Autor: Sanz Rubio, José. 
   Capilla pública     
 
 Madrid.    17/04/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

BUENAS TARDES

Por JOSÉ SANZ RUBIO

CAPILLA PUBLICA

Fue, «reo recordar, en 1918. Por mediación de la duquesa de Parcent, mi familia había conseguido de la mayordomia de Palacio unas invitaciones para la capilla pública. Oímos misa temprana y muy acicalados nos dirigimos al Alcázar, por la calle del Arenal, ya muy transitada por los coches de caballos y algunos automóviles blasonados que transportaban a los altos dignatarios que formarían en el cortejo.

Situados junto a una ventana del patio interior, detrás de los alarbaderos que jalonaban las galerías, esperamos impacientes que se iniciara el desfile de la Corte hacia la capilla. Tuve tiempo de admirar a aquellos soldados de la guardia palaciega, todos con perilla y bigote, de alta estatura, que anunciarían la aproximación de los Soberanos con golpes de alabarda.

Venía el Rey con uniforme de capitán general y sus ojos penetrantes se desviaban en ocasiones hacia los invitados. La Reina, con un traje blanco y enorme collar de perlas, avanzaba a su lado coa paso de ceremonia. Sus ojos claros miraban a lo lejos. Impresionaba, por su belleza y la dignidad majestuosa de su porte.

Me parece recordar que detrás iba el Príncipe de Asturias, vestido de cabo del Ejército español. De cutis muy pálido, de ojos azules, sus rasgos eran más de Battenberg que de Borbón. Al contrario que don Jaime, moreno y vivaz. Detrás veo, como si fuera hoy, al Infante don Fernando, con tiesura germánica y un monóculo que parecía formar parte inseparable de su cara. Y a la Infanta Isabel, de pecho opulento, vestida de malva, regalando sonrisas por doquier. Tuve que hacer un esfuerzo para no aplaudir a la "chata" simpática.

Luego, grandes de España, damas de la Reina, políticos en el Poder, gentiles hombres, oficiales de servicio... Un espectáculo inolvidable, que me supo a poco, entrevisto entre los faldones de dos alabarderos.

El Rey usaba entonces unos bigotes enhiestos, "a lo Kaiser", como era por entonces costumbre muy extendida, pues recuerdo a mi padre ponerse la bigotera para irse a la cama y evitar que el embozo destruyera la rigidez del engomado mostacho.

Al salir a la mal empedrada plaza de Oriente, terminada la solemnidad, había muchedumbre de damas y nobles de uniforme esperando sus coches, Soldados con pompón rojo montaban guardia. A caballo, lanceros de casco brillante. Y entre tanto bordado, diademas, acero bruñido y penachos, unos hombres vestidos de oscuro, tocados con hongo, todos bigotudos y alguno con barba, escribían con lápiz sobre unas cuartillas. Mi padre advirtió que les miraba y me dijo: "Son los periodistas".

¡Quién me lo iba a decir!

 

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