismo, y otros, al inmovilismo.

—Señor, los tres ministros militares españoles han coincidido recientemente, entre otras tantas declaraciones, en la necesidad de mantener la apolitización de las Fuerzas Armadas. ¿Cuál es, en este sentido, el criterio de Vuestra Alteza?

—Sobre el Ejército existen ideas y prejuicios a mi parecer totalmente equivocadas, nacidos en parte de la propaganda contra la Dictadura de Primo de Rivera y que pretenden confinar al Ejército en una determinada actitud política. No se debe olvidar que fue el Ejército durante el reinado de Isabel II quien impulsó a la sociedad española hacia las estructuras de tipo liberal europeo. España siempre ha confiado en el patriotismo y abnegación de sus Fuerzas Armadas, que no constituyen un mundo aparte, sino que viven inmersas en la sociedad que las rodea compartiendo sus sentimientos a inquietudes. Solamente ante las grandes crisis políticas y sociales y en circunstancias verdaderamente trágicas, el elemento armado siente la responsabilidad de intervenir, no pudiendo permanecer como un centinela sordo y mudo a las órdenes de instituciones Impotentes para resolver esas crisis nacionales.. Aunque considero legitima la actuación ciudadana de los militares, individualmente, creo qué nada ansia más el Ejército, como entidad colectiva, que servir a la Patria alejado de las actividades políticas, atento exclusivamente a su función de la defensa nacional y de la fiel custodia de una legalidad firmemente asentada en el consentimiento de la voluntad nacional expresada auténticamente.

—Ante la España del futuro, que por fuerza se adivina en el horizonte, ¿qué palabras diría Vuestra Alteza?

—Hago fervientes votos porque España encuentre el camino de su necesaria evolución política, hasta construir un Estado basado en leyes justas para todos los españoles, expresión de la voluntad nacional y que permitan la reconciliación de mis compatriotas para servir con entusiasma a su Patria.

La Historia nos enseña los tristes resultados obtenidos cuando se coloca a los pueblos en la disyuntiva de sumisión o subversión.

La conversación con Don Juan ría terminado. Otras personas le esperan y lie de poner punto final a la relación de mis contactos políticos y profesionales, de este y del otro lado del mar, al regreso de un intenso y emocionado periplo por las tierras hermanas de la América Española.

Torcuata LUCA DE TENA

De la Real Academia Española

 

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