Autor: Roa, Vicente. 
   El valor político de una institución     
 
 Madrid.    21/04/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Por VICENTE ROA

AL filo de un aniversario que tuyo como epílogo la sangrienta confrontación de la guerra civil, se ha extinguido silenciosamente, casi furtivamente, la vida de la última persona que ciñó sobre sus sienes la corona de España.

No quiero tomar ocasión de este acontecimiento para evocar nostálgicamente tiempos pasados que, por otra parte, nada dirían a la inmensa mayoría de los españoles, nacidos después de estas difíciles circunstancias. Por el contrario, más que evocar un pasado que sólo unos pocos recuerdan, es el futuro lo que cuenta; el futuro como problema y como patrimonio de esa gran masa de hombres y mujeres que hoy componemos el pueblo español, mucho más atentos a realidades tangibles que a vagos enunciados abstractos, y mucho más sensibles a los valores del orden y la paz que al reclamo de aventuras colectivas, sin más perspectiva que ciertos lucimientos personales.

SI la muerte de la Reina tiene un valor, es el de aldabonazo en una conciencia nacional demasiado adormecida en un presente mas o menos risueño, pero que inexorablemente, debido a la transitoriedad de las personas, tiene que dejar paso a instituciones de sólida raigambre histórica que perpetúen el resurgimiento emprendido hace treinta años y que bajo ningún concepto estamos dispuestos a comprometer. Por la fuerza de la» armas y por voluntad popular, doblemente refrendada en referéndum nacional, el pueblo español está constituido en Reino. Ciertamente podría haberse previsto otra solución; tiempo ha habido para ello, y la solución, de haber estado debidamente instrumentada, hubiese sido probablemente igualmente válida. Sin embargo, esto es algo que pertenece al pasado, que hubiera podido ser de otro modo, pero que en definitiva no fue nuestro dato, la realidad sobre la que debemos planear nuestro futuro político, un futuro que nos atañe a todos, es la de una institución monárquica avalada por milenios de Historia, pero, sobre todo, adoptada por la coincidencia de voluntades del poder político y del pueblo español. Este es el dato que recogen nuestras Leyes Fundamentales y que tendrá que presidir nuestro futuro desenvolvimiento, tanto de cara a nuestros problemas Internos como a nuestro ser en el mundo como pueblo con un cometido específico a cumplir.

CONTEMPLADA la cuestión con cierta perspectiva histórica, resulta obvio que nuestro pueblo enfila una encrucijada difícil. Cierto que los relevos en él Poder son un hecho de pura biología histórica, que como todos los factores ciegos de la historia comportan unos riesgos, que si cabe amortiguar, no es posible eliminar. Sin embargo, en nuestro caso concreto, el factor de incertidumbre, connatural a toda transición, está incrementado por no estar automatizada la sucesión, con lo que, de momento, nos encontramos sin las ventajas que el sistema monárquico ofrece.

Sin embargo, que nuestra legislación no designe automáticamente la persona del sucesor del Jefe del Estado, no significa necesariamente, ni probablemente haya sido esta la intención del legislador, que la solución práctica esté en pugna con la fórmula tradicional de la sucesión monárquica —que tiene la ventaja de automatizar la sucesión—. Y si bien nuestra legislación no exige de momento la legitimidad dinástica para la restauración, instauración o reinstauración monárquica, como quiera ñamársele, es evidente que si lo que realmente queremos es garantizar un tránsito pacífico hacia la fórmula definitiva prevista en las Leyes Fundamentales, quedarían muchas incógnitas despejadas si a la legalidad, dentro de la que caben varias personas, unimos la legitimidad, dentro de la que sólo cabe una.

EL automatismo de la sucesión elimina tensiones políticas que indiscutiblemente se reflejarían en el orden económico de un modo desfavorable, sobre todo en un país que como el nuestro comienza a consolidar una etapa de bienestar económico que exige una estabilidad política prolongada, nada fácil de obtener en un país dividido por facciones en lucha por el Poder.

Sirva la muerte de la Rema de postumo servicio al país haciéndonos meditar sobre un futuro que sólo nosotros tenemos que resolver, porque sólo nosotros lo tendremos que sufrir o disfrutar.

 

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