Autor: Castell, Angel María. 
   ABC en Los Jeronimos     
 
 ABC.    16/04/1969.  Páginas: 3. Párrafos: 52. 

ABC

EN LOS JERÓNIMOS

Un año de vida como periódico diario tenía ya A B C el día de las bodas de los Reyes de España, seguramente uno de los más brillantes acontecimientos registrados en sus páginas. A B C estaba en los Jerónimos, representado por su redactor don Ángel María Castell, para dar cuenta a los lectores de cuanto allí iba a suceder. Al día siguiente, primero de junio de 1906. nuestro diarto publicaba esta "Crónica de la Boda", en la que no escapó un solo detalle a la fina observación del cronista. Humana, informativa, anecdótica, la crónica que reproducimos a continuación es el documento puntual y fidedigno para esa "historia de veinticuatro horas", que en este caso cumplió un hernioso capítulo de la Historia de España

Alas once de la mañana buscábamos nuestro puesto en la tribuna que en San Jerónimo se había reservado a Prensa. Este tribuna y la destinada a la Prensa extranjera son, vistas desde el templo, dos tribunas, efectivamente; tienen su arcada de labrada piedra y tres huecos en cada una para seis personas mal aparejadas. Vistas por dentro, son dos desvanes llenos de trastos viejos, cuidadosamente cubiertos... con dos o tres dedos de polvo.

Cuando nos asomamos se ultiman los preparativos para la ceremonia. Pérez Caballero, Pie de Concha y el conde de la Unión, de uniforme, corren de un lado a otro dando órdenes.

Las tribunas emplazadas en la nave para los invitados están todavía desiertas. El retablo del altar mayor está, iluminado por una franja formada por lámparas de incandescencia en correctas lineas horizontales.

Llegan lejanos ecos de músicas y trompetas, murmullos de gente amontonada.

Son las nueve menos cuarto cuando entra en la iglesia la primera embajada: la de los marroquíes; tres de ellos, que forman la principalía, avanzan majestuosos envueltos en sus niveos jaiques y cubiertos con sendos turbantes. Detrás, otros cuatro moros, también con albornoces, también cubiertos con turbantes. Con esta indumentaria y con la temperatura que reina dentro y fuera del templo no tendrán frió.

Momentos después llega otra misión extraordinaria. Igualmente pintoresca: es la de los chinos, con fantásticos trajes de seda de todos colores. Desfilando con pasos diminutos sobre la aterciopelada alfombra, parecen desde nuestra tribuna figuritas automáticas de biscuit.

Ya están en la tribuna número 2, con los arabas, a quienes no se podrá, con justicia, llamar indolentes. Han madrugado como nadie.

Unos y otros miran a todas partes. Atrae sus miradas especialmente el altar mayor. La sagrada mesa se ha convertido en especie de jardinera de rosas blancas, cuya canastilla la forman los cándetelos dorados coronados de cirios.

Es «1 único adorno del altar, pero también el de mejor gusto y el más ajustado a las circunstancias. Palmas y caunas cubren ´los rincones del presbiterio.

El trono de los Reyes está fuera del presbiterio, a la derecha. Es el que se usa en los actos de la capilla de Palacio. Los sillones son de talla dorada y su tapicería de raso bordado con seda de colores. El dosel que los cubre es del mismo tono, con el escudo de España bardado en el centro.

Más acá está el sitial destinado a la Reina Cristina: un sillón y un reclinatorio sobre un estrado cubierto de terciopelo rojo.

La primera dama que entra en la iglesia es bella, de aspecto extranjero, viste traje de corte color violeta, se cubre con velo de encaje blanco, sujeto a la cabeza por rica diadema de pedrería. Debajo del coro hay una tribuna con un cartel que reza: "A disposición de S. M. el Rey". En esta tribuna entra y se acomoda la madrugadora dama.

También madrugadores se muestran los diputados a Cortes. Los señores Jover, conde de Garay, Jorro y otros ocupan la tribuna destinada al Congreso.

Cerca de las diez la invasión aumenta. Las damas de la Reina entran pisando los ricos tapices de Palacio y arrastrando por ellos las largas, espléndidas colas de sus mantos. Algunos ministros recorren toda la nave para situarse en su puesto a la izquierda del altar, detrás de los Príncipes y sus servidumbres. Lucen los ricos vestidos encargados a París, aquellos que conjuraron la última crisis ministerial.

Ya la tribuna del Cuerpo diplomático ofrece una mancha brillante de colores. Los uniformes de todos tos países, con su variedad de tonalidades, constituyen esa nota indescriptible.

Más acá, saltando la del venerable Senado, ocupada por los abuelos de la Patria, con su presidente a la cabeza, estaba la de las damas de S. M., ofreciendo otro brillante cuadro de orcos iris, en el cual relampagueaban coronas, diademas y collares de riquísimas pedrerías, heridas por los millares de lámparas que ya daban luz y bordaban, como cordón de perlas luminosas, todas las lineas de la fábrica del emplo.

Enfrente hay otra tribuna semejante, de las señoras de los diplomáticos resi-. Son numerosas, bellas en su inmayoría, elegantes sin excepción. monto nadas, constituyen un em- • la confraternidad niversal.

es un hecho, por lo menos en este momento. Son tantas, que no hay asientos para todas; pero sus vecinos, los diputados a Cortes, presididos ya por el ilustre Canalejas, las pasan sus sillas. Por esta vez el Parlamento representa algo genuinamente nacional: la tradicional galantería española.

Más acá de esa tribuna estaba la de los capitanes generales, los caballeros del Toisón y de los embajadores. Capitanes gerales no hay mas que Primo de Rivera. Embajadores hay algunos, como León y Castillo, que ha entrado apoyándose en un bastón, porque el reúma le ha traído a mal traer; Polo de Bernabé y el marqués de Tovar, a quien también el reúma hace renquear. Así anda la diplomacia de articulaciones. Es maravilloso que esta tribuna no se hunda, si no al peso mortal que sostiene, al peso de los años: hay en ella personajes como Beránger, Vega de Armijo y otros veteranos cuyas edades juntas suman siglos.

Más hacia la puerta principal, están en una tribuna los concejales, los diputados provinciales y Dios con todos.

La tribuna está al pie de un pilar, y en el pilar está colgado un santo Cristo. En mejor compañía no pueden estar los administradores de Madrid; pero hay que el Redentor está cubierto con un velo inorado, y esto, no hallándonos en Semana Santa, pudiera interpretarse como deseo de Cristo de no ver ciertas cosas.

Maura, que entra con Osma, se dirige a la ´tribuna de ex ministros y pasa al pie de la tribuna de las damas de la Reina. Algunas le llaman, le retienen, le hablan. ¿Será maurista la aristocracia femenina?

A das diez de la mañana la iglesia está llena; encendida toda su profusa iluminación; a la derecha del altar dan una nota rojo amapola si grupo de cardenales; la dan morada a la izquierda los obispos y los capellanes de honor; los grandes de España vistiendo variados y vistosos uniformes forman, sentados en los bancos delante de las tribunas, la carrera por la cual ha de desfilar la regla comitiva.

A las diez y media salen los capellanes de honor con el palio, y tras ellos, los obispos de Madrid y de Sión, encaminándose a esperar a Su Majestad.

Per este orden van entrando y ocupando sus respectivos sillones, más acá de los Príncipes herederos: la infanta doña Paz, con vestido verde daro y manto del mismo color; la infanta doña Eulalia, con traje blanco y manto carmesí; la infanta doña María Teresa, de rosa, y la infanta doña Isabel, de amarillo claro.

Siguen entrando las princesas de Coburgo y su hija, de Teck y de Hannover, con vestidos blancos.

Se observa bastante confusión al ir a ocupar estas princesas sus puestos. También los sesudos diplomáticos se equivocan o se confunden alguna vez.

La infanta doña, Isabel ejerce de improvisada "gobernadora" y da órdenes para arreglarlo todo. Poco más tarde se la ve hasta disponer que se distribuyan bien los almohadones de las princesas que tiene enfrente, porque para dos de ellas no hay más que un almohadón.

Entran los duques de Genova; la duquesa viste- soberbio traje de tisú de plata. Les siguen los príncipes de Gales, deslumbradora la princesa con su traje blanco, cuajado de perlas, su manto color malva y con su corona también de perlas y pedrería.

Finalmente, van ocupando sus puestos el archiduque Francisco Femando, el principe de Portugal, el conde de Flandes, gran duque Vladimiro, duques de Genova, príncipe regente de Brunswick, príncipe

Andrés de Greda, príncipe Eugenio de Grecia, príncipe Luis Fernando de Baviera y principe heredero de Monaco.

Detrás de éstos hallábanse el principe Jenaro de Borbón, con uniforme de oficial de Marina y la banda de Carlos III, sus hermanos don Raniero y don Felipe, alumnos de la Academia de Caballería.

Las diez y cuarenta minutos marcaba el reloj de la iglesia en su esfera de la nave cuando sonó una vez mas la Marcha Real y penetró el Rey bajo palio y seguido del infante don Carlos y del infantito, Príncipe heredero.

La presencia de éste constituyó una de las notas más interesantes de la solemnidad de ayer. El infantito, vestido de blanco y con su cara de ángel sonriente, iba de la mano de su padre detrás del Rey, pero no se resignaba a ir en segundo término y. deslumhrado por el espectáculo grandioso del templo, quería adelantarse a su augusto tío. Después le recogió la duquesa de Santo Mauro y se le llevó sacristía adentro a una tribuna reservada, donde lo vio todo a su completa satisfacción.

Vestía él- Rey uniforme de capitán general de gala y cruzaba su pecho la banda de la gran cruz roja del Mérito Militar. Ocupó uno de los sitiales del trono, oró un momento, se sentó, dirigió saludos a varios de los personajes presentes y, por primera vez, miró el reloj.

Los minutos pasaban. La impaciencia era visible en Su Majestad. Benalúa se acercaba al trono, llamado por el Rey, salía a la puerta, volvía al lado de Don Alfonso y nuevamente Su Majestad miraba su reloj y después el de la iglesia para ver quizá cuál de los dos andaba más despacio de lo que él quería.

Pasaron treinta y cinco minutos. A las once y veinte llegaba la Princesa. La orquesta entonó el Himno inglés.

Entraron primero el príncipe Alejandro Alberto de Battenberg, con uniforme de guardia marina de la Armada inglesa, con la banda de Carlos III; sus hermanos, los príncipes Leopoldo Arturo y Mauricio Víctor, vestían los elegantes trajes de los "highlanders", el primero con pantalón largo, y el otro con la característica faldilla.

La futura Reina entró bajo palio, dando su mano izquierda a la Reina Doña Cristina y llevando a su derecha a su madre, la princesa Beatriz.

La santidad del lugar no pudo impedir en la concurrencia un murmullo de admiración. Estaba la Princesa sencillamente encantadora. Avanzó majestuosa, haciendo resaltar con el blanco de su traje bordado en plata y salpicado de azucenas y azahares el oro de sus cabellos y el suave y nacarado rosa de su cara y de sus manos (no se las enguantó hasta momentos antes de salir del templo). Su corona y su collar eran de gruesos brillantes.

La figura soberanamente distinguida y elegante de la Reina Doña Cristina, que vestía rico traje color malva claro con encajes y manto del mismo color, y llevaba valiosísimas Joyas, y la de la princesa Beatriz, vestida con traje gris oscuro y encajes, eran marco digno de aquella figura ideal de la futura Reina.

La novia y el Rey subieron al altar, y con ellos los padrinos: Su Majestad la Reina Cristina y Su Alteza el infante don Carlos. La princesa Beatriz se quedó en su puesto entre el cortejo de Príncipes.

Y dio comienzo la ceremonia, oficiando el cardenal Sancha, vestido de pontifical.

Cumplidos los requisitos de ritual y hechas las mutuas promesas, el Rey se levantó y fue a besar la mano a su madre; "> la madre no se contentó con tan La ternura y el cariño se impusieron -al.•ento ocurrió con la ya Reina y con Descendió del presbiterio, fue a buscarla al último puesto, en la fila de Príncipes, hízola una graciosa reverencia, besóla la mano, y también triunfó el corazón sobre la etiqueta: madre e hija se abrazaron y se besaron con efusión.

Sigue la misa de velaciones, mientras el Orfeón de Pamplona cantó el "Tota pulchra", de Guilleman, y el "O salutaris", de Laurent de Rilli.

Terminó la misa. Los Reyes pasaron al treno. Ciento cincuenta ejecutantes, entre cantantes y músicos, interpretaron el gran "Te Deum" del maestro Mateos, obra de gran efecto para dos masas corales y orquestales situadas en ambos extremos del templo.

Fue éste el instante de mayor brillantez de la ceremonia. Todo el templo resultaba de imponente grandiosidad.

Los dos jóvenes Reyes, de pie en el trono, sonreían de felicidad. Las trompeterías de los órganos, las voces de la capilla, las melodías de los instrumentos, el resplandor de millares de luces, la confusión de colores de trajes y uniformes, todo parecía contribuir a una fantástica apoteosis del amor.

Terminada la ceremonia, los Reyes y los Príncipes penetraron en el claustro, en uno de cuyos rincones se habían colgado tres soberbios tapices, formando una estancia que recibía la luz de la monumental arcada por donde la hiedra trepa, se firmó el acta notarial y se cambiaron muchas felicitaciones.

Volvióse aún al templo, donde Principes e infantes desfilaron ante el trono saludando a los Reyes, a la Reina Cristina y al Cuerpo diplomático, y acabó todo.

A la salida del templo fueron aclamados con verdadero delirio por el pueblo.

Los invitados desfilaron, comentando las dos notas más salientes de la solemnidad, fuera de lo que motivaba ésta, o sea la boda, y eran la presencia del infantito, que despertó todas las simpatías por su casita de ángel y por su porte general y gracioso, y el relieve que tuvo en el cuadro admirable de la ceremonia la figura de la Reina Cristina, interesantísima siempre, pero más ayer, que dominando en su interior la lucha entre la felicidad presente de su hijo querido y el recuerdo de la hija adarada, muerta hace bien poco, sabía mostrarse no sólo Reina por derecho que su hijo proclamó después de jurar él en las Cortes, sino Reina de te distinción, de la bondad y de la grandeza.

Ángel María CASTELL

 

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