Autor: Casado Burbano, Pablo. 
   Monarquía y Ejército     
 
 Informaciones.    29/11/1975.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Por Pablo CASADO BURBANO

COMO muchas de leu solemnidades de gran trascendencia histórica, la proclamación del Príncipe don Juan Carlos como Rey de España tuvo un marcado temple militar.

Las imágenes del atuendo del nuevo Monarca y la revista y el destile, previa y posterior a tan breve acto, bastarían al observador más exigente para convencerse de ello. Sin embargo, no es de ritos o protocolo de lo que queremos tratar aquí, sino del hondo significado que éstos pudieran tener, comentando algunas de sus múltiples facetas a la luz de las propias palabras del Rey en su primer mensaje a la nación y en el inmediato posterior que, como es tradicional en las tomas de posesión de un mando militar, dirigió a los Ejércitos.

Cecearnos hacer notar, en primer término, cómo de ambos textos podemos deducir toda una lección de virtudes castrenses, trasunto, sin duda, de que éstas están bien arraigadas en la personalidad del joven Soberano. El valor, al asumir con pleno sentido de responsabilidad la trascendental misión que la Historia le había reservado; la lealtad, en el emocionado y agradecido recuerdo al gran soldado que le precedió en la capitanía; la disciplina, al proclamarse el primer cumplidor de las leyes; el acusado sentido del deber, en el talante a cumplirlo por encima de cualquier otra circunstancia y de empeñar en ello todo su tiempo y todas las acciones de su voluntad; la concisión y la precisión en la formulación de un ambicioso programa de actuación; el compañerismo en la expresiva mención a las fuerzas destinadas en África, y finalmente la disposición al heroísmo, en la renovación del juramento de fidelidad a la bandera con la promesa de servirla y defenderla a cualquier precio.

Vamos a destacar también el interés del Rey por los Ejércitos: «Como primer soldado de la nación —ha dicho—, me dedicaré con ahinco a que las fuerzas armadas de España, ejemplo de patriotismo y disciplina, tengan la eficacia y la potencia que requiere nuestro pueblo.»

Es posible que la necesidad e importancia de esta atención no sea bien comprendida por algún sector. No es momento apropiado para argumentos ni cifras, pero como dato orientador si que podría resultar oportuno recordar que España dedica a gastos de defensa un porcentaje de su producto nacional bruto muy inferior a la generalidad de los restantes países europeos de uno y otro bloque, sin olvidar, por otra parte, el rentable efecto multiplicador que, como factor de desarrollo, tienen estas inversiones en otros campos.

Un último punto a resaltar es el que el Rey ha querido dejar muy clara la misión de las fuerzas armadas «como salvaguardia y garantía del cumplimiento de cuanto está establecido en nuestras Leyes Fundamentales, fiel reflejo de la voluntad de nuestro pueblos. Salvaguardia y garantía que no son Imposición ni estancamiento. La sola existencia, presencia y unidad de las fuerzas armadas debe bastar para disuadir a cualquiera de las vías de la subversión y la violencia. La sola existencia, presencia y unidad de las fuerzas armadas debe asegurar las condiciones necesarias para que, en paz y con orden, sean viables esos «perfeccionamientos profundos» que pueda pedir esa misma voluntad de nuestro pueblo.

Hoy, al proclamarse la Monarquía en nuestra patria, se hace necesario, por un mínimo de inquietud o, si se quiere, de curiosidad, dirigir una mirada a esas otras Monarquías subsistentes en Europa, que han acertado a dar a sus pueblos inmensos períodos de estabilidad política. En ellos observamos con satisfacción cómo sus Soberanos adoptan modos, formas y estilos militares, incluso cuando una mujer encarna tan suprema magistratura y cómo sus herederos se forman y forjan habitualmente en centros y ambientes de este carácter. No es ello un mero capricho, una casualidad o una ligera concesión a la espectacularidad, sino que obedece a una razón de mucha más hondura, y es la de que los Ejércitos son la institución más genuina de un país, la más representativa de su pueblo, porque son el mismo pueblo, organizado y en marcha, a quien se encomienda nada menos que la defensa de su integridad e independencia, de su pervivencia misma como unidad histórica. En tales países las fuerzas armadas, con el Rey a la cabeza, han sabido estar a la altura de su misión y elevarse por encima ds toda opción política concreta, ofreciendo el marco seguro para que precisamente lucra posible el libre Juego de todas esos opciónes, han tábido representar lo fundamental t permanente para permitir ti cambio 7 el relevo de lo accidental y transitorio al ritmo marcado por las exigencias de sus pueblos. SI aquí tambien lo logramos, de verdad, habremos ganado el futuro».

 

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